UN ORGULLO NO EVAPORADO
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Por Daniel Samper Pizano

Criticada por organismos internacionales a causa de la violencia policial, expuesta por la prensa extranjera como el país inequitativo y empobrecido que es, azotada por justas protestas, herida por bloqueos y vandalismo, señalada por su corrupción, destrozada por el narcotráfico, atolondrada por falta de liderazgo, sumida en la mediocridad y, para colmo, una de las naciones más castigadas por el covid-19, Colombia se asoma al espejo y observa el deterioro profundo de su imagen. Imagen que, si bien nunca fue envidiable, al menos no figuraba a diario entre tiros y llamaradas, como ahora.

¿A qué podemos aferrarnos los colombianos, cómo sobreaguar, qué salvavidas flotan en este naufragio? No muchos. La libertad de prensa, sin duda mayor que la de casi todos nuestros vecinos, ha sido carcomida por dentro; la naturaleza, espléndida, pierde constantes batallas contra usurpadores de bosques, mineros destructores, industrias contaminantes y, por si algo faltara, la nefasta amenaza de un diluvio de glifosato sobre otra desgracia: los cocales.

El balance de nuestra imagen internacional muestra muchos renglones en el debe, y en el precario haber no queda mucho. Revisemos. Algunos sitios como Cartagena y los parques nacionales. El prestigio de nuestra música popular y las notables figuras que ofrece. La literatura y el arte: Gabo y Botero encabezan ese grupo admirable que cierra una interesante vanguardia de escritores y artistas. Algunos productos colombianos reciben reconocimiento mundial: básicamente, el café y las flores. Y aún disfrutamos de la fama de hablar “el mejor español del mundo”. Tan extendido es este prestigio que nosotros mismos lo creemos y exhibimos, pese a que el idioma que emplean la mayoría de nuestros hombres públicos, muchos de nuestros periodistas y casi todos los usuarios de redes contradice la leyenda del “país de gramáticos”. Y, lo peor, preocupa a pocos.

La prueba es que pasó completamente inadvertida en Colombia una fecha que en otros tiempos habría sido motivo de noticias y festejos. Hundida más por la ignorancia de la clase dirigente y los gobiernos que por la pandemia o los paros se cumplieron 150 años de la fundación de la primera Academia de la Lengua surgida fuera de España. Déjenme recordarlo con satisfacción. Ocurrió el 10 de mayo de 1871 en Bogotá. Ese lunes a las 11 a.m. se reunieron tres amigos en la calle Túquerres, hoy carrera 5ª con calle 10. A José María Vergara y Vergara, de 40 años; Miguel Antonio Caro, de 27, y José Manuel Marroquín, de 43, los unían por lo menos cinco cosas. La primera, que eran profundamente cachacos; la segunda, que habían dedicado largas horas a valiosas investigaciones gramaticales y literarias; la tercera, que los tres usaban barba; la cuarta, que eran godísimos. La quinta era, en realidad, el vínculo que los convocaba esa mañana en casa de don Chepe. Los integrantes del trío ostentaban el título de miembros correspondientes de la Real Academia Española, honor limitado a pocos americanos, pues las colonias habían roto relaciones con España medio siglo antes y el proceso de reconciliación avanzaba con cautela. Los designaron en Madrid sus colegas españoles a fines de 1870 y el 10 de mayo siguiente se reunieron a definir cómo funcionaría el instituto. Acordaron que tendría doce miembros, el mismo número que las chozas fundacionales de Santafé, y que sería su director Vergara y Vergara. (Curiosamente, el actual director es el profesor Juan Carlos Vergara, sin parentesco con el primero).

Nacía así la academia de español más antigua del continente americano, responsable, en buena medida, del prestigio internacional que todavía nos acompaña a los de Macondo como hablantes ejemplares. Hoy son 27 los miembros de silla o número. La creación del Instituto Caro y Cuervo, en 1942, reforzó la idea que ya había sembrado la Academia en torno al cariño de los colombianos por su lengua. La misión principal del ICC era la de terminar el Diccionario de construcción y régimen que dejó incompleto el bogotano Rufino José Cuervo, gramático genial, al morir en 1911. Ochenta y ocho años después, el Instituto ganó, bajo la dirección de otro cachaco, Ignacio Chaves, el premio Príncipe de Asturias al publicar esta obra en ocho tomos que García Márquez llamó “la gran novela de las palabras”.

Reconozco que uno de los mayores placeres de quienes no han sido llamados a la Academia es atacarla y citar, como si fuera la primera vez, el verso de Rubén Darío: “de las epidemias, de horribles blasfemias, de las academias, líbranos, Señor”. Muchas de las críticas contra estas entidades nacen del error de pensar que en ellas se fabrican y se sepultan vocablos. Equivocación evidente: las palabras son anteriores a los diccionarios; las crea el pueblo, que es el dueño del habla. No inventan las Academias: recogen términos y usos, los estudian, informan sobre ellos, cuidan la estructura básica de la lengua y la ortografía para que podamos entendernos y fomentan la lectura y la literatura. Es verdad que son bastante conservadoras. La de aquí y las demás. Ya me gustaría ver muchas más mujeres en la de Colombia y que asumiera un carácter menos andino y más nacional. Estas tareas y otras muchas afronta con su magro presupuesto la Academia al amanecer su cuarto medio siglo. Pero, sobre todo, debe apuntalar ese pequeño orgullo patrio, aún no disuelto del todo, de ser los primeros defensores en América de esta hermosa lengua milenaria, la de Cervantes, Quevedo y Gabo, que hoy hablamos 500 millones de personas en 21 países.

Esquirla. Muy interesante la hoja de vida de Angélica Mayolo, nueva ministra de Cultura, abogada especialista en varias ramas del Derecho y la Economía. Me alegro de ver una afro en ese gabinete monocolor; pero ella no tiene nada significativo que ver con la cultura. Para Duque la cultura siguen siendo Maluma y J Balvin.

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