ADJETIVOS PARA DUQUE
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Por Daniel Samper Ospina

He aplaudido el manejo impecable que ha tenido Iván Duque en el asunto del coronavirus, y lo he hecho desde antes, incluso, de que lo hiciera Felipe Zuleta: desde antes, de hecho, de que existiera el coronavirus. Sí: quizás nos asomamos a la abrumadora cifra de 50 mil víctimas mortales; quizás abandonar a la población en el naufragio —sin tirarle el miserable madero de una renta básica— la tenga eligiendo entre morir de hambre o de coronavirus; quizás desproteger al personal sanitario, en algunos lugares todavía sin recibir salario, y negociar vacunas de modo tardío y sin transparencia no fue lo mejor. Pero ningún mandatario presenta a diario un programa televisivo sobre el virus tan bien logrado como Prevención y acción; ni ha fundado como Duque el cargo de gerente nacional para el Covid, que a su vez cuenta con una subgerencia para Estornudos y otra para Lavada de manos (ocupada, algunas veces, por la alcaldesa de Bogotá).

Sería necio, por eso, desconocer que, paradójicamente, el virus respiratorio le dio un segundo aire al mandato de Duque, y permitió que se reinventara un gobierno hasta ahora experto en inventar, sobre todo compras; sobre todo cargos.

Y lo ha hecho a pesar de que algunas medidas resulten abstractas, a diferencia de lo que sucede en Medellín: allá el alcalde Daniel Quintero aterrizó un plan real que incluye la organización de simulacros de vacunación. ¿Cómo puede ser un simulacro de vacunación? Basta imaginarlo: la gente se remanga la camisa y un actor, vestido de médico, se aproxima al voluntario con una jeringa sin líquido ni aguja.

—Simule que toma aire, por favor —indica.
—¡Ay!
—Aún no he simulado que la aguja entró…
—Perdón.
—¡Ya!
—¡Ay!

Los médicos hacen la mímica de que aplican la vacuna y los participantes de que la reciben. No importa que la ampolleta sea invisible, porque lo esencial es invisible a los ojos, como bien decía el Principito, es decir, Daniel Quintero, a quien desde acá le pido que exporte el ejercicio a Bogotá. La gente podrá asistir al simulacro montada en el render del metro y posteriormente agradecer a las autoridades: de ese modo simulamos que hay vacuna, que hay metro. Y que hay autoridades.

Autoridades que, como el presidente, y acá retomo, ha estado a la altura del desafío. Habría podido irse de vacaciones a comienzos de enero: subir una selfi con su señora María Juliana y publicarla con un trino del estilo de  “nos vamos a Panaca con mi muñeca, besos a todos”.

En lugar de eso, anunció que ya teníamos millones de vacunas compradas, aunque no dijo cómo ni cuándo ni a qué costo, ni mostró sustento alguno, porque, según dijo,  las farmacéuticas son las que dictaminan cómo debe ser la contratación pública de Polombia. Apenas pudo tomarse un breve respiro cuando viajó a Providencia: allá montó en cuatrimoto para inspirar a la población damnificada y cumplió su sueño de encarnar por unos minutos a su admirado Mitch Buchannon, protagonista de la serie aquella que observaba en los años ochenta mientras recitaba discursos de Turbay. Parecía un verdadero hombre de acción, comparable apenas a su amigo íntimo, el fiscal Barbosita, cuando se hace retratar en las lanchas de la nación mientras señala a lontananza al malhechor que él mismo atrapará con sus propias manos.

Tomar aire en Providencia le permitió enfrentar la crisis de esta semana al lado de sus asesores principales, a quienes citó en su despacho:

—¡Se me cayó el invitado para el programa de hoy: iba a ser Reinaldo Rueda, pero me acaban de cancelar: llámenme urgente al ministro de Salud, a la canciller y al alto comisionado para Adjetivos: debemos inventar algo! —les dijo.
—La canciller está aislada —le respondió María Paula Correa.
—Eso ya lo sé: dejen de echármelo en cara, que no la puse yo…
—Me refiero a que tiene coronavirus…
—Que la reemplace el ministro de Defensa, entonces.
—También tiene coronavirus.
—¿Y el alto comisionado para los Adjetivos?
—Lo llamé: andaba buscando adjetivos para el gobierno, pero me dijo que estaba “disponible, solícito, laborioso y dispuesto”.

Reunido con su equipo de confianza, entonces, obtuvo una serie de victorias tempranas que el país debe aplaudir. La primera y más importante: rebautizó el confinamiento con el nombre de “Aislamiento Selectivo con Distanciamiento Inteligente Individual Responsable Ética Pelética Peluda”, para lo cual fue fundamental la mano del alto consejero para los Adjetivos que hizo una tarea sobresaliente, pese a la reciente renuncia de su gerente para Comas.

Segundo: consiguió quizás no las vacunas, pero sí las bodegas donde se van a guardar las vacunas.

Y tercero: con ayuda del equipo científico esbozó un plan de prioridades de vacunación. El decreto está en construcción. En otra ocasión lo publico. El primer lote será exclusivo de personas de la tercera edad, siempre y cuando se encuentren sub judice o tengan crocs; personas que monten en cuatrimoto; y gente que acumule puntos en las Supertiendas Olímpica, como guiño a los Char.

Ojalá incluyan al alto comisionado para Adjetivos, funcionario fundamental de esta administración aislada-selectiva-distanciada-ética-pelética-peluda. O que al menos le consigan cupo especial en el próximo simulacro de vacunación que organicen en Medellín.

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