SI FAJARDO FUERA CRISTO
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Por Daniel Samper Ospina

Ocultábase el sol aquella tarde y el Mesías Fajardo citó de emergencia a sus apóstoles en una finca antioqueña, y les dijo:

—Antes de que cante el gallo, os voy a ofrecer mi última cena.

Los apóstoles miráronse unos a otros, sorprendidos.

—¿Por qué hablas como Cristo, maestro? —preguntole el apóstol Humberto.
—Si hablase como Cristo, no pronunciaría la letra erre —respondiole éste.
—Eso es ciegto, pgofesog —respaldolo el apóstol Cristo.

El maestro Fajardo, entonces, púsose de pie, sacudiose la frondosa cabellera e informoles:

—El gallo que se me viene es que me van a empapelar. Y os he citado a todos para dar esta última cena…
—Pero si solo hay tres platos con migajas —advirtiole la apóstol Angélica—: tienen más carne tus discursos, Sergio.
—Y espérese a que aprueben otro TLC y verán que no quedan ni esas migajas —dijo vehemente el apóstol Jorge Enrique.
—Más bien lave esa loza, Sergio; no le deje todo a su novia, a mi tocaya, ¡deje de ser machista! —complementó la otra apóstol Robledo: Robledo Iscariota, llamémosla.
—¡O tgaiga chichagón! —pidió Cristo.

Los discípulos rodearon al maestro mientras discutían si pedían un domicilio por Rappi o por Uber, a lo que se opuso el apóstol Robledo, que solía joder por todo.

—Esta es la semana de mi crucifixión. Lo supe desde el Domingo de Ramos —anuncioles el Mesías.
—¿De Luis Alfredo? —preguntó el apóstol Marulo.
—Os dejaré mis enseñanzas en estos dibujitos que hice en este post it.

Entonces tomó la palabra el apóstol Humberto y dijo:

—Ni por el chiras, maestro: yo me sacrifico y me presento por vos.

El maestro remangose la túnica como camisa de universitario  y continuó:

—Tomad y bebed de mi cuerpo y de mi Sanguino, que no será entregada por todos vosotros, ni tampoco lo contrario…
—¿Cómo así, Señor? ¿Qué quieres decir?
—Que ni una cosa ni la otra, pero que si quieren más claridad le pregunten a un Google…
—Yo no le jalo a beber nada, Sergio, porque seguramente son productos Postobón —dijo el apóstol Jorge Enrique.

Aquella noche el Mesías quísoles lavar los pies a todos como acto de humildad, pero, por falta de tiempo, al final hízolo únicamente al apóstol Navarro Wolf. Acto seguido repasó algunos de sus milagros, para que sus apóstoles admiráranlo más: cuando multiplicó los panes y las ballenas; cuando caminó por las aguas de la represa de Hidroituango; incluso cuando logró que un tullido, que era sí mismo, volviera a caminar luego de caerse de una bicicleta aparcada.

Hablaba sobre sus propias hazañas de tal modo, que los discípulos fueron quedándose dormidos uno tras otro.

A la mañana siguiente, el galope de una legión despertolos.

—Han de ser romanos: mirad el penacho del casco del jefe —dijo el apóstol Marulo.
—No trae casco: el penacho en realidad es su mechón —indicole el apóstol Humberto.
—¡Es el calvo del martirio, Señor! ¡Viene a convertirte en el mártir del calvario! —resumiole la apóstol Angélica.

El jefe de los soldados bajose del caballo:

—¿Quién es el Mesías del centro? —indagó.
—Soy yo —contestó.
—Encantado: soy Pachitum Barbosae, jefe romano: yo he escrito ocho pergaminos; yo le daba clases a César; yo le enseñé a escribir a Tito Livio, el de Legis; yo fundé Roma; yo amamanté a Rómulo y Remo.

El Mesías iba a decir a Dios que perdonase a aquel engreído romano porque, al igual que él mismo en la anterior campaña, no sabía lo que hacía, pero uno de sus apóstoles habló por él.

—¿Y qué es lo que quiegue, señog?

El romano explicole que imputaba cargos al Mesías por no haber previsto que las monedas de plata subirían de valor y que Judas podría venderlo ya no por 30 monedas, sino por menos.

—¡Ni que pudiera leer el futuro! —espetole el Señor.

Pero el romano cortolo:

—¡Habrías podido leer los trinos del pasado de Hassan para saber el comportamiento de la moneda! —díjole.
—Pero si me tiene bloqueado –respondiole.
—Entonces has debido preguntárselo a un Google…
—Ni Google puede saberlo… Y yo no tengo una bola de cristal…
—Eso deberá decirlo un urólogo de Jerusalén –respondiole el muy altanero.

Los soldados arrestaron al Señor, y el Señor dijo:

—Hasta acá llegó el Estado de derecho: ¡Pilatos, hacé algo, hombe, que no se puede interferir en las elecciones así!

Pero Duque Pilatos encontrábase en ese momento enseñando a lavarse las manos en su programa de televisión.

A fuerza de látigo, llevaron entonces al Señor al monte. Los verdugos habían dispuesto allí tres cruces para otros candidatos, incluyendo la del profeta Moisés, el Moisés Humano.

—Me pido la del centro —dijo el Mesías.

Subiéronlo entre varios a la cruz, y claváronle manos y pies con las imputaciones hasta dejarlo inmóvil, y su cuerpo comenzó a agonizar.

—¿Cómo te sientes, Sergio? —preguntole Ángela María Magdalena, mientras ofrecíale una esponja empapada en Gaterode.
—Estoy cansado, triste y contento —respondiole.

Desgonzose al fin el Señor y bajáronlo al sepulcro. Pero sucedió que, a los tres días, los romanos organizaron encuestas y su popularidad había ascendido.

—¡Qué begaquega, guesucitó! —exclamó uno de ellos.

Los apóstoles abrazáronse y, para celebrar, pidieron una pizza por Rappi, cosa que molestó al apóstol Jorge Enrique; y la sirvieron en la trinidad de platos de loza dejados por el Mesías, que al fin servían para algo.

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