CUANDO PA CHILE ME VOY
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Por Enrique Santos Calderón

Con todo lo que los diferencia, Iván Duque y Joe Biden en algo se parecen. En sus deficiencias de liderazgo, por ejemplo, o en la incapacidad para conectar con la gente, o mejorar su baja favorabilidad. Más dramáticas en el ocupante de la Casa Blanca, que antes del primer año bajó al 38%, que en el de Casa Nariño, que ya casi termina pero no llega al 30%.

Biden resultó un presidente tan bien intencionado como inepto. Las cifras hablan: en los últimos ochenta años ningún mandatario gringo ha perdido tanto apoyo popular en tan corto tiempo. Su débil liderazgo es calificado hoy por no pocos analistas como una amenaza para la seguridad nacional de USA y desde Pekín se llega a sugerir que la falta de mando en Washington podría generar futuras guerras. Encima de esto, el Partido Demócrata va perdiendo fuerza electoral y Donald Trump va calentando motores. ¡Qué peligro!

Y si por allá Joe Biden no resultó ser el hombre para la ocasión, por acá Iván Duque tampoco dio la medida. Más robusto y joven que el anciano Biden y más locuaz—, pero igual de ligero en lo que a liderazgo político se refiere. Está empeñado con razón en mejorar una precaria favorabilidad del 25% (Inmaver de octubre), pero no creo que le bastará con autobombo, voz más enérgica o discursos hiperbólicos como el pronunciado tras la captura de Otoniel. Sin restarle mérito al operativo, es desmesurado equipararlo con la eliminación de Pablo Escobar. Ese narcoparamilitar que sonreía sin un rasguño ante las cámaras no se puede comparar, ni de lejos, con lo que representó Escobar, ni su captura significa un golpe contundente al narcotráfico. De hecho, el general que lo coordinó dijo que el Clan del Golfo se atomizaría, lo que significa que tendremos varios mini-Otonieles. Como ha sucedido siempre. ¿Cuándo se entenderá que las batallas contra el crimen no se ganan con manipulación mediática ni partes de victoria inflados?

El equipo que rodea a Duque poco ayuda a robustecer su imagen. De un gabinete insulso y gris se destacan si acaso las metidas de pata del ministro de defensa. Luego del penoso episodio del perfilamiento de periodistas y de su cantinflesca explicación, el ministro Molano soltó lo de Irán como país “enemigo”. Y la canciller, a la que pertenece el tema de política exterior, tan ausente estaba que ni acompañó a Duque en su largo periplo por Europa y Oriente Medio. Desde allá nos anunció que Colombia abrirá consulados en Sahara occidental, donde no hay colombianos, pero no en Venezuela donde residen millones de compatriotas.

De esto último me enteré por una columna de Juan Camilo Restrepo, en la que también se refiere a un gran descuadre en la política de combustibles. Tan grande, que puede tragarse lo que produciría la reforma tributaria. Son tópicos de los que no habla este presidente usualmente locuaz porque, según Restrepo, “el ADN del gobierno consiste en esquivar siempre con el mutismo cualquier tema incómodo que aparece”. Tampoco cabe esperar, pues, que aluda a la reciente denuncia de Vargas Lleras sobre la “sospechosa” adjudicación por diez años de los peajes de carretera a una firma que no quedó obligada siquiera a dejar un sistema completo de recaudo electrónico.

Y ya con elecciones encima, ¿qué decir de funcionarios con antecedentes dudosos como el registrador Alexander Vega, que salió con que Colombia tiene cinco millones de habitantes más de los que dice el Dane, para luego declarar de manera olímpica que si un candidato siente que no hay garantías, pues que no se presente? ¿Qué tal? Muy desafiante, o tal vez muy joven para recordar que en los años 50 los discursos de Laureano Gómez sobre las cédulas falsas del partido liberal envenenaron el ambiente que precedió a la peor violencia política que ha tenido este país. El periodista Gonzalo Guillén denunció esta semana que su mamá murió en abril del año pasado, pero que “el registrador Vega ya la tiene lista para votar en la mesa 7 de la plazoleta Carulla del Antiguo Country”. Tremenda acusación que solo confirma la urgencia de depurar el censo electoral. En todo caso, un registrador imprudente y cuestionado no suscita mayor confianza en vísperas de unas elecciones cuya enorme trascendencia parece, por ahora, ajena al interés público.

Así lo indica la encuesta que acaba de divulgar una nueva empresa del exregistrador Nacional Carlos Ariel Sánchez, (la coincidencia es curiosa), según la cual casi 60% de los ciudadanos no sabe por quién votar y 14% dice que votará en blanco. Solo Gustavo Petro recibe más del 10% de intención de voto, mientras todos los demás registran por debajo del 3%. Inquietante, por decir lo menos.

Las cosas pueden cambiar mucho y en febrero se calentará el ambiente, en un arranque de campaña ya sin tanto candidato payaso. Por lo pronto el panorama es el de un petrismo cohesionado, un uribismo menguado, y golpeado por la decisión de la Corte sobre su líder pero en trance de escoger candidato único, (¿se imaginan a la señora Fatal?), y un centro político donde se ubica la mayoría de colombianos, pero que se muestra fragmentado por recelos y personalismos. La última fisura, la que faltaba, se dio estos días en el Nuevo Liberalismo de los Galán.

Es saludable que entre los aspirantes del centro se clarifiquen posiciones y se debatan todas las propuestas imaginables sobre tantos apremiantes problemas del país (corrupción, inequidad, impunidad, despojo de tierras, deforestación, atraso rural, inseguridad urbana, política exterior, etc.). Si se escucharan soluciones, creíbles y concretas, que no sean lugares comunes seguro que la gente se entusiasmaría mas. Pero mientras se discute y compara, que se avance al mismo tiempo hacia una gran coalición centrista con vocación de poder. Allí podrían caber, si hay humildad y realismo político, desde Fajardo, Gaviria o Galán hasta Peñalosa, Echeverri o Cárdenas. Me temo que, de no consolidarse más temprano que tarde una opción convincente de centro, vamos camino de Chile, donde los dos candidatos que pasarán a la segunda vuelta en las presidenciales del próximo domingo serán el de la izquierda radical y el de la ultraderecha: Gabriel Boric y José Antonio Kast. Y no habrá vuelta atrás.

¿Es lo que queremos?

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