ENTRE ATRACO Y TRANCÓN
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Por Enrique Santos Calderón

Salvo dos años como estudiante en la Universidad de Munich a finales de los 60, dos en París como periodista a comienzos de los 80 y estancias de algunos meses en Estados Unidos, he vivido 70 de mis 75 años en Bogotá, ciudad que amo, siento como propia y no cambiaría por otra.

Me fascina la vista de sus cerros, me encanta el clima, pese a los aguaceros (que también tienen su encanto) y me seduce el ambiente cosmopolita y diverso que ha adquirido. Y no me gusta, por supuesto, la moda de “rajar” a toda hora de Bogotá—del frío, de la lluvia, de los cachacos (“cachacho, paloma y gato tres animales ingratos” suelen decir muchos costeños)—, tan común en  inmigrantes felizmente instalados en la capital que nunca volverían a sus sitios de origen.  Pero no me explayaré en las razones por las que aprecio a mi ciudad, porque hoy toca hablar de lo que no me gusta y me preocupa. De sus defectos y falencias, que no son menores. Hay dos que sobresalen: seguridad y movilidad.

En Bogotá cada dos días una persona es asesinada en un atraco. Una cifra aterradora. El 70 por ciento de atracadores capturados en flagrancia queda libre y, según la alcaldesa, una tercera parte de ellos regresa a la calle a seguir en lo mismo. Un delicado problema de la justicia y del sistema penal y carcelario, más que responsabilidad directa de una Alcaldía cuyo mando sobre la policía metropolitana es por lo menos precario. Se trata de un fenómeno cada vez más serio que altera  el estado de ánimo de la ciudad y ha creado una especie de paranoia colectiva que se mueve entre el miedo y la rabia, y que en los barrios más populares puede conducir al linchamiento de delincuentes como ha sucedido en varias ciudades.

En el sur, centro o norte de la capital la gente no se siente segura cuando camina por las calles y mucho menos cuando se acerca a alguna entidad para retirar dinero.  La modalidad del fleteo va en aumento y refleja la creciente agresividad y descaro de una delincuencia urbana organizada que utiliza varios hombres y motos para caerle al desprevenido ciudadano. Y acuchillarlo o pegarle un tiro si osa resistirse. No aparece aún una estrategia de las autoridades para detectar a los cómplices del fleteo dentro de entidades bancarias y casas de cambio.

Leo en El Tiempo que en lo que va corrido del año se han presentado cerca de 60 mil casos de atraco. Mas de 150 diarios: otra cifra inverosímil. El de la presentadora Claudia Bahamón, que fue arrastrada por la calle con su cartera en la nuca, tuvo impacto mediático por el lugar donde sucedió —once con 85— y por la prominencia de la víctima. Pero ese mismo día y en esa misma zona otras tres personas ya habían sido asaltadas. La atracadera es a cualquier hora y en cualquier sitio. Esta semana un soldado uniformado fue asesinado a tiros en Ciudad Bolívar cuando intentó defender a una pareja que estaba siendo robada, mientras al otro extremo de la ciudad, en la calle 127 de Usaquén, miembros de una familia cuyo carro fue previamente pinchado, fueron despojados de los dólares que habían cambiado para vacaciones, además de golpeados y uno de ellos herido de un balazo. ¿Para qué seguir? Los ejemplos son incontables y cada vez más alarmantes.

El auge de la criminalidad urbana está ligado por supuesto al deterioro de condiciones sociales, al aumento de la pobreza (somos el segundo país más desigual en América Latina) y del vasto ejército de jóvenes desempleados. Lo que no quiere decir que no se requiera una respuesta policial más contundente y política más eficaz para contenerlo. La indignación ciudadana también va en aumento y la única recomendación de las autoridades no puede ser la de “no dar papaya”.

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Fuera de la inseguridad, otro gran problema de Bogotá y sus alrededores (¿qué tal el calvario que significa  entrar o salir de la ciudad?) es el de movilidad y vías. Los trancones se han vuelto de veras insoportables y contribuyen en gran medida a envenenar el estado de ánimo capitalino. En este campo, destaco dos de las diez observaciones críticas que hace poco le planteó ProBogotá al Plan de Ordenamiento Territorial (POT) de la Alcaldía.

Tal como está concebido, el POT desconectará a Bogotá de municipios como Chía, Cota y Zipaquirá, entre otros, y la única via con la que la capital contaráde sur a norte es la Avenida Boyacá. ProBogotá insiste con razón en que la ALO Norte debe ir como fue concebida porque si se apoya exclusivamente en la vía Suba-Cota habrá “gran congestión” para llegar a las de conexión regional.

Otro punto es el “ancho de los perfiles viales”, y aquí advierte que se ha sobredimensionado el potencial de migración a la bicicleta, que es apenas del 5 por ciento de la gente que hoy se mueve en transporte púbico y del 13 por ciento de la que se mueve en vehículo particular. Es frente a ese potencial de migración que debería plantearse la reconversión de los carriles mixtos al servicio de la bicicleta. Me dirán que este en un planteamiento elitista o retrogrado, (¿cómo cuestionar el culto a la cicla?), pero los hechos son tozudos. Y los argumentos de ProBogotá son serios. Recomiendo la entrevista con su presidenta, María Carolina Castillo, publicada el 24 de octubre en El Nuevo Siglo. Dice verdades elementales, como la de que todos los que tomamos la Séptima hemos padecido trancones insufribles mientras el carril de los biciusuarios permanece desocupado.

  Viva la cicla, pero…

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