EN EL LIBRO DE LA PRIMERA DAMA
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Por Daniel Samper Ospina

Esta columna obtuvo las memorias de la primera dama y las publica de forma exclusiva, aunque sin el voluminoso prólogo de Ernesto Macías de la versión original.

Capítulo primero: “Así lo conocí, así lo querí”.

Yo era una niña tranquila, muy de su casa. Mi hobby era hacer manualidades en foami. Conocí a Iván porque una amiga me invitó a una chimenea en la que él estaba y sacó la guitarra y tocó canciones de Los prisioneros, que por esa época era un grupo de moda, y no algunos de sus compañeros de partido. Nos gustamos de inmediato y al día siguiente me invitó a jugar bingo en el Andino y me recogió con su hermano Andrés, que solía venir con nosotros a todos los planes: incluso a alquilar películas en Betatonio. El siguiente domingo fuimos a Bima para montar en cuatrimoto, porque su sueño era tener una y decía que algún día lo lograría. El trancón de regreso en la autopista era tremendo. De golpe apagó el radio (oíamos 88.9, me acuerdo) y se me declaró. Cuando le dije que sí, su hermano Andrés, que iba en medio de los dos pero en el puesto de atrás, aplaudió.

Capítulo segundo: Un noviazgo de película.

Tuvimos un noviazgo en que compartíamos con amigos como Pacho Barbosa, que siempre recogía a Iván para ir a la Sergio en su Renault 6. Iván y Pacho eran como hermanos, se intercambiaban los sacos de rombos y todo (en esa época eran de la misma talla) y en las fiestas Pacho era el segundo mejor bailador. Cuando se tomaban sus tragos recitaban fragmentos de discursos de Turbay. De esa época recuerdo a Miguel Ceballos, que llegaba oloroso a Farina y con gomina y pañuelo nuevo en la solapa desde los 19 años. Se reunían, hablaban de genealogía. Molestaban al que no tuviera penny en los mocasines. Eran muy unidos y soñaban en grande. Querían montar la tuna de la Sergio.

Capítulo tercero: Matrimonio y el viaje a Washington.

Iván me lanzó un cerco diplomático con sus amigos y todos me preguntaban si me casaría con él. Un viernes me invitó a Chamois, nos sentamos en una mesita aislada y me dijo que el nuestro sería el Silicon Valley de los matrimonios. “Casémonos y que se acabe la guachafita”.  Yo, lógico, casi me derrito y le dije que sí. Su hermano Andrés —que estaba con nosotros— aplaudió. Fue uno de los días más felices de mi vida. Organizamos entonces la boda, que fue espectacular, y tuvimos un comienzo de matrimonio muy tranquilo. Iván se dedicaba a su vida intelectual, como escribir columnas en Tolima 7 días en contra de Uribe.  Por aquellos días soñaba con ser ministro de Cultura de Santos, pero eso nunca le salió. Como Dios sabe compensar, ese año le ofrecieron puesto en el BID, y arrancamos para allá de aventureros.

Capítulo cuarto: la vida en Washington.

En el DC tuvimos días felices. Recuerdo cuando nos fuimos a un parque y a Iván le cayó una naranja en la cabeza y se le ocurrió lo de la economía naranja.  Un día, su jefe le pidió que le consiguiera unos crocs a un señor muy importante: ¡era Álvaro Uribe! Desde ahí surgió una amistad muy linda y Álvaro empezó a quererlo como a un hijo, al punto de que le dijo: “¿Vos querés ser presidente?  Esperate lo verás”.

Capítulo quinto: la campaña.

Y dicho y hecho. De un día para el otro, obedeciendo acá y allá, Iván terminó de senador y luego de precandidato. Todo pasó muy rápido. Tuvo la suerte de que Hassan Nassar le preguntara en un debate cuál era la talla de los crocs de Uribe. Como él mismo se los compraba, se la sabía. Así ganó la nominación, pero no tuvimos tiempo de celebrar porque empezó la campaña, que fue muy dura. Llegaba cansado de bailar. Preparaba los debates de La FM escuchando hasta tarde canciones de rock. ¡Y los viajes! Un día fuimos a Valledupar y en una parranda nos vimos con el Ñeñe Hernández, amigo de infancia de Iván: un señor desesperante, superconfianzudo que se nos pegaba más que Andrés.

Por aquellos días en la campaña dijeron que Iván debía pintarse canas para verse mayor. A mí se me ocurrió llevarlo a la peluquería Norberto, donde canjeamos la tintura por el ministerio del Interior. Las canas dispararon a Iván. ¡Y ganamos!

Capítulo sexto: la posesión.

Ese día cayó un aguacero como si el propio Iván se hubiera puesto a cantar con su banda de rock. Una mujer policía se me paró al lado y me sostuvo el paraguas toda la tarde, y ahí entendí para qué es el poder: ¡era como tener un manos libres! Desde entonces aprendí que ser primera dama traía ventajas pero también responsabilidades, porque si me salía del paraguas, me empapaba.

Capítulo séptimo: viaje a Panaca.

Cuando cumplió uno de los niños, nos daba miedo celebrarle en El Pórtico y que la caravana armara trancón de la entrada, porque siempre somos muy respetuosos. Como solución, entonces, surgió la idea de viajar a Panaca. El problema era atravesar La Línea, porque el túnel que inauguramos los Duque Ruiz aún no estaba abierto: faltaba la placa inaugural. Decidimos ir en el avión presidencial y fue salvador, porque no nos demoramos nada. Recuerdo que Andrés aplaudió al aterrizar.

Capítulo octavo. Los Trump.

Una noche, Iván llegó a Casa Privada y me dijo: “compra pinta que nos invitaron los Trump”. Fui a Leal y Dacaret, que estaban estrenando alianza con la Panamericana, y me propusieron un diseño que quedó espectacular. Lo elegimos verde menta porque Iván es muy dulcero. A él lo sentaron en la mesa de Barron, el hijo menor de Trump, y a mí con Melania, que me elogió el vestido, me felicitó por Iván y me dijo que no importaba si se arrugaba, pero no supe si hablaba de Iván o del vestido.

Capítulo nueve. Fin.

Quise hacer estas memorias para consignar lo que he trabajado por el pueblo colombiano, como cuando grabé un video en la Guajira. Espero las hayan disfrutado y merezca el aplauso de todos. O al menos el de Andrés.

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