EN LA GUERRA CONTRA IRÁN…
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Por Daniel Samper Ospina

—¡Comandante en jefe! —grita el coronel Diego Molano—: me han herido…

—¡Pronto, llamen a la viceenfermera Martuchis, para que le ponga una compresa a este hombre! —ordena el mariscal máximo de las tropas libertadoras, general de todos los soles, Iván Duque…

—Si es con presa, mejor llamar al director del Inpec, presidente —advierte su estafeta Pachito.

—Me refiero a que le pongan algo a Molano, que parece que pisó una bomba…

—En realidad me resbalé, presidente. Una vez más.

Es diciembre de 2021 y la guerra con Irán ha estallado. En ejemplar acto de dignidad, los miembros del alto gobierno han decidido pelear en persona la confrontación que ellos mismos crearon. Las declaraciones del ministro de Defensa —y ahora coronel—, Diego Molano, en las que llamaba “país enemigo” a la República Islámica de Irán han tenido graves consecuencias. Antes de que el líder supremo Alí Jameini ordene un bombardeo nuclear a blancos estratégicos y sensibles de Polombia, como los escombros del Monumento a los Héroes o los puentes peatonales verdes de la Alcaldía de Bogotá, los intrépidos hombres de Iván Duque han tomado la delantera.

Hacen bien. Las negociaciones de Emilio Archila con el presidente iraní, Ebrahim Raisi, fracasaron. Fracasaron también la estrategia de nombrar un ayatolá interino para graduarlo como único interlocutor e, inclusive, la idea de construir un protestódromo en el Oriente Próximo para que los terroristas de Hezbolá desfogaran en él sus tensiones.

No ha quedado camino diferente al de empuñar las armas y lanzarse a invadir al pueblo iraní. El presidente Duque ha decidido crear el Contingente Héroes de la Sergio Arboleda y alistarse personalmente para dar ejemplo a las nuevas generaciones. Será su legado a la juventud. Vestido, entonces, con el temible uniforme de “agente Duque”, protagonista de audaces visitas nocturnas a los CAI de la capital, y ataviado también con la chaqueta de fomi verde menta que mandó blindar, camina enhiesto por la seca estepa chiita, mientras dirige a su contingente. 

—Descansemos en aquella sombra, detrás esa vieja pared —pide el coronel Barbosita. 

—Que así sea, comandante. Pásame mi kipá y aprovecho para orar contra el muro —concede el comandante.

—Allá en el viejo Caldas yo también tenía un yipao —interviene Lieutenant Carlos Felipe Mejía, “el Depredador” Mejía: recio tropero de la primera línea de infantería, amado y temido por el pelotón. De Duque. Por el pelotón de Duque.

El mariscal máximo recuerda entonces cuando estuvo frente al Muro de los Lamentos y el papelito que incrustó en una de sus grietas. Era la lista de lo que pediría en Navidad. La guitarra Fender nueva. La nueva camisa de pepas. El osito. 

Procura recostar su frente contra la fría piedra para meditar, pero el ruido de una ráfaga se lo impide.

—¡Entran a babor! —advierte.

—Eso se dice en el mundo naval —lo corrige el almirante Arango Bacci, integrado a última hora al pelotón.

La tropa se lanza al suelo para protegerse del ataque, hasta que el comandante Molano se pone de pie y se confiesa:

—He sido yo —les dice—; ha sido un autosaboteo para que acá, en la tropa, adquiramos conciencia de que nos están tratando de bajar la moral. 

Se reincorpora entonces el brioso, el corajudo contingente, y emprenden de nuevo camino. Son unos emprendedores.  Los aturde el calor y, sin embargo, avanzan. Son unas dos docenas de valientes. Cierra la retaguardia el temerario escuadrón “Jóvenes Cabal”: quince muchachos de sacos de rombos en cuyo cinto se observan armas perfectamente permitidas por la autoridad correspondiente.

Gotas de sudor resbalan por el semidepilado pecho del coronel Miguel Ceballos, quien ha renunciado a su exitosa campaña presidencial para sumarse a la lucha de sus compañeros de curso. Y de clase. Amárrase el pañuelo de la solapa en la frente, a modo de bandana, y avanza en línea: detrás de él lo hacen el cabo Juan Pablo Bieri, con su equipo de radiocomunicaciones, y la sargento Karen Abudinen, encomendada para dejar sin señal de internet a los niños iraníes. 

—¡Ya verán lo que les espera a esas máquinas de guerra! —grita el coronel Molano, para animar a la tropa. 

—¡Ajúa! —responden todos.

Aguantan el sopor, el sol canicular, las víboras que se escabullen en la pedregosa estepa. 

De súbito, el comandante en jefe levanta el puño. A su seña, los valientes se detienen y se agrupan en torno a él. Recibirán instrucciones. El mariscal supremo dibuja con una ramita el croquis del Golfo Pérsico. Piensa dividir el grupo en forma de tenaza. Por el flanco izquierdo enviará un piquete de valientes liderados por la teniente Susana Correa, con la orden de que haga exactamente lo mismo que está haciendo en Providencia:

—Reconstruya usted los pueblos que encuentre: será la mejor manera de destruirlos.

Por el ala derecha enviará a Lord Barret, el militar de la Royal British Legion con que los ingleses apoyan al ejército occidental. Se abrirá paso otorgando multas arbitrarias hasta llegar a la capital. 

A media noche —si todo sale según lo planeado— estarán en el límite entre Irán e Irak y lanzarán un letal cerco diplomático a través de un concierto en la frontera. Subirán el volumen cuando cante Lucas Arnau hasta que se rindan las tropas enemigas.

—Teherán caerá en cuestión de horas: o en cien días o menos —advierte el mariscal máximo.

Se permiten un sorbo de jugo de naranja rendido con agua de las cantimploras y avanzan de nuevo, porque no hay tiempo que perder. 

—Ya debemos estar en Armenia —dice el capitán Barbosita.

—De ser así, estamos cerca de Panaca, tierra que bien conozco —dice el comandante Duque—. Por acá celebrábamos el cumpleaños de los niños.

—¿No buscamos acaso Armenia, Azerbaiyán? —pregunta sin que nadie le responda el estafeta Malagón.

La tarde cae luminosa sobre el cielo. Un yipao cargado de bultos de café cruza por la carretera.

—Mi yipao se parece a ese —comenta Carlos Felipe Mejía, el “Depredador” Mejía.

Los valientes siguen su marcha por entre la montaña mientras oyen, a lo lejos, el ruido de las fondas y perciben el olor azucarado del aguardiente y suena, llorón, un bambuco iraní.

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