¿DÓNDE ESTABA EL PILOTO?
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Por Enrique Santos Calderón

En mis ajetreados 75 años de vida no recuerdo una situación semejante.

Ni el paro cívico nacional de septiembre de 1977 con su saldo de 15 muertos en Bogotá; ni las revueltas urbanas de varios días que promovió la Anapo tras el fraude electoral contra Rojas Pinilla en abril de 1970 (que terminaron en drástico toque de queda nacional impuesto por el presidente Carlos Lleras); ni tampoco las violentas protestas estudiantiles de los años 60 y 70 con sus lluvias de piedra y cocteles molotov son comparables a lo que hoy vive el país.

Tampoco recuerdo críticas internacionales tan explícitas a la fuerza pública de Colombia como las provenientes de Naciones Unidas y la Unión Europea.  Tal vez porque nunca antes se habían visto tan escalofriantes imágenes de policías disparando de manera repetida hacia grupos de manifestantes. “Videos perturbadores” dijo Jim McGovern, el influyente congresista gringo que ya le pidió al gobierno Biden suspender la ayuda militar a Colombia.  Si las imágenes son perturbadoras, las cifras de víctimas no lo son menos. Aunque hay discrepancias, al mediodía del viernes los informes más creíbles señalaban 36 muertos y más de 400 manifestantes heridos (la Policía habla de 826 lesionados suyos) en estas protestas, lo que no tiene precedentes. Como no lo tienen la amplitud y duración de las mismas.

La pandemia que arrasó con empresas, empleos y parte de la clase media creó las condiciones para el estallido. La frustrada reforma tributaria fue apenas el detonante de una acumulada bomba social, cuyo persistente tic tac hace tiempo se escuchaba. Por fin explotó. Y se llevó a la tributaria y al ministro Carrasquilla, y puso a Duque a echar reverso y al país ante un camino desconocido.  El panorama de la protesta social en Colombia no será el mismo después de estas jornadas y sin conocer aún su desenlace, cabe preguntarse qué enseñanza le dejan a la ciudadanía y a las autoridades. Fuera de lecciones obvias, como las de controlar el uso de la fuerza por la Policía y aislar el vandalismo. Para esto último se necesitaría la disciplina de la minga indígena, que en sus marchas no tolera desmanes que las desvirtúen.

La tributaria ya parece tema del pasado ante los nuevos reclamos de la calle, que tienen que ver con los viejos pero agravados problemas de pobreza, salud e inequidad creciente de la sociedad colombiana. Males de antaño que se volverán mucho más explosivos si no aparecen ya fórmulas realistas de negociación y consenso. Lo que hoy se vive no aguanta mucho.  Reina un estado de semianarquía (“prerrevolucionario” dicen algunos), que podría derivar en nuevos niveles de violencia, de agudizarse la reacción de sectores afectados de la comunidad contra el paro. El desespero y rabia de tenderos y comerciantes saqueados van en aumento, mientras que el bloqueo indiscriminado de vías, la destrucción del transporte público, colegios, gasolineras y hasta centros de salud afectan directamente a los más necesitados. Cruel ironía que sea siempre el pueblo el más perjudicado por el paro. Caso dramático fue el del líder pereirano Lucas Villa, abaleado desde un vehículo privado. Y no faltaba sino eso: grupos de vigilantes anónimos disparando a los manifestantes.

Se ha denunciado que policías de civil han propiciado incendios y destrozos, pero los verdaderos autores son anárquicos grupos lumpenizados, sin dirección ni criterio, que le han causado daños irreversibles al patrimonio de miles de modestos colombianos. Y si bien hay que exigir que se sancionen los abusos de la fuerza pública, estamos en mora de ver cómo se castiga a los vándalos que acaban con el sustento de tantos compatriotas.

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A todas estas, ¿dónde estaba el piloto de la nave del Estado? Su ausencia inicial fue notoria. Como si la cosa no fuera con él. Casi no suspende su programa de televisión en plena crisis. Triste decirlo, pero Iván Duque no dio la talla. Fue desbordado por los hechos, no reaccionó a tiempo, no sintonizó con la gente y no integró un equipo capaz de lidiar con la crisis. No ejerció, en fin, el liderazgo que en el preciso momento requería el país.

A la hora de entregar esta columna no se sabe qué producirán los encuentros que por fin convocó el presidente, con gremios, cortes, congresistas, líderes políticos y, claro está, con el Comité Nacional de Paro. Ahora sí con un afán que la contraparte por supuesto no tiene. Entre otras porque el Comité no ha demostrado total unidad, claridad ni conexión con la vanguardia juvenil del movimiento. El que ha demostrado claridad, gústenos o no, es Gustavo Petro, que les dijo que levantaran el paro tras la caída de la reforma tributaria, advirtió sobre el desgaste de las protestas y recomendó que en un futuro próximo fueran tan masivas como pacíficas. Posicionado como está en las encuestas presidenciales, Petro procede con cautelosa inteligencia para sumar apoyos y proyectarse como un líder sensato.

Eso lo veremos el año entrante. Por ahora hay que esperar que los diálogos iniciados por Duque conduzcan a una salida de la grave encrucijada en la que hoy está sumido el país.  La crisis ya ha costado demasiado y cada día que pasa nos costará más. A todos.

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