SI COLOMBIA FUERA UNA PACIENTE…
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Por Daniel Samper Ospina

Una nueva paciente ingresa por la puerta de urgencias del hospital y la enfermera de la recepción llama al médico en jefe por el altavoz:

—¡Doctor Duque, doctor Duque: tenemos un R6 en la sala 82: posible paciente con covid, necesidad de cuidados intensivos; no parece tener pinta de ser un 6402!

El doctor Duque acude presuroso al llamado, acompañado de otros miembros del cuerpo médico dentro de los que destacan el hematólogo Miguel Ceballos y el endocrinólogo Barbosita, experto en crecimiento. En un bolsillo de la bata blanca se observa un escapulario de la virgen de Chiquinquirá. Y un paquete de papas fritas.

Mientras camina afanosamente por el corredor, recibe información sobre la agónica enferma.

—Ojalá no se demore en llegar el doctor —dice la cirujana Ramírez.
—Yo soy el doctor —informa el doctor Duque.
—¿Pero usted acaso no es un residente?
—Un presidente, querrá decir —corrige, recio, el doctor Duque—: yo soy el presidente, se acabó la guachafita y esta paciente tiene las horas contadas…
—¿Va a morir?
—Quise decir lo contrario.

En la zona de cuidados intensivos, efectivamente, yace una mujer desgonzada, que a duras penas respira.

—¿Está grave? Porque si es así, prefiero que llamen al neumólogo eterno de todos los colombianos: después termino regañado —advierte el doctor Duque.
—En este momento ese paramédico se encuentra chuzando a varios compatriotas, doctor Ivancho; le toca a sumercé solito —le advierte el endocrinólogo Barbosita.

El doctor Duque, entonces, le toma la tensión y la encuentra como a su propia segunda de a bordo: descontrolada.

—La tiene alta —anuncia, como si se tratara de su desfavorabilidad; o como la autoestima del endocrinólogo.

La paciente, efectivamente, presenta tensión alta en la zona lumbar, especialmente en el Tumaco y el Cauca, y tan pronto como siente el recorrido de las manos del doctor, emite un débil quejido.

—Y el Chocó lo tiene muy caliente —informa preocupado.

A primera vista, es evidente que la pobre presenta problemas de sangrado por todas partes y que se encuentra en avanzado estado de inflación.

—No me diga que además se encuentra en embarazo… —clama el doctor Duque.
—Está observando un espejo, doctor —le ayuda la enfermera.

El equipo del doctor Duque, entonces, formula preguntas para precisar el diagnóstico.

—¿El periodo ha estado regular? –indaga Barbosita.
—Si me habla del periodo presidencial, no ha estado regular sino pésimo… —confiesa el doctor Duque.
—Me refiero a si se ha acortado… —insiste el doctor Barbosita.
—Al revés: intentaron alargármelo dos años…
—Le estoy preguntando a la paciente, doctor Duque.

Acuden nuevos médicos. Palpan a la paciente en la zona boyacense y la sienten blanda; la auscultan en la parte de la Guajira, para detectar masas, y la hallan famélica. Para el doctor Duque es evidente que la paciente padece una enfermedad grave, pero sus seis semestres de medicina en la San Marino, y el posterior diplomado en la Sergio Arboleda, le impiden detectar a las claras el origen de la enfermedad.

—Señora, ¿qué le duele? —se atreve, entonces.
—Me cuesta respirar, doctor. Cada vez que lo intento me duele todo el Santurbán…

Procura explicarle en detalle sus aflicciones, pero el doctor no la escucha. Por el contrario: deja a la paciente hablando sola y convoca en su oficina una junta médica. El doctor Molano, un intensivista que se une al grupo, sugiere ordenar una ecografía a ver si la paciente tiene una máquina de guerra en ciernes, o abrirla de un gran tajo, para averiguar de qué se trata. El hematólogo Ceballos, por su parte, pide que le practiquen una serie de exámenes de sangre para observar su derramamiento, especialmente en las regiones: ordena hacer una PCR y una ELN.

En un golpe de gran habilidad, el doctor Duque decide integrar al gerente de la clínica, doctor Carrasquilla, mientras ordena exámenes y radiografías de toda índole.

Las noticias son desalentadoras. La paciente está invadida de cáncer, el cáncer de la corrupción, que ha hecho metástasis en todos los órganos, especialmente los de control. Tiene el desempleo por las nubes. Unas ronchas de populismo comienzan a invadirle el cuerpo. Aunque parece saturada, no satura. Y ya no tiene defensas: únicamente autodefensas.

Pero no hay panorama que el equipo médico del doctor Duque no esté dispuesto a enfrentar.

—Se ve muy anémica… ¿Será necesario hacer una transfusión? —pregunta el propio doctor Duque.
—No: existe un remedio más audaz: tomar el espéculo e introducirle una reforma tributaria —dice el gerente Carrasquilla.
— ¿Y qué pasa si se quiebra? Tiene los huesos muy débiles… —indaga la internista Correa.
—Si se quiebra, compramos yesos al hospital del doctor Sarmiento Angulo —dice el gerente.

El doctor Duque sabe que cuando tomó el juramento hipocrático prometió que bajaría impuestos y subiría salarios. Pero también supone que hipocrático proviene de hipócrita y que la receta de inyectarle una tributaria  a la paciente en estos momentos acaso la termine de asfixiar, pero permitirá que la clínica compre ambulancias, uniformes y hasta montar un noticiero propio.

—¿Y si algo sale mal? —duda, ansioso, mientras abre el paquete de papas.
—No importa: la paciente también sufre de Alzheimer —lo anima el gerente.

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