NO MÁS NO
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Por Enrique Santos Calderón

Sin mayor fanfarria se cumplió la semana pasada el quinto aniversario de la firma del Acuerdo de Paz con las Farc. Salvo Naciones Unidas y otros organismos internacionales que recordaron su trascendencia, en Colombia la fecha no produjo alborozo general.

Se entiende. El desarme de 10.000 guerrilleros fue un hecho histórico, pero no suficiente. No llegó “la paz” tal como la había promocionado el Gobierno y la anhelaba la gente.  Se desmovilizó la organización responsable —de lejos— del mayor número de secuestros, asesinatos, atentados terroristas y ataques a la fuerza pública, pero el país siguió —y sigue— padeciendo violencia en todas sus formas. En las ciudades la delincuencia se multiplica, en el campo continúan masacres y asesinatos de líderes sociales, al tiempo que disidencias de Farc, comandos del Eln, mafiosos del Clan del Golfo y demás grupos y subgrupos criminales que aquí se dan silvestres, mantienen al país en zozobra permanente. Por eso no sorprende que el quinto aniversario de un acuerdo de paz aplaudido en el exterior no genere agradecidos entusiasmos domésticos (aunque sí cabe imaginar como estaríamos hoy, en medio de esta crisis, si los miles de desmovilizados de las Farc estuvieran ahí, echando plomo y agitando la hoguera social).

Por estos días también se cumplieron los cinco años del triunfo del No en el plebiscito del 2 de octubre que con excesivo optimismo convocó el gobierno de Santos para ratificar los acuerdos. Una fecha desalentadora y triste para Colombia, conmemorada hoy por el uribismo como glorioso acontecimiento patriótico, aunque lo cierto es que ni los más radicales enemigos del proceso se imaginaron que fuera a ganar su campaña basada en el miedo y la mentira, como luego lo reconoció el defenestrado gerente de la misma, Juan Carlos Vélez.

Resultado que sugiere que, más que un “país de cafres”, como lo definió el maestro Echandía, Colombia es un país de bobos o quizás de incautos manipulablesque se comieron el cuento de que se venía  el  “castro-chavismo”, que las pensiones de la clase media se irían para sostener guerrilleros y que la “ideología de género” era el fin de la familia cristiana y demás sandeces que las redes sociales del uribismo promovieron con feroz eficacia, en contraste con una pasividad triunfalista que se apoderó del Gobierno luego de la firma. A la derrota del Sí también contribuyó la torpe soberbia de las Farc con su renuencia a asumir y pedir perdón por tantos crímenes cometidos.

Se perdió, pues, el plebiscito por 54.000 sufragios entre más de 13 millones. Así es la democracia, donde cada voto cuenta. Y no hay lamento que valga: que si no hubiera llovido en la Costa, que si Gina Parody no hubiera alebrestado a los pastores cristianos, que si las Farc no hubieran enredado tanto las cosas… El proceso se salvó por las enmiendas posteriores, aprobadas por Congreso y Corte. Pero esta es una vieja historia conocida. Y cuando se trata de mirar hacia delante y ofrecerle otras salidas a un país descreído y descontento, el partido de Gobierno se pega de manera obsesiva del recuerdo del No. Pretende convertirlo en caballo de batalla electoral, por increíble que esto parezca. Sus arremetidas contra la JEP y los acuerdos de paz son un disco rayado que se volvió a repetir en el reciente foro de aspirantes presidenciales del Centro Democrático. Muy monotemático el “noísmo”, como lo bautizó Ricardo Silva Romero.

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A todas estas el presidente Duque, quien se alista a viajar por el mundo en lo que resta de su mandato, habló de la “fragilidad” del acuerdo de paz.  Sin irse de frente contra el mismo, eso sí, pues caería muy mal en el exterior, y de eso se encargan sus copartidarios del No. Y aquí conviene despejar equívocos. El Acuerdo de La Habana de 2016 fue con las Farc porque la guerra era con ellas. Luego de la firma se concentraron, se desarmaron y entraron a la política legal. Con desastrosos resultados, como bien se sabe. Pero cumplieron lo pactado. El instituto que con más rigor investiga el tema (Indepaz), acaba de revelar que de los 13.000 guerrilleros que se acogieron en su momento al acuerdo de paz, el 95 por ciento sigue cumpliendo, aunque hay 785 que no se sabe dónde están. También informa —ojo a esto— que las disidencias de las Farc han crecido a más de 5.000 hombres, lo que obliga a preguntar por la responsabilidad del Gobierno. ¿Qué ha hecho en estos años para impedirlo?

No pocos analistas piensan que las trabas de Duque al proceso y la deficiente implementación del mismo alimentaron las disidencias. Quién sabe hasta dónde. Lo evidente es que su política de seguridad deja mucho que desear. No ha logrado reducirlas, ni tampoco frenar la expansión de grupos armados de todo tipo, que ya llegan a 16.000 (para no hablar del hampa de pistola, cuchillo y moto que campea en Bogotá y otras capitales). Un panorama deplorable en el que brillan por su ausencia las fórmulas de los energúmenos del No para remediarlo.

Habrá tiempo para escucharlas si se les ocurre algo distinto de despotricar contra la JEP y los acuerdos de paz. Mientras tanto que averigüen qué se hizo el coco del “castro-chavismo”. De veras: ¿dónde se habrá metido?

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