LA GUERRA, (NO) VISTA POR UN NIÑO
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Por Laura Restrepo

Se llama Fahed. La familia huía de su pueblo arrasado cuando un ataque aéreo golpeó el autobús en que viajaban. El niño iba en la ventanilla y sufrió el impacto en plena cara. Sus heridas sangran y dejan escapar trozos de vidrio. El estallido le reventó los globos oculares y le dejó dos oquedades con un mapa de destrozos en torno. Ya lo han sometido a las dos operaciones básicas que pueden hacerle aquí, dadas las limitaciones de un hospital de campaña. Por lo pronto sigue en cuidados intensivos; no puedo entrar a verlo, pero su madre me muestra una foto tomada antes de la desgracia: un niño muy bonito, muy serio, un par de años menor que ahora, con orejas redondas que sobresalen como asas de tazón, flequillo y grandes ojos negros y almendrados, iguales a los de la madre, pero chispeantes de vida.

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Los niños de Yemen crecen entre bombas y destrozos de la guerra, como Fahed y como este pequeño de Mawza en medjo de ruinas y cohetes que no estallaron (Foto Agnes Varraine para Médicos sin Fronteras)

Ha salido de cuidados intensivos, va recuperando fuerzas, ya puede hablar y por fin me lo presentan personalmente; tendremos que valernos de traductor para comunicarnos. Fahed quiere saber qué ha pasado con sus hermanos. Le digo que están bien y añado las pocas noticias que hemos recibido de ellos, pero él no se contenta con vaguedades: exige precisiones. ¿Se cayó el techo de mi casa? ¿Murieron las ovejas del abuelo? ¿Cuándo me van a quitar las vendas de los ojos? ¿Si estos se dañaron, me pondrán otros? Escuchándolo, me voy adentrando en la visión abisal de un niño ciego del Yemen. Fahed es experto en la geografía de la guerra y en la amplia gama del armamento. Todavía no ha aprendido a multiplicar, pero lo sabe todo sobre ataques aéreos. Distingue un Eurofighter Typhoon y dice que es el más ligero de los aviones, porque está hecho en fibra de carbono y de vidrio (son sus palabras textuales). Sabe que los motores del Eurofighter Typhoon son fabricados en un país que se llama España, y que los vuelos salen de Arabia Saudita para bombardear al Yemen. Sabe que Arabia Saudita tiene una alianza con otros países, que uno de esos países se llama Estados Unidos y que el otro se llama Inglaterra. No sabe por qué atacan al Yemen; no lo sabe y no se lo pregunta, lo da por descontado, no conoce otra situación y la asume con naturalidad.

Va mejorando de sus heridas, y la asombrosa flexibilidad de su mente le permite irse acoplando a un mundo ahora en tinieblas para él. Lo acompaño a que le hagan las curaciones. Le duele y me agarra fuerte la mano. Jennifer, la pediatra, trata de simplificar los términos médicos para explicarle lo que ella llama su condición. El niño tiene una condición. ¿Qué querrá decir Jennifer con eso? ¿Se vale llamar condición a la sacralidad salvaje de esta prueba que ha sido impuesta sobre una criatura? Jennifer es una excelente médica, delicada y cariñosa, pero demasiado joven; todavía confía en la resonancia de su jerga profesional, y términos como trauma, hemorragia, sutura, palpebral salen de su boca y le van llegando a Fahed como rezos misteriosos y fórmulas incomprensibles que él tendrá que aceptar sin preguntar, asumiéndolas como expresión de la naturaleza inexplicable de su sufrimiento.

El niño, que ha demostrado un valor y un estoicismo casi antinaturales, ahora se suelta a gemir. Gime porque no puede llorar. Junto con los ojos perdió también el llanto, y ahora se queja quedito, sin palabras, sin lágrimas, sin parar, hilvanando el largo lamento solitario de una criatura desconsolada. Entra su madre, una mujer silenciosa que esconde lo que debe ser agonía bajo el niqab que le tapa la cara. Se sienta al lado del hijo y repite una misma frase como en letanía, todo dolor tiene su bálsamo, pequeño mío, todo dolor tiene su bálsamo. Otra fórmula hueca, otra vez el lenguaje mudo, sin significado. Todo dolor tiene su bálsamo, vuelve a decir la mujer, pero es tan dulce su voz, tan suave la manera como le mece el pelo al niño y le besa las manos, que él va serenándose poco a poco, hasta que deja de gemir. Tal vez ella tenga razón. Tal vez sí haya un bálsamo para el dolor del niño: la voz de la madre.

Pese a la pérdida de los ojos, Fahed pasa horas pintando; es lo que más le gusta. Le he conseguido un cuaderno y un lápiz negro. Lo acompaño y lo incentivo; sospecho que le conviene tratar de registrar sus imágenes del mundo antes de que se le borren de la memoria. Le sugiero que pinte las ovejas del abuelo, pero él se inclina por lo bélico; dibuja unas bolas y dice que son granadas, y reteñidas rayas horizontales que son bazucas. De una especie de flecha con aditamentos dice que es una nave de vuelo supersónico de diseño delta/canard. Unos palotes son fusiles con alcance de tiro hasta de 2.000 metros. Nada que hacer, Fahed es artista de batallas; su conocimiento de causa me deja perpleja. Mejor dicho, me aterra, pero no le digo nada, al fin y al cabo esa es su realidad, la que le ha tocado en suerte.

–¿Sabes qué es esto? –me pregunta, y me muestra un garabato sofisticado–. Es un Eurofighter lanzando bombas cluster.

Bombas cluster, como las que a él lo cegaron. Me pregunta si me gusta y no puedo contenerme, esto está llegando demasiado lejos.

–No me gusta –le digo, y él se sorprende–: ese avión parece un pato ridículo que tira huevos podridos desde el aire.

–Entonces lo rompemos –dice, y arranca la hoja del cuaderno.

Le pido que dibuje a alguien que quiera mucho, por ejemplo su madre, y accede. Le ayudo a colocar ojos, nariz y boca dentro del óvulo de la cara, y alrededor el pelo, pero bien largo, según ha especificado. Cuando termina, escribe debajo la palabra ‘um, madre.

–¿Se parece a ella? –-me pregunta.

Le respondo que sí, aunque en realidad no lo sé, a su madre sólo le he visto los ojos, todo lo demás lo lleva oculto bajo el niqab. Para mis adentros, me complace que Fahed no la recuerde cubierta, sino con las facciones completas, una sonrisa y el pelo largo y suelto, tal como la habrá visto siempre en casa.

–Es muy bonita, mi madre –dice, y ella, que está aquí al lado, se rebulle inquieta; se supone que nadie debe mirarla ni saber cómo es, ni siquiera a través del muñequito que ha pintado el niño.

Le pido a él que ahora retrate a su padre, pero sacude el lápiz en el aire, como dudando.

–No recuerdo cómo es mi padre, la última vez que lo vi fue hace mucho.

–¿Murió tu padre? –cometo la impertinencia de preguntar. Aquí esas cosas no se andan indagando.

–Se lo llevó la guerra –corta la madre enseguida, como para impedir que el niño suelte alguna imprudencia–. El padre de mis hijos es soldado.

Con eso cancela el tema; no va a decir más, es extremadamente cautelosa. Como todas las yemeníes, esconde cualquier expresión tras el velo, y cierra la boca. Sabe que, al caminar, un paso en falso puede llevarla a pisar una mina antipersona. Y que, al hablar, una palabra equivocada puede significar la muerte. Tanto ella como el niño se cuidan de no dar pistas que los impliquen. En el Yemen la gran guerra, orquestada desde fuera, estalla internamente como una bomba de racimo que divide y subdivide la población en una multiplicidad laberíntica de guerras parciales. No conviene aclarar si el padre de Fahed pelea con las tropas gubernamentales o con los rebeldes hutíes, si es chiita o sunita, salafista o takfirí, si su contienda es regional o tribal. Basta con decir que es soldado, lo cual no depara gran información; la guerra ha acabado con los agricultores, los albañiles, los maestros, los camelleros y los pastores, ya ha convertido a todos los hombres en soldados.

–Puedo pintarte a mi abuelo –ofrece Fahed, y dibuja algo parecido a una figura con barbas y turbante.

Le aseguro que salió bastante bien, cualquiera se daría cuenta de que ese es su abuelo, pero que habría que corregir el zapato izquierdo, porque quedó lejos de la pierna.

–¿Quieres ponerlo más cerca, para que empaten? –le sugiero.

Fahed lo intenta, pero lo que hace es ponerle doble zapato a la pierna derecha; le cuesta entender que la izquierda suya no es la misma izquierda del abuelo que acaba de dibujar.

–No te preocupes –le digo-: pon el zapato en la pierna que está a tu izquierda…

–Mejor lo dejamos así –dice con un dejo de resignación, suelta el lápiz y cierra el cuaderno.

Me equivoqué otra vez, no debí forzarlo. Me gustaría haber sido terapeuta, o psicóloga, para poder guiarlo como corresponde; Fahed solo cuenta conmigo en estas primeras semanas decisivas de su vida como ciego. Ya los médicos le han remediado lo que en las actuales circunstancias era susceptible de ser remediado, ya está fuera de peligro y el personal se vuelca sobre los niños que siguen en estado crítico. Le pido a él que me disculpe por no ayudarlo más.

–¡Forza, tú puedes! –me hace reír, porque me aplica la misma fórmula que yo uso para animarlo a él.

No basta con actividades sedentarias, es hora de que Fahed aprenda a desplazarse. Recorremos una y otra vez y de la mano este lugar, sus construcciones, sus carpas y sus descampados, contando los pasos que hay de cada lado al otro.

En un hospital de la comarca de Saade, Yemen, las familias esperan el turno para atención médica. (Foto Agnes Varraine para Médicos sin Fronteras)

Me asombra su percepción intuitiva del espacio; a los pocos días ya es capaz de orientarse por sí solo, ayudándose con un palo de escoba que le he improvisado como bastón. Me parece que los golpecitos del palo al andar le transmiten una cierta representación visual del espacio y una sensación física de distancia y profundidad; algo así como lo que logra el murciélago con su radar. Nos hace reír a todos porque esgrime su palo como si fuera una espada, con tal energía y expresividad, que quien se descuida se gana un palazo.

–¡Anoche la vi! –me cuenta.

–¿A quién viste?

–A Amira, mi hermana mayor.

–¿Vino a visitarte?

–No, se quedó cuidando a mis hermanos.

–Pero la viste…

–Sí, soñé con ella.

–La viste en el sueño…

–Sí. Pero ella era transparente.

¿Se puede ver lo transparente? Fahed me pone ante serios dilemas epistemológicos. Las transparencias que a él se le aparecen en sueños ¿pueden devolverle la imagen de lo que antes vio y ya no ve?

–¿Transparente como qué? –le pregunto-. ¿Transparente como un vidrio?

–No. Como un vidrio, no.

–Transparente como… ¿un fantasma?

No me entiende. No sabe qué es un fantasma, y no logro explicárselo. El traductor me aclara que por aquí la gente no sabe de fantasmas, que son cosa del cristianismo y solo se les aparecen a los cristianos.

Rebuscando, consigo en el suq una caja de colores y se la regalo a Fahed. A cada lápiz le hago pequeñas muescas para que él pueda reconocerlos; una muesca horizontal para el negro, dos para el azul, una vertical para el rojo, dos horizontales y dos verticales para el amarillo, y así con todos. Él aprende a identificar, por las muescas, el color de todos sus lápices.

Madre e hijo se asoman a la “ventana” de una “casa” del campamento para desplazados de la ciudad de Sa’ada, Yemen (Foto Agnes Varraine para Médicos sin Fronteras)

Lo llevo arriba y abajo para que palpe lo que nos rodea y le ponga nombre; de ahora en adelante las manos y las palabras serán sus ojos. Vamos a ver la cría de camello que acaba de nacer, y los peroles de la cocina, el agua del estanque, el fuego de la hoguera, el camión de juguete que le han regalado. Le muestro lo que sucede en el campamento, la gente que entra y sale, los remolinos de aire, el atardecer que llega con el frío, el sol insoportable del mediodía. Él me pide que le muestre el desierto.

–Me la has puesto fácil –le digo-, y nos vamos hacia los montes de arena, nos hundimos en ella, la tiramos hacia lo alto, nos metemos a la boca unos cuantos granos, luego los escupimos y bajamos dando volantines hasta el fondo de la duna.

Hoy le han quitado las vendas de la cara.

–¿Cómo me veo?- me pregunta.

¿Qué le respondes a una criatura con la cara desfigurada? Se te paraliza el pensamiento, se te refunden las palabras, las buscas en el fondo de la pena solo para comprobar que ahí no las encuentras, ahí ni siquiera hay silencio, hay algo peor: un ruido desarticulado.

–Veo que vas mejorando rápido –es mi cobarde y evasiva respuesta.

Él palpa con las yemas de los dedos la red de cicatrices que le arruga la piel en torno a las cuencas vacías.

–¡Qué feo! -dice-, quedé muy feo.

Jennifer, la pedíatra, saca del bolso sus propias gafas de sol y se las regala. Son unas gafas costosas, futuristas al estilo Matrix, tan chics como la propia Jennifer, la delgadísima australiana de pelo violeta que de alguna manera se las arregla para verse muy fashion aun aquí, en las estrecheces y severidades de este desierto. En Europa, estas gafas Matrix Reloaded deben hacer tendencia, supongo yo, que de eso sé poco; lo cierto es que aquí, cuando Jennifer las usa, causan sensación entre los jóvenes yemenís de ambos sexos.

Fahed se las coloca enseguida.

–Ahora estoy guapo– dice.

Hoy se va. Le han dado el alta médica y se irá con su madre hasta un campamento de ACNUR, donde lo esperan el abuelo y los hermanos. El viaje es absurdamente largo y riesgoso, pero la madre no quiere permanecer por más tiempo lejos de los otros hijos. Voy a extrañar a Fahed, y creo que él a mí; me ha hecho prometerle que iré a visitarlo tan pronto pueda. De ahora en adelante tendrá que afrontar, en su nueva condición de ciego, la vida que a él y a su familia les espera, ya de por sí difícil, por no decir imposible. Pero él es un niño inteligente y fuerte y eso jugará a su favor. Para empezar, aquí se los ha echado a todos al bolsillo, y el equipo completo ha salido en comitiva a despedirlo. Le entregan de regalo un bastoncito de ébano hecho a su medida por un artesano local, que por iniciativa propia le talló cabeza y cuello de cisne a modo de empuñadura. Fahed nunca ha visto un cisne, y antes de subir a la camioneta que lo transportará, se devuelve para preguntarme cómo es un cisne. Guiándole la mano, le ayudo a dibujar uno con la punta del propio bastón sobre la arena: el pico, el ojo, el cuello largo y arqueado, las alas recogidas, las patas. No nos sale demasiado bien, parece un elefante alado, pero Fahed queda satisfecho.

–¿De qué color es? –pregunta.

-Por lo general, los cisnes son blancos, pero en ocasiones especiales nace un cisne negro. Este tuyo, como es de madera, es un cisne negro.

–Pero este mío no tiene alas ni patas –dice, pasando la mano por la empuñadura para inspeccionarla con detenimiento-. Este no es un cisne, es medio cisne.

Fahed reparte abrazos, se encasqueta la cachucha y se encaja las gafas futuristas que Jennifer le ha regalado.

–Las vas a echar de menos –le digo a ella; sé por experiencia que aquí la resolana es tan fuerte que produce irremisibles jaquecas.

–Más falta le harán a él- me responde.

Jennifer tiene razón. Esas gafas le cuadran a Fahed, porque, al ser anchas y curvadas, de vidrio negro polarizado, ocultan por completo los daños de la cara.

–¡Eres más popular que un rock star, Fahed! ¡Adiós, adiós!

–¡Vuelve cuando se acabe la guerra! –me grita, y se aleja esgrimiendo su bastón con una mano, y con la otra, apretando fuerte su cuaderno y su caja de lápices.

(Basada en hechos reales)

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