CANCIÓN DE ANTIGUOS AMANTES
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Por Laura Restrepo

Ofrecemos en forma exclusiva el primer capítulo de Canción de antiguos amantes, la nueva novela de Laura Restrepo, que se publicará dentro de algunas semanas. 

-Sopla duro, este viento –digo.

-Déjalo soplar –dice Zahra Bayda, que recela mi inclinación ansiosa. 

Ella me ha traído hasta acá para que yo pueda observar desde la altura y asumir que he llegado al fin del mundo. Miro alrededor y no veo nada, mejor dicho, veo la nada.

Nos encaramamos a la duna más alta. El viento es tan fuerte que amenaza con arrancarme la camiseta. Este debe ser el desierto más recio del planeta, el más cercano a Dios y más plagado de demonios, al menos eso dice ella, y asegura que por acá todavía hay eremitas que se recluyen en cuevas. Una ráfaga de viento le arrebata a Zahra Bayda la cachucha, que sale volando y haciendo cabriolas en el cielo.

-¡Atrápala, muchacho! –me ordena.

-Atrápala tú.

-Puto viento –maldice.

-Déjalo soplar –me desquito.

Zahra Bayda lucha contra su pelo, que al liberarse se ha vuelto un remolino loco. Yo ando en las nubes y no logro aterrizar, me anonadan estas inmensidades de arena amarilla que todo lo devoran. Medio que cae la noche y medio que no se anima a caer; copos de oscuridad van bajando lentamente del cielo. 

Mira –le señalo a Zahra Bayda un punto de luz que titila y se mueve al fondo, allá lejos, como una pequeña reverberación en medio del paisaje-. Mira, algo sube hacia nosotros.

-Déjalo subir.

Me fijo en ese punto de luz que viene subiendo.

-¡Despierta, como-te-llames! –Zahra Bayda chasquea los dedos a ver si espabilo.

Así me dice, como-te-llames. No la culpo, comprendo que mi nombre no es fácil, ¿y qué decir del suyo? Zahra Bayda. Suena bien, pero según ella, lo pronuncio mal.

-También yo te diré como-te-llames –le aviso, y contesta que le da igual.

Todo permanece inmóvil, salvo el revuelo del viento en el pelo. Siempre me asombra el pelo de la gente; tiene vida propia y se rebela contra la voluntad del dueño. La larga melena de Zahra Bayda anda sin control, como una nube de tormenta, y le azota la cara, se le mete en la boca, le tapa los ojos. 

La lucecita aquella que veo en la distancia sigue subiendo, como un reflejo flotante. ¿Alguien viene del campamento con una linterna? Me pregunto cómo habrá podido traspasar la alambrada.  Tal vez aprovechó la hora de más calor, cuando los guardias se amodorran en las garitas.

Este desierto debe ser el ombligo de la sequía incontenible que está arrasando al planeta y hará que los humanos nos volvamos litófagos y acabemos comiendo piedras, como la cacatúa de cresta amarilla y el lagarto blanco.

El desierto murmura. Dice sus cosas en una vibración seseante, y me hace ilusión pensar que se trate de la música de las dunas. Me han contado que las dunas cantan como ballenas, o como flautas, y que a veces rugen como choque de armas, o aúllan como lobos. Me parece escucharlas… Siento que la arena me habla, pero su mensaje es cruel, como un último suspiro del tiempo.

-No es ninguna música de dunas, es el zumbido de los drones –dice Zahra Bayda.

De nuevo tiene razón. Según el principio de simplificación de Ockham, si a tus espaldas suena un galope, no pienses que es una cebra, piensa que es un caballo. Y si lo que escuchas es un zumbido, no creas que son músicas: son drones. 

La lucecita aquella que viene subiendo la trae un ser de carne y hueso, más hueso que carne. Un personajito menudo y nervioso, rápido de movimientos, que aparece y desaparece por las ondulaciones de la cuesta. Es una muchacha y viene rengueando. Tiene el pie izquierdo volteado hacia adentro. Pie zambo, que llaman.

-Equino varo. Pie equino varo –precisa Zahra Bayda, que sabe de esas cosas, al fin y al cabo es personal médico, tiene larga experiencia como midwife, es partera graduada.

Vale: pie equino varo. La chica que viene hacia acá es muy joven, casi una niña, y se acerca cojeando. Es tan delgada que el vendaval podría elevarla. No habrá nacido aquí, porque viste con trapos de colores y trae la cara descubierta. Tiene la piel oscura y las facciones finas, y lleva sobre los hombros una improbable capa dorada.

La capa revuela al viento centelleando con los últimos rayos de sol, y le da a la niña un aire de quimera. Destellos de su capa inverosímil: ese es el fulgor que he visto venir. 

Una chica con una capa dorada en el corazón del desierto, quién lo creyera. Como un espejismo. Una visibilidad flotante, una pequeña cosa que aparece, oscura, tentadora y misteriosa. Me pregunto si habrá llegado a esta tierra por mar, junto con la gente de las pateras. Puede ser. Trae la cara embarrada de arena y la melena revuelta, oscura en las raíces y roja en las puntas, como teñida con alheña o requemada por el sol. 

Su manto reluciente la convierte en figura de leyenda, aunque al fin de cuentas aquello ni siquiera es manto, ni tampoco capa, ni de leyenda. Zahra Bayda me baja a tierra de un tirón. Me explica que sólo se trata de uno de esos cortes de dos metros de plástico térmico y resistente, con la faz interna aluminizada y la externa dorada. Retiene el calor corporal, y lo reparten los rescatistas entre los náufragos con hipotermia. 

Así que no es manto de reina lo que arropa a la flaquita ésta, ya ves, no todo lo que reluce es oro… Pero como si lo fuera: ella se envuelve con arrogancia imperial en su plástico térmico. Maneja con agilidad su pierna baldada y es muy inquieta; una hormiga atómica en medio de la parálisis general. Hay bravuconería en ella y actitud soberbia, agrandada, como si el infortunio la rodeara, pero no se atreviera a tocarla. 

Otras mujeres, salidas de no sé dónde, también se han percatado de nuestra presencia y empiezan a llegar. La chica de la capa dorada no se las va bien con ellas, las aparta a codazos, refunfuñando y gesticulando. 

-¡Coja! –las otras le gritan y se apartan-. ¡Vete! Vuelve a tu lugar.

Ella no se intimida, al contrario, revira como esas gitanitas pendencieras de la Vía del Corso, en Roma, que te acosan para robarte. Me descoloca esta criatura de malas pulgas que por cuenta de nada me encara y me fulmina con una mirada que no es implorante, sino exigente. Para colmo tiene los ojos de un raro color verde fiebre, y resulta difícil sostenerle la mirada. Alúmbrame, niña, con la luz de tus ojos, le digo sin que me entienda, y ella hace un mohín. Con el pie choneto dibuja sobre la arena un garabato que el viento enseguida borra. ¿Ojos con luz interior, como los de un gato? La comparación es manida pero inevitable. 

Y a propósito de gatos, me cuenta Zahra Bayda que por aquí la gente los anda matando, por creer que son los portadores de la peste.

Me conmueve esta niña bella y lisiada, tanto, que bajo la guardia. Me pongo de su parte, quisiera ampararla, ¿por qué recelar de ella, tan alevosa pero tan vulnerable, apenas una más entre las damnificadas de la hecatombe, otra de las condenadas de la tierra?

Error de mi parte. La niña se comporta como gato acorralado, agarrando manotadas de arena para arrojarlas a la cara de la gente. Es una bellaca, esta aprendiz de Imperator Furiosa. Se las arregla para apartar a las demás rompiendo el círculo, y aquí me cae y se protege tras mis piernas, usándolas de mampara. 

-¿Vienes por mí, pendenciera? 

Desde que la vi, supe que esta niña insoportable tenía algo que ver con mi destino. Me sujeta por la camisa y no me suelta, me puya el brazo con un dedo afilado de uña larga. Altanera, la nena, de barbilla echada hacia delante y bonita boca torcida en un gesto displicente. Y maraña rojinegra de pelo ensortijado que se bate al viento como una bandera anarquista, de las que rezan no hay rendición. Medio me fascina y medio me aterra, la nena, no sé qué hacer con ella, se pega a mí como una lapa. ¿Qué será lo que quiere, cuál es su bronca? 

-¡Ey! Tú, mini Cassius Clay, deja de revolotearme alrededor como una jodida mariposa –le digo, pero solo logro darle cuerda. 

Es endemoniadamente bonita, la morena ésta, bella y oscura como las tiendas de Q’edar. 

Y sus ojeras, sus pestañas de avestruz, la cicatriz que le marca la frente, ¿tienen nombre en alguna lengua? ¿Cómo se le dice a su agilidad endiablada y a su salvaje mata de pelo? ¿Y a esos aires suyos de criatura bíblica, y al hechizo que sobre mí ejerce? Todo eso, ¿cómo se llama?  Porque es bella, ella, bella y tremenda, inquietante atadito de huesos que se ha colocado detrás de mí y no me suelta, me utiliza como escudo para protegerse de las otras, que la amenazan y le gritan. Huele a humo, esta chica, y a sahumerio y a mar.

-¡Ladrona de ciruelas! –le gritan, y ella les saca la lengua.

Frente a esta morenita atarbana me debato en sensaciones encontradas, la lástima, la compasión, el embeleso, el fastidio. Y ella entretanto se dedica a atosigarme. Yo le gano en edad, dignidad y estatura, a su lado parezco un Goliat, y sin embargo ella sale triunfante. Ya Zahra Bayda me ha hablado de ese rasgo común a toda víctima, a todo sobreviviente de la tragedia: cuando los demás vamos de ida, ellos ya vienen de vuelta. Debe ser porque poseen eso que algunos llaman el coraje de la desesperanza. O lo que viene siendo lo mismo, nec spe, nec metu, un latinajo que me gusta y traigo tatuado en el antebrazo: Nec spe, nec metu, sin esperanza ni temor. Pero ya, nena, vete, que me desesperas. No hallo cómo sacármela de encima, y al mismo tiempo el roce de su piel me estremece.

-¿Dinero? ¿Es eso lo que quiere esta chica? –le pregunto a Zahra Bayda, que intercambia unas palabras con ella. 

-Dice que nació en Erigabo -traduce Zahra Bayda.

-Qué más dice –pregunto, porque veo que la nena va soltando borbotones de palabras.

-Nada más.

Erigabo, en la otra orilla del golfo. He leído sobre ese lugar, un territorio inhóspito y yermo, de donde todos huyen para escapar de la hambruna y la matanza. En un pasado mítico, Erigabo debió hacer parte del próspero reino de Saba, pero en la irrealidad de hoy es terreno asolado y sembrado de espanto. 

-Pregúntale cómo se llama –le pido a Zahra Bayda-. Pregúntale cuántos años tiene, ¿catorce?, ¿quince? 

-Ya le pregunté, pero no lo dice. Se mosquean si te ven averiguando demasiado, les da por creer que eres agente del enemigo.

Está claro que esta niña huraña no va a responder y que yo no voy a enterarme. Era de esperarse. Todo lo sobrecogedor que la vida me trae, me llega de esta manera, de repente y sin nombre. Para apaciguarla, le doy una moneda. Ella me la rapa y se retira a examinarla aparte, donde no puedan arrebatársela. 

Ya está. Santo remedio. Creo que me libré de la pequeña fiera. Pero no. Vuelve a caerme con más arrestos que antes, y ahora tira del pañuelo que llevo atado al cuello.   

-Quiere que se lo des –me dice Zahra Bayda. 

-¿Esto? –pregunto, desatando la tira de tela tuareg de color azul intenso con tres rayas negras al centro, que siempre llevo conmigo y que ya es como parte de mí; dicen que no me la quito ni para dormir. 

-¿Quieres mi pañuelo, niña? ¿Tanto agite por tan chico pleito? Si te lo doy, pequeña, ¿quedamos en paz? Vale. ¿Te gusta el regalito? Tómalo. Te lo dejo de recuerdo. 

Me desprendo con pena de mi vieja mascada tuareg, y la niña enseguida la utiliza para recogerse el pelo. Se ve realmente graciosa con ese trapo tan bárbaramente azul en la cabeza. Parece dar por cumplida su misión aquí en la cima, pierde todo interés en mí y se va corriendo por donde vino, llevándose mi pañuelo. Aparición que se desvanece. 

Contra un cielo crepuscular rayado en negro, naranja y granate, veo cómo la niña se aleja sin que la dismetría de sus piernas le impida bajar a toda carrera. La capa dorada centellea tras ella como cola llameante de un pequeño cometa. 

Alumbrar, potente verbo que viene de ad – umbra, salir de la sombra, mismo origen de asombrar. La muchacha de Erigabo alumbra y asombra: entra y sale de las sombras a medida que se aleja cuesta abajo a brincos, esbelta y arisca como esas gacelas dorcas que son originarias de su tierra.

-¡Oye, tú! –le grito cuando ya no me escucha- ¿No serás tú la Reina de Saba?

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