EN EL AÑO 2060
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Por Daniel Samper Ospina

Bogotá. Año 2060. En uno de los llamados Silos Humanos que dejó a medio hacer el gobierno de Gustavo Petro, la familia Vargas protagoniza una escena cotidiana. La lluvia ácida que corre del otro lado del cristal los ha obligado a confinarse. Impacientes por el encierro, los niños agobian de gritos el ámbito casero.

—Mi hermano me quitó el holograma otra vez, mamá, y esta mañana desactivó la energía y se me desvaneció el profesor virtual en pleno examen —se queja uno.
—¡No es cierto! ¡El holograma estaba descargado!
—¡Esto es muy duro, mamá!

Es entonces cuando, por primera vez en años, el abuelo se incorpora de su sillón:

—¿Duro, dices? ¿Duro? ¡Qué sabes tú lo que es duro, si no viviste en el año de la pandemia!

Ante tan inédita reacción, los niños guardan un silencio estupefacto.

El abuelo respira:

—Lo lamento —dice—, me exalté. Pero es que aquel maldito 2020 fue terrible. En cambio, ahora lo tienen todo y no lo valoran.

No le hace falta la razón. Pese a que Miguel Uribe perdió su séptima elección, la Bogotá de 2060 parece próspera. La empresa china iniciará la construcción de la primera línea del metro en cuestión de meses, tan pronto como en su país se supere el duodécimo rebrote de coronavirus. Y el mismo abuelo, en su viejecito Iphone 20 Pro de siempre en que sigue noticias a través de la obsoleta red de Twitter, oyó el partido en que Santa Fe obtuvo su estrella número 38.

—¡Y pensar que quisieron armar una liga sin nosotros, ja! —dice para sí mismo.

El nieto más travieso se atreve:

—Abuelito: ¿cómo era la vida durante la pandemia?

La familia entonces rodea el holograma de la chimenea, y la mamá pide a todos que desactiven los dispositivos inoculados en las retinas para escucharlo sin distracciones.

—Fue terrible —dice el abuelo—: hasta entonces solíamos salir a la calle, asistir a teatros… respirar aire puro sin usar esos cochinos tapabocas…
—¿Qué es “teatros” abuelo? —pregunta un nieto.
—¿Y qué es “calle”? —agrega otro.
—¿Y qué es “aire puro”, abuelo? —indaga el menor.

Pero el abuelo continúa de largo con su relato:

—… y de golpe el planeta entero se volvió loco: vino la pandemia; estallaban volcanes; la Nasa avistaba Ovnis: suena ridículo decirlo ahora, pero en esa época aquello era noticia.

Los niños sonríen.

—En aquel año —prosiguió— todavía no había regresado la guerra: hablo de hace décadas, cuando el expresidente Andrés Felipe Arias aun seguía en la cárcel y el presidente era Iván Duque.
—¿Y quién era ese señor, abuelito?
—Fue un… cómo decirlo: un presidente encargado que tuvo Colombia mucho tiempo antes de que tú nacieras… Hace poco tumbaron una estatua de él a la salida de la fábrica de Frito Lay … Una estatua de Botero… ¿Saben quién era Botero?

Los niños asintieron.

—Duque no acabó su gobierno —continuó el abuelo—: al final huyó a Panaca, en el avión de su amigo el fiscal… que también huyó, pero a San Andrés.
—¿San Andrés, la isla nicaragüense? —preguntó el nieto mayor.
—¿Qué es un avión, abuelo? —dijo el menor.
—Luego te lo muestro en Google…
—¿Qué es Google, abuelito?
—Una cosa que había en mi época, junto con los audios de Whatsapp y la música de Maluma, y tantas cosas que murieron para siempre.

El abuelo se pierde entonces en una nube de nostalgia de la que lo saca la turbina del robot doméstico que reparte las píldoras de la cena.

—Lo de la guerra sucedió después —retoma de golpe—, al año siguiente, cuando ese muchacho Duque, acompañado de sus amigos de universidad, volvieron trizas el proceso de paz: organizaban desplazamientos forzosos a exguerrilleros; trataban de modificar la JEP, ¡desprestigiaban la comisión de la verdad!
—¡Abuelito, no empieces con esas cosas de tu época!
—Perdón: digo que ahí volvió la guerra, y con la guerra todo lo de Uribe…
—No digas duro su nombre, papá —clamó en voz baja su hija—: te pueden escuchar…
—En la pandemia el mundo era horrible: encerraron a los ancianos; la gente salía según su género; debías pedir la comida, que era orgánica…
—¡La comida era orgánica? ¡Qué asco!
—Bueno, también estaban los jugos Hit, pero el resto era orgánico, y debías pedirlo a través de una aplicación física que se llamaba Rappi, y desinfectar las bolsas, todo sin que te observara la alcaldesa, que pasaba por tu cuadra y te podía lanzar regaños con un megáfono.
—¿Qué es “alcaldesa”, abuelito?
—La que mandaba en la ciudad…
—¿O sea que en las ciudades no mandaba… él? —exclamó la nieta mayor, sorprendida.
—No. Te hablo de hace años: antes del gobierno, y posterior exilio de Petro, ¡antes del gobierno de Piedad Córdoba!: cuando Manuel Elkin Patarroyo no había logrado preservar la cabeza de Uribe en el acuario…
—¡No digas su nombre! —clamó la nieta, para que bajara la voz—. ¡Van a venir por ti!
—La cabeza de él —corrigió el abuelo.

Súbitamente, suena un estallido y el silo entero tiembla, y los niños entran en pánico.

—Es la guerrilla —dice la mamá—. Son bombas.
—La culebra está viva, como bien dice el Presidente Eterno, pero ya casi los tienen —interviene el papá.
—¿Qué es culebra? —pregunta el hijo menor.
—Algo de comer —dice otro.
—No, es un animal —interviene uno más.
—No, es algo de comer.

Los niños se trenzan en una nueva pelea. El abuelo se recoge en su sillón y guarda silencio. Afuera, arrecia la lluvia ácida.

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