DEYANIRA GUERRERO, KARINA GARCÍA, CONCEPCIÓN CORREDOR
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Por Daniel Samper Ospina

Ni de la pelea de Petro y Uribe, en la cual Uribe por poco acusa a Petro de usar zapatos Crocs; ni del tétrico 19 de junio en que el gobierno echó por la borda el esfuerzo de encerrarnos durante tres meses al inventar el ofertazo de un día sin IVA: de nada de eso pienso escribir esta vez. Pienso escribir de tres mujeres que este domingo no estarán con sus familiares: dos que están muertas y otra más que está muerta sin morirse, porque su cuerpo no aparece, y sus hijos y su mamá lloran su ausencia con una esperanza dolorosa, que parece otra forma de castigo.

El cadáver de Concepción Corredor quedó arrumado en una vía del Casanare, atravesado a balazos. Nunca más la volverán a ver sus hijos ni su esposo ni su hermano, militante como ella del Partido Verde: el esfuerzo de su trabajo como presidenta de Junta de Acción Comunal de la vereda La Pradera era ahora ese cadáver anónimo, salpicado por el polvo del camino. La noche antes de que la mataran, dos tipos la sacaron a rastras de su casa, en medio del pánico de su familia. Si usted tiene hijos, ponga la cara de ellos sobre la de los hijos de Concepción Corredor, y ponga su propia cara sobre la de Concepción Corredor, e imagínese que se lo llevan, que se la llevan, a rastras, bajo gritos, sin que nadie sepa qué sucede: que a la fuerza la suben en una moto cuyo motor se pierde en la noche. Y que lo siguiente que sus hijos saben de usted es que su cuerpo apareció tirado contra la maleza de un camino polvoriento. Y que nunca más la volverán a ver.

Karina García amaba a los perros, tenía un hijo de tres años, y el día que la mataron ya la habían matado por dentro: fue una líder social a la que mataron dos veces. Un mes antes de que morir en medio de una camioneta en llamas, había sacado su título como especialista en contratación estatal y luchaba por convertirse en la primera alcaldesa de Suárez, en el Cauca. Su aspiración había desatado una incesante ráfaga de noticias falsas que no terminaban de doblegarla: en panfletos y mensajes decían que iba a llenar el pueblo de paramilitares; que quitaría la tierra a los campesinos para asignarla a las multinacionales. Pidió clemencia. Existe el video en que clamó por su honra: pueden verlo. Predijo que las difamaciones mataban. Y la mataron: la mataron con la mamá y cinco militantes de su partido y uno de sus escoltas de la Unidad Nacional de Protección, a quienes los sicarios sorprendieron en la carretera con una lluvia de balazos de fusil.  Un escolta consiguió escapar y existe el video en que cuenta su milagro: pueden verlo. Karina García de 31 años. Tenía un lunar en la palma de la mano izquierda. Dejó un hijo que ya tiene cuatro años. Una perra que se llama Serenata. Y un diploma.

Michel Forst, relator de Naciones Unidas, sostuvo que Colombia es uno de los países más peligrosos del mundo para la defensa de los derechos humanos. Las cifras solas no muestran la tragedia humana que hay detrás de cada caso. Por eso un grupo de columnistas hemos querido contar la historia de algunos de ellos.

Ya conté la de dos mujeres muertas, pero quiero hablar ahora de Deyanira Guerrero. El 2 de mayo de 2018, mientras James Rodríguez marcaba un gol con el Bayern, Deyanira Guerrero le pidió a su mamá la bendición, y se fue a trabajar al restaurante La pesebrera, en La hormiga, Putumayo, para ganarse los pesitos extras que sumaba a lo que producía vendiendo cerveza, raspados y gaseosa en una tienda.

Su mamá comenzó a llamarla desde las cinco de la tarde, porque no se había reportado. La llamó pero nadie contestaba, y la siguió llamando hasta que la llamada entraba directamente a buzón. Y nunca supo más de ella.

Deyanira tiene 38 años. O tendría. O debería tener: nadie sabe cómo referirse a la presencia invisible en que se convirtió. Jonier, su hijo de catorce años, dice que, para no estar triste, se imagina que ella está trabajando en la tienda, común y corriente, y que por la tarde vendrá ayudarle a hacer tareas, porque siempre les ayudaba a hacer las tareas; Yesid Santiago, su otro hijo (de diez años) habla poco. Cada uno debe imaginarse qué pasó, y administrar la esperanza traicionera de que un día cualquiera entrará de nuevo por la puerta.

El nombre de Deyanira Guerrero había aparecido en un panfleto de amenazas cinco meses atrás por su digno trabajo en la Alianza de Mujeres Tejedoras. Le gustaba la cachama sudada; le gustaba el vallenato; el día que se fue tenía un enterizo de jean. Deyanira es ahora esta especie de espectro que nadie se autoriza a llorar de verdad, esa muerte sin certezas que impide llorarla con un llanto redondo de desahogo, sin costuras ni culpas.

Esta vez quise escribir de estas tres mujeres: de sus dos cuerpos muertos arrumados en el camino; del otro cuerpo etéreo que nadie sabe dónde está. Mientras a todos nos carcome por igual el mismo olvido, este domingo quiero pensar en ellas y en sus hijos, y en este país de miseria al que poco le duelen sus muertos, y en este oficio inútil de no tener nada mejor que ofrecer a Concepción, Karina y Deyanira, sino un recuerdo triste que se evapora con el día.

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