DIARIO DE UNA VACUNA
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Por Daniel Samper Ospina

En un primer momento supuse que el viaje sería más corto, hasta que mi vecina de nevera me dijo que viajábamos a Colombia, no a Columbia, como creía, y me invadieron los nervios: jamás había oído hablar de aquel país y no sabía qué me podía esperar. En el laboratorio nos entrenan para aceptar cualquier destino, pero en el fondo todas las ampolletas preferimos no salir de Estados Unidos, o, llegado el caso, aterrizar en un lugar que por lo menos no quede en el trópico.

El viaje se pasó volando, literalmente, y el tal país llamado Colombia resultó un lugar muy insólito. Nos recibió un voluminoso operario logístico de chaleco reflectivo. Supuse que era un funcionario de pista, pero era el presidente en persona, que en adelante no se nos despegaría. Estuvo allí junto con la que, después supimos, era la plana mayor de su gobierno. Instalaron atriles. Dijeron discursos. Entonaron el himno nacional. Posteriormente tocó un grupo musical llamado por ellos Papayera. A cada una de las ampolletas nos colgaron un collar de arepas y nos subieron a una furgoneta amarilla para saludar al pueblo, y salimos entonces las ocho cajas escoltadas por trece camionetas, dos ambulancias y 32 motos. Algunos estuvimos tentados de levantar las manos en signo de victoria, como hacía el líder rollizo. Lo habríamos hecho si hubiéramos visto gente en los andenes.

De la caravana nos condujeron a otra ceremonia, esta vez en el llamado Palacio de Nariño. El presidente —el señor rollizo que comenté— nos instaló a las nueve neveras delante de fotógrafos y periodistas y dijo que gracias a su gestión el coronavirus tenía las horas contadas; que al coronavirus se le acabó la guachafita y que Colombia sería la Silicon Valley de las vacunas. Después tomó una de las ampolletas con sus manos, para lo cual rompió la cadena de frío, y comentó con voz conmovida: “Así las conocí; así las pedí; así las querí”, mientras los concurrentes estallaban en aplausos.

Hubo desconcierto, no digo que no, en parte porque vimos cómo moría aquella primera dosis, hermana de lote. Pero no nos dio tiempo de quejarnos porque de allí pasamos a un coctel para que los miembros del gabinete ministerial, con sus familias, se tomaran selfis con nosotros mientras hacían la V de victoria, o de vacuna, no supimos bien. Posteriormente la vicepresidenta —a quien en adelante observaríamos todos los días, en todas las ciudades, a todas horas— se dirigió a nosotros con unas palabras que duraron cuarenta y cinco minutos sobre la importancia de no ser atenidas.

Pese a todo, no perdíamos la ilusión de cumplir con nuestra misión; de que nos inocularan al fin en el torrente sanguíneo de alguna persona.

No fue así. Aquel primer día solo salieron 18 ampolletas a cumplir su cometido. Las demás fuimos sometidas a nuevos estudios de fotografía. Esa noche alcancé a oír al presidente rollizo que hablaba con su ministro de salud.

—Este es el diluyente —le explicó el ministro.
—¿Sirve para diluir el jugo de naranja?

Al día siguiente el mismo presidente pidió que nos embalaran y todas creímos que nos iban a echar bala, porque nuevamente nos pusieron en una caravana seguida por policías y tanquetas. En los ultracongeladores acomodaron también el proceso judicial de un tal Álvaro Uribe.

Nos hicieron madrugar y partimos en avión en dirección a un destino de nombre Sucre.

Allí nos recibieron un grupo vallenato y el llamado gobernador, persona de raro sombrero. El despliegue de la caravana fue aún más llamativo que el del primer día: camionetas, tanques, buses con gente que nos lanzaba vivas y reclamaba tamales. El gobernador se echó al hombro la nevera de icopor del cuarto lote, como si estuviera haciendo un acarreo; tanteó el frío de su interior y acomodó al lado de las vacunas unas butifarras y dos bolis. Ese fue el momento en que por poco se descongelan las vacunas porque el propio gobernador decidió grabar la escena de su irrupción con la caja a un centro de salud, pero fue necesario repetir la toma varias veces. La toma de la grabación. Y la toma de la muestra.

Esa misma tarde nos repartieron por todo el país. A mí me tocó la capital, donde una dama de estatura baja le gritaba a una enfermera “a vacunar, mi hermana: trabaje juciosa”. A otras las asignaron a una ciudad llamada Cali: allá tuvieron que esperar a que llegara el ministro de Justicia, al parecer experto en chuzadas.  Y a otras les tocó un lugar llamado Medellín, donde el alcalde apretaba de la mano a la enfermera que recibiría el líquido, mientras le sobaba la espalda y rompía un computador. Peor suerte corrieron las tres ampolletas, amigas desde el laboratorio, a las que metieron en una caja que decía Amazonas. Todavía están en un sótano.

Realmente no entendemos qué hicimos mal. En mi caso, quise ser una dosis digna. Desde el laboratorio he sido un gran producto biológico, una dosis ejemplar. En mi lote no hubo una sola ampolleta que no diera lo mejor de sí. ¿A cuenta de qué, entonces, nos envían a semejante lugar? ¿No podía ser Ghana o un destino más sobrio?

Esta tarde sabré si al fin lograré introducirme en un torrente sanguíneo o si me seguirán tomando fotos. Quisiera actuar cuanto antes. Y que cuando me mezclen con el diluyente, no haya rastros de jugo de naranja.

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