PLAGIO COMO JENNIFER ARIAS
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Por Daniel Samper Ospina

(Esta columna obtuvo original y copia del alegato de defensa de Jennifer Arias y lo publica por considerarlo de interés público).

Soy Jennifer Arias. Nací en el seno de una bella familia llanera. Villavo era entonces una aldea de veinte casas de barro a orillas del río Meta que se precipitaba por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes, como huevos prehistóricos. Soy hermana de Andrés Eduardo Arias y también de la espuma, de las garzas, de las rosas y del sol.

Mi infancia son recuerdos de un patio de Villavo. Desde que me recuerdo he querido servir a los demás. Mi papá me educó para ese fin. Siempre me decía una frase muy suya, de su autoría, que me repetía constantemente: “mijita, no se pregunte qué puede hacer su país por usted, sino qué puede hacer usted por su país”. Mi padre era ganadero y contratista y se casó muy temprano con mi madre, Laura Falla; Falla que, en este caso, es apellido. Cuando yo tenía cinco años, papá sufrió algunos líos con la justicia toda vez que fue acusado de homicidio y quisieron hacerle daño. Le dije entonces: “quédese tranquilo, papá, porque, como siempre lo he dicho, ojo por ojo y la humanidad entera terminará ciega”. O tuerta. Ya no lo recuerdo bien. Pero siempre lo he dicho. Ojo con eso. 

Mi hermano, por su parte, ha sido realmente un amigo; en todo camino y jornada ha estado conmigo. Tuvo un pequeño percance con la justicia americana y, sí, no lo demoremos más, estuvo preso. Era un extraordinario piloto, emprendedor por naturaleza y, juntando una cosa con la otra, se equivocó: por ir al norte fue al sur. Creyó que el trigo, era agua. 

Como digo yo: son tragedias familiares que suceden en cualquier familia. Pero tener a papá y a mi hermano en líos con la ley me dio más fuerzas, porque lo que no te mata, te hace más fuerte, como siempre digo. Y así seguí adelante.

Mi vida cambió en el año 2007 cuando participé en el Reinado Nacional de la Belleza. Desde que llegué a Cartagena me destaqué por encima de todo tipo de reinas. Las había con coronas de cristal, pero yo era la reina. Una reina sin tesoros ni tierras.

Mi padre, sin embargo, sí tenía tierras y por consejo de él me afilié al partido Centro Democrático para servir al país. Allá conocí al doctor Álvaro Uribe, uno de los hombres que más he admirado. Siempre he creído, y así lo he dicho desde niña, que hay hombres que luchan un día, y son buenos; hay otros que luchan un año y son mejores; pero hay quienes luchan toda la vida: esos son imprescindibles. Y así es Uribe. Hombre de profunda humildad, no solo ese gran colombiano que nos salvó de convertirnos en otra Venezuela, sino que cuando estás con él te hace sentir especial. Te hace sentir que es ese líder político que traza el camino, sí, pero también ese amigo, ese consejero cercano con el que intercambias teléfono y puedes chatear para compartir ratos y sus enseñanzas.

Siempre he dicho —y así lo escribí en el prólogo de mi tesis— que si las armas nos dieron la independencia, las leyes nos darán la libertad. Por eso he sido consecuente con ambas cosas. Posé en paños menores con un arma en las manos para luchar por la independencia; me hice congresista para que el país lograra su libertad. Desde el Congreso he impulsado leyes muy importantes, como declarar patrimonio nacional al carriel y al fútbol colombiano. (Este último patrimonio inmaterial: como sus títulos. Títulos que yo tampoco tengo por culpa de la persecución de la que estoy siendo víctima).

¿Quién es Jennifer Arias? Un ser normal. Amo, lloro, canto, sueño, como cualquier otra persona. Lloro una vez al mes. Sobre todo cuando hay frío.

Ahora ha resultado moda criticar a Jennifer Arias. Es decir, a mí. Conozco académicos que quieren oficializar el término “jennifear” con la definición de  “acción de abudinearse obras sin otorgarles el correspondiente `sarmiento´” (es decir, crédito).   

¡Pueblo indolente! ¡Desde cuándo el mismo país que cada noche se paraliza para observar el programa Yo me llamo, que es el elogio de la copia, me lapida ahora como si yo no fuera una criatura del universo, no menos que las plantas y las estrellas! 

Pues no. No me doy por vencida: ¡yo quiero un mundo contigo!  También tengo derecho a sacar las uñas, en mi caso bicolores. Como escribí en la conclusión de mi tesis de grado: en una bandada de blancas palomas, un cuervo negro añade más belleza que el candor de un cisne.  Sí. En un país donde se exige fotocopia ampliada al 150%; en el país que inventó los tennis Darioo y los Redbrook; donde conviven Rafael Pardo y Rodrigo Pardo sin que el 82% sepa cuál es cuál, y el Parque Jaime Duque tiene un Taj Mahal, no seré yo quien renuncie. Mamola, como decía yo misma en los noventa. No renunciaré. Seguiré mi camino hasta el final.

Si a mi tesis de grado entraron párrafos de otros autores sin cita, me acabo de enterar. Mis compañeros de tesis no me consultaron. El país puede tener la seguridad de que todo aquello sucedió a mis espaldas. La verdad está de mi lado. A todo aquel que me ataca, al final se le acaba el argumento. Y la metodología. Por todos esos motivos, no solo he decidido continuar en mis labores legislativas, sino presentar un proyecto de ley para legalizar el plagio. Hecha la trampa, hecha la ley. El senador Anatolio Hernández ya anunció que votará Sí al proyecto. El presidente Duque, émulo del presidente eterno de nuestro afecto, réplica exacta del expresidente Turbay, también anunció su apoyo y me dijo telefónicamente que seré condecorada de nuevo por mis servicios a la patria, a la que adoro desde mi silencio mudo.

Sé que mi tesis no es perfecta, mas se acerca a lo que yo simplemente soñé. Qué falla al que no le guste. Falla que en este caso no es apellido, sino una mancha de cuyo nombre no quiero acordarme.

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