EUFEMISMOS PARA DUQUE
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Por Daniel Samper Ospina

Un día en Colombia equivale a siete años humanos; a cinco siglos en Canadá; a la historia completa de Nueva Zelanda. Miren la lista corta de los sucesos de estos siete días: pillan en fuera de lugar al ministro de justicia por ver el partido de la Selección con sus hijos; Claudia López aparece súbitamente sentada en posición de flor de loto, en el Bronx, para invocar las fuerzas ancestrales que le permitan gastarse 5 mil millones de pesos pintando buses; Trump dice que Petro es un perdedor, un “loser”, (“a human loser”, digo yo: “the sixth better loser of the world”); Uribe propone un referendo para derogar la JEP; Roy Barreras, un referendo para derogar a Uribe; informan que el exsenador Pulgar habría pagado sobornos para desaparecer audios que lo inculpan. Y hay una minga de indígenas del Cauca y el presidente Duque no se digna a recibirlos: reserva su agenda para asuntos de verdadera trascendencia social, como preguntar al futbolista Santiago Arias por su lesión:

— ¿Cómo va ese pie, Santiago?
— Torcido, presidente: me duele el pulgar.
— En el Congreso también tengo un pulgar que me apoyaba y también resultó torcido.
— Gracias por la llamada, presidente.
— ¿Cuándo puedes venir a mi programa como invitado?
— Otro día, presidente: gracias.
— ¿Cuántas cabecitas sabes hacer?
— Muchas, presidente. Gracias.

Me sumaría al coro de voces que critican a Iván Duque por guardar silencio y no recibir a los indígenas del Cauca que no serán Maluma, claro que no, pero para muchos merecían espacio en la agenda presidencial. ¡Había tantos temas por hablar! Conminarlos a que, puestos a salir en grupo, se guardaran para el próximo día sin IVA que promoverá el Gobierno, en el cual podrán reemplazar las botas de cuero por unos crocs. Porque, como bien lo observó el ganadero y experto en moda José Félix Lafourie, salta a la vista que son guerrilleros porque llevan botas de cuero. Guerrilleros que contagian de Covid: así los define el gobierno de la equidad, de la empatía.

Me sumaría a las críticas, digo, pero la verdad es que he aprendido a valorar los silencios del presidente como solo me sucede con las canciones de Maluma, precisamente. Me gusta cuando calla porque está como ausente. Cada vez que habla, pone en peligro nuestro Estado de derecho. La única rama que respeta de verdad es la margarina. Que guarde silencio, finalmente, es un método seguro para preservar el equilibrio institucional.

La primera vez que el presidente cerró la boca fue para no pronunciar el nombre de Juan Manuel Santos: lo hizo tanto en el libro entrevista de Diana Calderón, como en el discurso de inauguración del túnel de La Línea. En ambas ocasiones aludía a Santos con pistas pero sin nombres: se refería al “director de aquella época de la Fundación Buen Gobierno”; o decía, vagamente, “conocí a un ministro de defensa que se vestía con pantalones color amarillo pollito, incluso cuando no estaba jugando golf en el Country con su esposa Tutina”.

Pero aun hoy evita pronunciar las sílabas de Santos en cualquier ámbito:

—Presidente, llegó su cuadro para el corredor de los expresidentes: ¿dónde lo ponemos?
—Pónganlo después del de __________ .
—¿Sí, presidente…?
—Mejor dicho: va el de Pastrana, va el del presidente eterno de todos los colombianos, luego está el de ________   y luego ponga el mío.
—¿Cómo así, presidente?
—¡Pues después del señor que trabajó con German Vargas y con Naranjo!
—¿Después del de Uribe?

En Palacio se preocuparon de que azotara con idéntico desdén a los miembros de su gabinete:

—Por favor: llámeme la abuelita que maneja el servicio exterior…
—¿Tampoco va a referirse a la canciller por su nombre, presidente?
—No, no, es que de verdad no recuerdo cómo se llama, ni dónde está: ¿sigue nombrada o el presidente eterno la cambió?

Por mi parte, celebro la madura actitud presidencial: ojalá el primer mandatario ampliara el radio de personas a las que no piensa nombrar, al menos en el servicio exterior, en cuya nómina viatican candidatos quemados del Centro Democrático.

Hay muchas cosas que en Colombia no tienen nombre, pero el presidente nos tenía acostumbrado a que las rebautizaba para que, a diferencia de su guitarra, no sonaran destempladas. Es un hombre muy musical. Y manso, además: saca las uñas únicamente para rasguear tonadas alegres, como cuando canta con Silvestre Dangond, o tristes, como cuando canta Mi viejo, en honor a Uribe.

Tiene mérito, por eso, que en su mandato no existan los asesinatos sino los forcejeos; no haya masacres sino homicidios colectivos; no se hable de corrupción sino manzanas podridas.

Como me resisto a que el legado presidencial consista en que quien suceda a Duque también se niegue a llamarlo por su nombre, me parecería interesante acudir a esa otra herencia de su gobierno y rebautizar al presidente con términos amables. No llamarlo “Títere”, no llamarlo ”Subpresidente”, como le dicen rabiosamente sus contradictores: ni siquiera “Aprendiz”. Si acaso “el menos barra brava de la camada” como me confié yo mismo; o acaso, al menos por los próximos meses, “el Santi Arias de la política nacional”.

Abro, pues, la convocatoria. Se buscan eufemismos para Duque. De ese modo acaso encuentre su lugar en la historia, que será detrás de  __________.

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