¿EL PRECIO DE UNA TRAICIÓN?
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Por Enrique Santos Calderón

¿A quién echarle la culpa del más humillante revés militar sufrido por Estados Unidos en su historia de guerras y conflictos? ¿A Biden o a Trump? ¿A Obama, a Clinton o a Bush hijo? ¿A Bush padre, a Ronald Reagan, o quizás a John F. Kennedy? 

A todos, porque a cada uno de ellos le cabe su cuota de responsabilidad como ejecutor de una política internacional teñida de arrogancia que en el último medio siglo condujo a su país a grandes descalabros político-militares. En Vietnam y en Cuba, en el Líbano y en Somalia, en Siria, Irán e Iraq, entre otros… Política que en Afganistán, escenario de la más larga de sus guerras, acaba de sufrir un golpe devastador, con consecuencias aún inciertas para la reputación e influencia de Estados Unidos.  

Sus efectos más inmediatos caen por supuesto sobre el gobierno de Joe Biden, que en medio de indecisiones y equivocaciones presidió esta debacle diplomática, militar y política. Al atribulado Joe no se le cobrará tanto el retiro de Afganistán, acerca del cual casi todo el país estaba de acuerdo, sino la forma vergonzosa y caótica en que se dio. Hace poco dijo que la salida demoraría un año; que los talibanes no arrebatarían el poder y que no cabía paralelo alguno con Vietnam. Ha tenido que tragarse sus palabras.

¿Por qué no se planificó mejor la salida? ¿Cómo no previeron el desplome? ¿Cómo puede ser que un comandante talibán anunciara el fin de la guerra desde el palacio presidencial de Kabul y el Pentágono no estuviera al tanto? ¿Por qué subestimaron no solo el grado de corrupción del gobierno y el generalato afganos sino también la influencia social y la fuerza militar de los talibanes? ¿Cómo enfrentar ahora la implantación de un gobierno amigo de Al Qaeda en una región donde Washington destinó dos trillones de dólares y se perdieron miles de vidas para impedir la expansión del extremismo islámico? 

Estos son apenas algunos de los interrogantes que agobian a la Casa Blanca, al tiempo que continúa la desesperada evacuación de estadounidenses y aumenta la angustia sobre el destino de los miles de afganos que colaboraron con el invasor. Pocos creen en las promesas talibanes de que no habrá represalias y muchos temen el regreso de la ley islámica con sus ejecuciones, amputaciones y lapidaciones, tal como la impusieron cuando gobernaron de 1996 a 2001.

Muy pronto se sabrá si de verdad han cambiado estos implacables guerreros islámicos que, careciendo de artillería, de misiles y de aviones, expulsaron de su país a la primera potencia militar del planeta. Así lo habían hecho antes con británicos, soviéticos y otros invasores del pasado. En materia de comunicaciones sí se han modernizado, como lo confirma su frenético empleo de Facebook y YouTube, que ahora tienen el dilema de lidiar con la presencia en sus redes de terroristas convertidos en gobernantes.

Resulta aleccionadora paradoja que sea en el vigésimo aniversario de la destrucción las Torres Gemelas (motivo de los bombardeos que sacaron corriendo a los talibanes) cuando estos retornan al poder y, para mayor contradicción, que hoy sean Estados Unidos y sus aliados de la Otan los que salen con el rabo entre las piernas. 

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A mí me produce escalofrío el avance de cualquier índole de fanatismo religioso en el mundo, y en Afganistán, estratégica región asiática, el extremismo islámico gana una crucial batalla contra la democracia occidental. El hecho puede significar un declive del poder global de USA, mayor incluso que el que produjo su derrota en Vietnam. A quienes aún tenemos grabadas las imágenes de 1975 de los repletos helicópteros gringos despegando del techo de la embajada de Saigón mientras avanzan por la ciudad los guerrilleros del Viet Cong nos impacta la similitud con la atolondrada evacuación del aeropuerto de Kabul. 

Historiadores como Fukuyama (el de El fin de la historia) sostienen que el mayor reto a la preeminencia mundial de USA no proviene de afuera, sino de su propia entraña: de su polarización política interna. Quién sabe, porque lo cierto es que el debilitamiento de su postura internacional es hoy tan notorio como remota la posibilidad de que vuelva a movilizar coaliciones de países dispuestos a apoyar sus incursiones militares. Se ha confirmado que Washington no puede sacar de la nada ejércitos eficientes ni naciones democráticas. Y mal podría seguir anunciando guerras que termina perdiendo.   

Además, a Biden le quedará difícil continuar presionando a Rusia, China e Irán; mejor le iría si tranquiliza a sus decepcionados aliados europeos y repara el daño interno. La debacle afgana agudizó la imagen de un presidente incauto y débil, percepción que entrega munición a la derecha republicana, que ya habla del “retiro prematuro” y del “precio de la traición” (como si Trump no hubiera sido el primero en darle la espalda a Kabul).

Todo indica, en fin, que la “guerra contra el terror” que decreto GW Bush hace veinte años anda tan perdida como la que hace casi cincuenta proclamó Nixon contra la droga. De este fracaso los colombianos somos viejos dolientes y testigos de primera línea. Del afgano aún faltan muchas lecciones y algunas sorpresas. Como la de que Colombia recibirá cuatro mil refugiados de ese país. Bienvenidos.

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