CULPA DEL VOTO EN BLANCO
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Por Daniel Samper Ospina

Desde hace un par de meses tengo los nervios como el proceso de paz: hechos trizas, y no hay Emilio Archila que me los componga. Ya no opino: ahora doy declaraciones, como todos los que tenemos cuenta de Twitter. Pero en mi calidad de tibio miserable, además, cada trino se alarga como un discurso de Martuchis, porque esta cobarde tendencia de matizarlo todo (que viene con la edad), hace que cada frase contenga tantos paréntesis (incluso dentro de los paréntesis) que cualquier pensamiento parece infinito. En las pasadas protestas el agobio me invadía: “Apoyo el paro, aunque hago un llamado a tener cuidado con la pandemia”. Lo que quiere decir que “Apoyo el paro, aunque hago un llamado a tener cuidado con la pandemia, lo cual no significa que no respete a quienes hacen reclamos sociales en la calle y se exponen a que la policía viole sus derechos, violaciones que rechazo”. Porque “Rechazo los ataques de la policía, pero también rechazo la violencia que cometen contra la policía”. Es decir: “Rechazo los ataques de la policía, pero también rechazo la violencia contra la policía, pero también aclaro que un crimen cometido por un policía es más grave que uno cometido por un vándalo”. Etcétera: cada opinión me hacía sentir como el compositor de la canción “Hay un hoyo en la orilla del mar”. Y el loco soy yo. Sí, señor.

Lo más triste del asunto es que, a más cautela en los matices, mayor maltrato digital recibía como pago. Desde hace algunos días comenzaron a seguirme en Twitter cuentas falsas, o personas de tocayos imposibles, que me critican diga lo que diga: Adriana0945, Juan000768, Ubeimar Delgado.

Y cuando no son ellos, entonces soy yo mismo quien decide darse por aludido. La última vez sucedió con un trino escrito por el senador Gustavo Bolívar, a quien le reconozco un trato personal amable, en donde decía lo siguiente: “Los que votaron en blanco en el 2018 sabían que estaban avalando el regreso de la motosierra”; compartía el trino con la lamentable imagen de una cabeza decapitada.

Inicialmente, el latigazo me dolió, no digo que no: ¿ya hay pruebas que sindiquen a Duque como autor del crimen? ¿No haber votado por Petro aquella vez me hace cómplice de decapitaciones? Y, sin embargo, las fervorosas reacciones de copartidarios del senador me permitieron recapacitar: ¿y si es cierto? ¿Si, acaso sin darme cuenta, soy un cohonestador de los paramilitares? ¿Si en realidad soy un uribista de tenis, como alguno me llamó? En ese caso fue una tontería haber comprado aquel par de Ferragamo por Mercadolibre.

El mismo Petro votó en blanco para no votar por Mockus cuando enfrentaba a Miss El-que-diga-Uribe versión 2010, para entonces Juan Manuel Santos. Pero aprendió la lección y en adelante supo tomar partido sin cobardías: incluso cuando tuvo que elegir entre el voto en blanco y el procurador Ordóñez, votó por el prócer medieval. Nada de escabullirse por las laderas.

Intenté ser autocrítico. Encerrado en el lujoso conjunto de Chía en que vivo, acostumbrado a ir de compras a las librerías de París, a contraer el covid en Italia, a pasear con la familia en yate por Miami, quizás he sido el feliz depositario de varios privilegios que me fueron llevando a no votar por Petro, maldita sea: a ser este tipo tibio, redondo y blanco, semejante al huevo que tengo, por culpa del cual, hoy en día, pasa lo que pasa: son culpa de mi voto en blanco la reforma tributaria de Duque, sus nombramientos lamentables y aun el gol autorizado por el árbitro Pitana contra Brasil.

Durante largas horas cavilé por las calles en busca de una respuesta. Quizás votar en blanco fue una cobardía, una forma de escapar, pensé. He debido apoyar a Petro en la segunda vuelta, como lo hizo Mockus, de quien el propio Candidato Humano, magnánimo, se dejó apoyar en el 2018, pese a que, según trinó ayer, Antanas era candidato del paramilitarismo en el 2010, cuando era malo: es decir, cuando no era petrista. Poco a poco, entonces, fui sintiendo el arrebato de responder el trino del senador Bolívar para reconocer que sí, que he debido votar por Petro, ¿contentos todos?; que he debido votar por él, y conseguir que mi voto contara por tres millones, para que la Presidencia Humana nos guiara. Que, como jefe de comunicaciones, a Hollman Morris nadie lo podría llamar “tipejo peludo”; que la canciller Aída Abella no se habría caído de la silla, como Martuchis: se habría levantado para coger la carpeta de la mesa, sin pereza, y en la tarde no habría recibido funcionarios gringos en piyama. Que Armandito Benedetti no solo sería un extraordinario ministro de Salud, gracias a su experiencia en Eco Salud, sino que podría integrar la terna para ser fiscal, y convertirse en fiscal: incluso ayudaría a manejar la regla fiscal del ministro de Hacienda, que podría ser Daniel García-Peña antes de renunciar a los tres meses advirtiendo que no por ser de izquierda un déspota deja de ser déspota, o María José Pizarro, que siempre causa buena impresión (asunto importante en caso de imprimir billetes).

Pero justo cuando me senté a redactarlo, rodó por Twitter un trino de 2014 del mismo senador Bolívar que, en plena definición del proceso de paz, cuando el futuro de miles de guerrilleros, soldados y víctimas dependía literalmente de que Óscar Iván Zuluaga no obtuviera la victoria, rezaba lo siguiente: “Mi voto en blanco, porque tengo dignidad”.

Entonces me volvió el alma al cuerpo. Que el peor gobierno de la historia sea el peor gobierno de la historia de golpe es culpa del peor gobierno de la historia: ni siquiera de sus votantes; mucho menos de quienes no votamos por él, tan dados a hablar sobre el 2018, y sobre el 2014, para que en el 2022 volvamos a caer en un hoyo. En un hoyo a la orilla del mar.

Mientras aprendía la lección de que solo los petristas pueden votar en blanco, puse a medio hervir un huevo tibio para el desayuno y escribí el primer trino sin comas explicativas ni paréntesis en que sencillamente publicaba los dos trinos del senador. Porque el loco soy yo. Sí señor.

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