SI YO FUERA MI PROPIO JEFE
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Por Daniel Samper Ospina

No me gusta el lugar común de aquellos gerentes corporativos que dicen que, más que una empresa, el lugar donde uno trabaja es una familia. En mi casa es al revés: mi mujer lo maneja todo como si fuera una empresa. En 2005 hubo un recorte de personal doméstico y quedé cesante. Despidieron también a tres primos. Desde hace dos años volví, pero por prestación de servicios, porque era lo que más convenía a la economía de la casa en asuntos tributarios. Acepté las condiciones porque mi esposa me planteó la situación como el comienzo de una carrera promisoria en la que de papá podría ascender a abuelo, por ejemplo. Pero desde que empezó la pandemia he tenido que convertirme en mi propio jefe para conseguir unos pesos de más, que ahora echo de menos, e ingresé a una empresa piramidal, de autogestión, en que vendo unos complementos alimentarios que ayudan a adelgazar: ¿quiere bajar de peso? Pregúnteme cómo: pregúnteme y como.

En mi retahíla de pequeños odios debo confesar que también detesto a los músicos que afirman en cada entrevista que sacar un disco es como tener un hijo. Nuevamente en mi casa es al revés. Tenemos una sobrina a la que tratamos como un CD. De hecho ya está un poco rayada. Y después de la cuarentena quedó redonda. Tampoco soporto a esos estrategas de campañas políticas que tratan a los políticos como productos: gente tipo Mauricio de Vengoechea que se peinan con blower, asisten a programas de opinión y afirman eso, con el ceño fruncido: “Un político es ante todo un producto”. ¿Por qué les gusta decir eso? ¿Funciona al revés? ¿Por qué no lanzan al mercado un champú que vaya a los barrios del sur a repartir tejas y lechona, por ejemplo; o sacan a la venta una tintura de canas que prometa en vano que no hará fracking, y después apoye el fracking?

Y, sin embargo, tienen razón: un político es ante todo un producto. Por eso se vende. Miren, nada más, las nuevas mayorías que logró el Gobierno en el Congreso. Pareciera que hubieran comprado senadores por bancadas, para que salieran más baratos.

El asunto es que en este fastidio permanente de personas que hablan de su trabajo como una familia, y de familias que terminan convertidas en una industria empresarial, existe una modalidad de empresa a la que llegué —retomo la historia— con las finanzas heridas por culpa de la cuarentena. Soy un afortunado: no he perdido el empleo. Pero padecí una reducción salarial por culpa de la cual tuve que buscar ingresos nuevos con alternativas prácticas. La necesidad me fue llevando a caer en las garras de una insistente publicidad digital, titilante y nerviosa, que decía: “Sea usted su propio jefe. Haga Click acá para saber cómo”. Aquella fue la puerta de ingreso a la base de una pirámide por la que ahora asciendo lenta, pero firmemente, que aspiro coronar cuando en la organización me otorguen el galardón de “socio platinum”. Así se lo dije a mi esposa.

—¿Qué es Hipolife? —me dijo cuando me vio con un botón de la empresa en la solapa.
— Es un extraordinario complemento dietario que ayuda a adelgazar: si te vuelves socia, te sale regalado cada sobre y puedes hacer unos pesos extras. ¡Tú puedes ser tu propia jefa!

Durante media hora intenté en vano convencerla de las virtudes de Hipolife para que me comprara un paquete de tres sobres. Sin embargo, el ejercicio me sirvió para pulir el discurso de venta: en adelante no volveré a decir que es un polvillo blanco, cien por ciento colombiano, que pone enérgico a cualquiera, porque no faltará quien suponga que se consigue en la finca de ciertos embajadores.

Esta es mi vida de pandemia. Ahora soy mi propio jefe. Hace dos días me ordené a mí mismo quedarme trabajando hasta altas horas de la noche, lo cual me produjo mucha rabia porque me sentí explotado. Me quejo ante mi esposa de las reuniones por Zoom que me pongo a mí mismo a las ocho de la noche. En el próximo cumpleaños debo llevarme un muy buen regalo y posteriormente ser capaz de pedirme un aumento, y a la vez rechazarlo con palabras que de todos modos me estimulen: qué daría por renunciarme, por tener un empleado bueno, por recuperar tantas cosas que se llevó esta pandemia, como mi gusto por no usar tapabocas, atajar estornudos con las manos y no con los codos y saludar a los demás con la mano y no con un golpe de codo con marcas de estornudos.

Soy mi propio jefe. Ahora trabajo en la casa. Estuve a punto de poner los cachos a mi mujer con una compañera de oficina, que era ella misma. Adecuarme a los rebusques de la nueva economía me ha valido una nueva oleada de angustia que supe contrarrestar, al menos socialmente, acudiendo a los términos que puso de moda el gobierno naranja. No digo que vendo Hipolife: digo que estoy lanzando un “emprendimiento”. Así suele hacerlo todo el mundo.

—¿Y tú qué haces?
—Tengo un emprendimiento familiar: una central móvil de glucosa decorativa.
—Suena muy bien: ¿de qué se trata?
—Vendo merengones en el Renault 6 de la casa.

Soy mi propio jefe, manejo mi tiempo, soy distribuidor y no empleado. Treparé en el sistema multinivel con convicción. Solo basta conseguir clientes nuevos. Ya tengo cita con el presidente Duque, que se mostró interesado. Le gustó la promesa de venta y lo de participar del negocio. Pero no la parte de convertirse en su propio jefe.

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