DUQUE EN ENCANTO
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Por Daniel Samper Ospina

Mi semana había comenzado con una sombra de angustia por la lamentable pataleta con que el Gobierno recibió el informe de la CIDH: ¿es esa la actitud de un demócrata?, me preguntaba; ¿qué sigue ahora?; ¿explicar que, a la mejor manera de Ortega o de Maduro, Duque no acogerá las recomendaciones de la Comisión porque así lo quirió?

Pero todo cambió cuando observé el corto de Encanto (Pachito Santos lo llamaría “El Teaser”), la película de Disney que sucede en Colombia y que, como cosa milagrosa, no contribuye a exaltar la mala fama que tenemos en el exterior: habrían podido bautizarla con el femenino de la inolvidable Coco, por ejemplo; ahorrar dinero en libretistas y reeditar la historia de un títere que obedece las órdenes de su abuelo bondadoso, que es el argumento central de nuestro presente político. Por lo menos contratar personajes de otras películas para rebajar costos: la rata de Ratatouille, para incoporarla en el film al partido de la U, donde seguiría haciendo “cocinados”; el viejito de Up, para que interpretara a Turbay, el papá político de Duque; Dumbo, el elefante volador, para darle algo de vitrina a mi tío Ernesto; Pepe Grillo, para que interpretara a Pepe Lafaurie; o Elsa, la de Frozen, para que cantara otra vez “Y si hacemos un muñeco”, que en el contexto colombiano se leería como una amenaza de muerte, o “Libre soy”, de la mano de Álvaro Uribe y el fiscal Jaimes, mientras corren por una pradera.

Los informes de prensa anticipan que Mirabel, a quien desde ya todos llamamos Maribel, es el único miembro de la familia Madrigal que no posee un don especial. Porque los demás —incluyendo a Lorenzo, el columnista— tienen un patrón mágico, si saben lo que quiero decir, menos ella, cuya pinta indica que habla con lenguaje incluyente mientras el resto de la familia la trata de mamerta. Pobre.

—Te presento a don Jairo, Maribel, mi mágico: ¿y tu mágico? —le pregunta la hermana.
—No tengo.
—Toma la tarjeta de este cirujano estético.

Pero el guionista de la película no es precisamente Gustavo Bolívar, de modo que podremos descubrir el desenlace en noviembre, cuando se estrene en todos los teatros del mundo, incluyendo los de Haití.

Podían haber hecho una película barata, digo, pero los productores fueron generosos y se animaron a construir una trama desde ceros y sin doble intenciones, si bien habrían podido reflejar lo que somos de mejor modo. Los personajes deberían señalar con la boca, por ejemplo. La mamá de Maribel debería decirle “mijo” al esposo. El hermano tendría que pertenecer a la primera línea; el tío, al Esmad. Y el don que estaría presente en toda la familia sería “don Putas”: un disidente de las FARC que, según informó el ministro de Defensa esta semana, cayó en el Valle del Cauca: “¡Cayó Don Putas!”, dijo en un exaltado trino, mientras informaba que se trataba del hombre de confianza de Iván Mordisco (y no se molestaba en evitar confusiones aclarando que aquel no es el alias presidencial).

Se entrevé que la película tiene grandes aciertos, como haber elegido de protagonista a una mujer que, a primera vista, se nota que es profesora de filosofía de la Nacho, votó por el Sí en el plebiscito y debe de ser amiga de doña Lina.

Y seguramente su ámbito de flores luminosas y vallenatos de Carlos Vives podrá ayudarnos a sobrellevar nuestra espesa realidad, o incluso a absorberla. Porque por estos días la única manera de soportar las noticias sería esa: que acoplen el guión a la coyuntura política y basen la historia en Iván Mordisco, precisamente: el príncipe Iván, habitante de una aldea mágica que exporta por igual aguacates hass y mercenarios de arma larga, estos últimos sin pagar aranceles.

El príncipe pertenece a una familia en la cual todos los miembros tienen poderes, incluyendo a su hermano, que es mamón, y gobierna un lugar de fantasía donde la docena de huevos vale 1800 y los panaderos ganan dos millones de pesos mensuales.

Príncipe Iván cuenta con diversos dones —dormir pelotas en la frente, tocar guitarra, hacer magia—, menos el don de mando. Un buen día, se topa con Blancanieves y le ofrece una manzana podrida de la policía. La princesa cae desmayada. Un funcionario (puede ser un chigüiro parlante, por ejemplo) que trabajaba en la CIDH acude al país para investigar los hechos y concluye que quizás el manzano entero corre el riesgo de pudrirse y que el príncipe debe atender el problema de verdad: no basta con cambiarles el color del uniforme.

—Sigue estas recomendaciones para evitar la violación de derechos humanos en tu aldea— le dice el Chigüiro.
—Acá no hay violencia, señor Chigüiro— responde príncipe Iván…
—Claro que sí, mira este informe sobre los desaparecidos.
—Si hay desaparecidos es porque este es un lugar mágico, señor Chigüiro: más bien camine al asadero Llano mío.

Pero en ese momento aparece Maribel, se pone un vestido de fomi verde, entona en acordeón las notas de Compae Chipuco y conquista el corazón del mandatario, a quien da lecciones de filosofía y enseña la importancia de los derechos humanos.

El príncipe cae rendido a su encanto, precisamente: de ahí el nombre. Y le obedece. La aldea entonces retoma la senda de la alegría y en la última escena hay una toma aérea en que todos entonan el vallenato de cierre: los Duque Madrigal; Elsa y Uribe; Pepe Grillo y Pepe Lafaourie; Pachito y un teaser; el señor Chigüiro ya servido en un plato, con yucas y guacamole. Y don Putas.

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