LOS ABUSOS DEL AGENTE DUQUE
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Por Daniel Samper Ospina

Esta columna obtuvo el escalofriante testimonio de una ciudadana víctima de nuevos abusos policiales y los publica a modo de denuncia.

Eso fue el jueves. Serían como las diez de la noche porque me acuerdo de que ya se había acabado Pasión de gavilanes y yo iba a ver el programa ese de Prevención y acción contra el Coronavirus, que dejé grabando porque está buenísimo.

De golpe oí un barullo en el parque, y me dio por asomarme y vi unos muchachos como raros, y dije: “típico esos son los muchachos a los que Juan Manuel Santos les pidió salir a la calle a protestar, o vándalos que vienen a tumbar la estatua del expresidente Turbay que hay en el parque”. Porque ahora la moda es tumbar estatuas, como la que tumbaron en Popayán, que era de un conquistador, o el monumento a los Crocs viejos que estrenaron en Rionegro y ya llenaron de grafitis.

Cuando vi que podía haber líos, me dije: “mejor llamo al cuadrante”.

Al ratico fue que llegaron varias motos y en una de ellas venía un agente gordito y canoso que iba de parrillero. Pero de parrillero de verdad: llevaba unas salchichas que asaba en una parrillita y se las comía todo ansioso.

Bueno: los agentes llegaron, se pusieron a hablar y hasta ahí todo bien.

Luego fue que comenzaron las explosiones y el agente gordito empezó a cometer todo tipo de abusos. No digo ir a Panaca en avión oficial, sino abusos de verdad, como gobernar por decreto y coger para él solito todos los entes de control.

Cuando vi todo eso, cogí el celular y salí al parque a grabar porque yo soy muy de la ley, y eso me pareció el colmo.

Me le acerqué y le dije: “agente, ¿cuál es su número?”, porque llevaba la chaqueta puesta como su propio gobierno: al revés. “¿Cuál es su número que no se le ve, agente?”, le dije, siempre grabándolo con el celular. Y montó entonces un número que incluía sostener una pelota en la frente, tocar guitarra y repartirles dulces a los niños del Chocó.

Yo le dije: no, agente, me refiero a su placa. Me dijo que era la del túnel de La línea, una placa muy grande con su nombre que junto con la muralla china son las dos únicas cosas que se pueden ver desde la luna.

El hombre como que uno le hablaba y no entendía bien las cosas.

Cuando se dio cuenta de que lo estaba grabando, se me vino encima y yo pensé, acá fue, me va a pegar, pero lo que hizo fue pararse delante de la cámara y ponerse a posar.

Luego agarró el radio y yo creí que iba a llamar refuerzos, pero me dijo:

— Vea, señora: voy a abrir una licitación y la radio va a quedar llena de amigos míos con plata, así no tengan experiencia.

Y luego se puso a explicar que la experiencia no importaba, que él ni siquiera era cabo, ni había sacado buen Icfes, y ya mandaba más que todos, exceptuando el policía eterno de todos los colombianos.

Y ahí fue que le cambió la cara porque por el radio una señorita dijo que lo iban a comunicar con un recluso que estaba en Antioquia.

Yo pensé: “hasta normal porque es policía, debe ser alguien que él mismo agarró”.

Pero se puso pálido, habló un ratico todo nervioso, y luego fue como si hubiera recibido la orden de que le cascara a todo el mundo.

Y lo que le digo: ahí todo cambió. Los tombos comenzaron a repartir bolillo para todo lado: para la oposición, para los periodistas, para las ONG… El agente Duque agarró el Estado de derecho, le hizo abrir las tres ramas dizque para requisarlo y terminó tirándolo contra el suelo, y dándole pata justo donde comienza la separación de poderes…

Yo comencé a gritarle: “!pare, agente, lo va a matar!”, y él me miraba con su cara de demócrata y me decía:

— ¿De qué me hablas, viejo?

Y yo le insistía: que vea, que lo suelte, mire que ya le dejó moradas todas las garantías, que el Congreso virtual no le está funcionando, que con el golpe que le dio en la cabeza perdió el equilibrio, al menos de poderes. Y era verdad. Tenía al Estado más asfixiado que a la economía.

Ahí fue que sacó el taser y me puso la primera descarga que fue un montón de impuestos, y yo quedé tirada en el piso bregando a ver cómo pagaba. De la nada sacó las esposas, unas esposas raras que venían cubiertas con un vestido de fomi color verde menta. Y yo le dije:

— Agente, tranquilo: ni que yo fuera una consulta anticorrupción para que me detenga.

Pero me arrastró hasta el CAI y me amenazó con ponerme una multa, porque él era “curso” del superintendente y le podía dar la orden de que me partiera para humillarme.

El CAI estaba repleto de indígenas misak. Los tenían ahí porque habían tumbado la estatua de un conquistador. Me arrumaron con ellos varias horas hasta que al agente lo llamaron otra vez por radio y le dijeron que estaban tumbando otra estatua, una de Juan Manuel Santos en Belén de los Andaquíes, y requerían que fuera, pero a ayudar a tumbarla.

Antes de soltarme me hicieron firmar una confesión que ellos mismos escribieron en que yo decía que había atentado contra la estatua del doctor Turbay, y que la memoria del doctor Turbay se respetaba porque fue un presidente muy importante, autor del estatuto de seguridad.

Firmé para que me dejaran salir. Hoy me atrevo a hablar porque quiero a la institución y pienso que deberían esforzarse más en la selección de los agentes. O al menos pedirles un poco más de Icfes.

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