SI DUQUE FUERA DT
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Por Daniel Samper Ospina

Me topé con el video en que Iván Duque posa alzando paquetes de ayuda humanitaria, como si fuera uno de los soldados que las acomodan en un avión Hércules, y me identifiqué con él: qué forma de trabajar. Así soy yo. Alzó una caja, una, apenas un instante, y casi la tira cuando le confirmaron que había foto. Era como estar conmigo cuando mi mujer me pide que ayude a armar el árbol de navidad.

Un tuitero cotejó la foto oficial con el detrás de cámaras y quise mostrarle el secreto de aquella farsa a mi mujer, precisamente:

—Ya sabía yo que Duque no había alzado las cajas de verdad: mira que no tiene guantes ni la faja de operario para evitar malos movimientos —le dije.

—¿Que Duque montó un movimiento? —me preguntó sin oírme, ligeramente hastiada de mí, mientras se acomodaba frente al televisor.

Le arrimé el celular para que comprendiera, pero en ese momento ya había empezado el partido de Colombia y ambos observamos, atónitos, la forma en que la humilde selección ecuatoriana causaba destrozos en la defensa nacional, como si se tratara del huracán Iota: muchos Iotas… Tenía más presencia en la cancillería Claudia Blum que James en la cancha; Cuadrado caía redondo ante el cualquier amague; el nueve estaba vuelto un ocho, y el ocho un cero a la izquierda: trabajaba más Duque cargando cajas de ayuda humanitaria que los volantes de Colombia en la contención: qué incontención, qué incontinencia. A diferencia de Martha Lucía Ramírez cuando ofrece declaraciones, nadie metía la pata. Fue una verdadera hecatombe, una tragedia por culpa de la cual ahora peligra la clasificación. Con razón Álvaro Uribe pedía que pusiéramos el ojo en el 2022.

Cuando terminó el partido me encontraba tan abatido que ni siquiera quise ver Prevención y acción contra el coronavirus, pese a que los últimos capítulos han estado francamente bien logrados. En un esfuerzo por recuperar el rating, ahora el presidente graba desde la Costa: como cuando los del Chavo del 8 se iban a Acapulco.

Era martes apenas y mi semana empezaba como James: con el pie izquierdo. Los noticieros estaban cargados de malas noticias. Como si se tratara de la alineación misma de la Selección, no se sabía cuál titular era peor. Un huracán arrasó con Providencia, y el gobierno, que contaba no solo con la ayuda profética de Hassan sino de modernos satélites meteorológicos, prefirió reaccionar a la tragedia en lugar de evitarla evacuando a tiempo a la población. Duque amenazó con nombrar a Néstor Humberto Martínez en la embajada de España. Tomás Uribe suena como candidato a la presidencia. Armandito Benedetti inaugura una inédita tendencia política: el uribe-santi-petrismo. El fiscal Barbosita piensa gastar 3,500 millones de pesos en mantenimiento del avión de la Fiscalía, el segundo avión más importante de la nación, en el justo momento en que no podrá viajar a San Andrés con la segunda familia más importante del país: ¿para qué lo quiere, entonces?  ¿Para que Néstor Humberto Martínez vuele a España?

Y por si no fuera suficiente, en un gesto de caballerosidad, ciertos periodistas pusieron  sobre el tapete el nombre del Bolillo Gómez para reemplazar al técnico Queiroz: al Bolillo Gómez, tan digno de su apodo: el hombre que se hizo famoso por pegarle a la pecosa como futbolista y como pareja: ¿no existe acaso un candidato mejor?

Fue en ese preciso momento en que se me vino a la cabeza la imagen del presidente tratando de lucirse alzando paquetes. Y si de manejar paquetes se trata, lo ideal —pensé entonces— es entregarle a Duque el manejo de la Selección. Y que a cambio deponga la Presidencia.

Es lo mejor para todos. Reemplazaría a toda la nómina titular por exalumnos de la Sergio Arboleda. Pondría a atacar por la ultraderecha a Miguel “el Bombardero” Ceballos, y como arquero al fiscal Barbosita, para que le ayude a tapar. Nombraría un Alto Gerente para las Goleadas. Alinearía a la Virgen de Chiquinquirá y como su suplente a la de Catalina. Ubicaría a Néstor Humberto Martínez, ya no en la embajada de España, sino como aguatero; o al menos lo ubicaría de último hombre, para montarle entrampamientos de fuera del lugar a los rivales. Mandaría a confeccionar los uniformes en fomi. Pediría a William Vinasco que narrara todos los partidos. Traería jugadores de la Equidad, porque el suyo es el gobierno de La Equidad, y celebraría cada túnel con una placa sideral que lleve su nombre. Y terminaría rodeado de toda la clase política tradicional, salvo de Juan Manuel Santos, para evitar equívocos: desde que adoptó con gran madurez el gesto de no referirse a él por su propio nombre, es mejor evitar angustias en los tiros de esquina:

—Que   _______  marque el primer palo.

—¿Quién?

—Pues __________, el que gaguea…

—¿James?

—No, no: hablo de _______.

—No entiendo.

—Si ven, nos lo metieron por el primer palo.

Y en el último minuto metería a Armandito Benedetti para el intercambio de camisetas.

De todas formas nos eliminarían, no lo dudo. Pero recuperaríamos el país: unas por otras.

Se lo iba a comentar a mi esposa, pero en ese momento me pidió que arregláramos el árbol de navidad. Y tardé lo que tarda Duque con una caja en los brazos para volarme de la casa.

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