UNA PALABRA PARA CARRASQUILLA
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Por Daniel Samper Ospina

No es un día cualquiera para el presidente Duque. Su trabajo como mandatario lo ha puesto en una nueva encrucijada: por un lado, corre el reloj y se acerca la hora más importante de su día: las seis en punto de la tarde, el momento en que se siente libre y resuelto y presenta su programa diario; por el otro, la jefa de gabinete, María Paula Correa, su mano derecha, ha citado a su equipo económico porque el Estado no tiene caja. A diferencia de Angelino Garzón.

Al despacho presidencial ingresan algunos de sus más cercanos asesores: el ministro Carrasquilla; Andrés Barreto, conocido en el reino de la Gran Bretaña como Lord Barret; Martha Lucía Ramírez; el alto consejero para Reformas Tributarias. El presidente también exige la presencia de Tal Cual, al menos de Ariel Armel, pero la misma María Paula Correa le indica que se trata de un personaje de ficción. Al igual que Tal Cual.

El presidente sabe que es tan importante acelerar la economía como acelerar esa reunión, para no faltar a su programa.

—¡Empecemos! —ordena.
—Presidente: o subimos impuestos o no hay plata ni siquiera para pagar las chaquetas marcadas del fiscal Barbosa —dice el ministro Carrasquilla.

Si alguien sabe de impuestos es el presidente, que se impuso a sus rivales de partido con la designación eterna del presidente eterno de todos los colombianos.

Por eso, se pone de pie, se acerca a la ventana… y duda.

—En campaña dijimos que íbamos a subir salarios —suelta, tras un suspiro.
—Pero, presidente: en Colombia el salario mínimo es ridículamente alto —ataca Carrasquilla.
—Y en eso se parece a His Majesty, el príncipe Harry… —agrega Lord Barret.

Mientras observa la melancólica tarde bogotana, el presidente recuerda las correrías de campaña en que imprecaba su promesa.

—También prometí que iba a bajar impuestos.
—Me gusta esa palabra: IVA: ¿qué pasa si ponemos IVA a algunas cosas? —propone Carrasquilla.

Sus asesores inician una discusión en que hablan de trasladar los excluidos a los exentos, y pasar a unos de régimen contributivo a otro. El presidente se pierde.

—La verdad, ahora mismo no estoy haciendo ningún régimen —confiesa.

La conversación le abre el apetito cuando debaten el efecto tributario en la papa, el pollo, la carne… Recuerda entonces el asador que ordenó comprar para la azotea de palacio, acaso una de sus primeras obras de gobierno, y se pone nostálgico. Y pide que, en imitación a las vallas de campaña, se pongan la mano en el corazón:

—Imaginemos un panadero que se gana dos millones de pesos… ¿Le vamos a gravar los alimentos? —pregunta, retórico.
—Presidente, imaginemos a ese panadero, de acuerdo —contraataca Carrasquilla—. Se compra una docena de huevos por 1800 pesos: ¿no puede acaso aportar algo para los impuestos? ¿Con qué pagará el Estado el viaje de más congresistas a Miami?

El presidente bosteza.

—De acuerdo, Iván: esto no es aquí de atenidos —dice la vicepresidenta mientras se sirve una gaseosa.
—Gravemos, entonces, los huevos —concede el presidente—, pero entonces dejemos quieta la gaseosa…
—¿No la gravamos?
—Me refiero a que no la rebullamos, porque se le va el gas…
—¡Gravemos el gas! —añade Carrasquilla.
—Y el resto de servicios —dice el alto comisionado para los Servicios.
—Y el café… —anota Carrasquilla.
—El té sí no, por favor, para no dañar el 5 o´clock tea —pide Lord Barret.

Los asesores se explayan de nuevo en una discusión mientras la hora del programa se acerca.

—Vayamos al grano —les pide el presidente.
—Perfecto: gravemos el fríjol, la lenteja, el garbanzo… —anota Carrasquilla.

El alto comisionado para el Ahorro toma la palabra.

—Sugiero que también recortemos algunos gastos.
—Podemos empezar con su consejería —le dice Carrasquilla.
—Retiro la moción.

Los asesores desechan medidas de ahorro sin las cuales el Estado es impensable: camionetas nuevas, placas inaugurales, aviones de combate.

—¿Y si fusionamos la SIC con la embajada en Londres? —propone Barreto.
—¿O si damos la directriz de que los superministros no duerman en hoteles, sino en pensiones?
—¡Gravemos las pensiones! –anota Carrasquilla.

Deciden cancelar la impresión de calendarios y calcomanías y comprar en adelante papel higiénico de una sola hoja.

Son las 5:49 cuando el ministro Carrasquilla levanta la libreta en que ha tomado nota y la muestra.

—Lo tenemos, presidente: no afectaremos a la clase media y usted quedará como un príncipe.

Lord Barret hace un ligero puchero cuando escucha la palabra príncipe, y los presentes le dan el pésame. Pese a ello, reina el entusiasmo. Solo falta pedir la aprobación al presidente eterno de todos los colombianos.

—Porque después se desmarca y lo toma a usted de carne de cañón —explica María Paula Correa, mientras llama al jefe desde su teléfono.
—Gravemos la carne —alcanza a anotar Carrasquilla.

El ministro de Salud ingresa a la reunión:

—Hora de llevarlo ante la cámara —explica.
—¿La de los Lores? —pregunta, emocionado, Lord Barret.

María Paula Correa cuelga e indica que de Presidencia Eterna acaban de dar la bendición a la reforma. A las 5:58, entonces, sale de su despacho el presidente, entusiasta y presuroso, para emitir su programa.

Antes de ingresar al set, se promete a sí mismo ponerse a régimen: aún no sabe si el contributivo o el ayuno intermitente.

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