SÍ, SE VA A ACABAR
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Por Daniel Samper Pizano

El mundo se va a acabar. Nos lo acaban de advertir en decenas de idiomas numerosos líderes internacionales en la cumbre climática de Glasgow, la tal COP26. Lo repiten quienes se han preocupado siempre por esta amenaza, como el secretario general de la ONU; también quienes presiden países responsables del acabose, y aquellos que solo ocasionalmente se asoman al problema, como Iván Duque; aun algunos a los que la asamblea habría rechazado en la puerta si se reservara el higiénico derecho de admisión, como el brasileño Jair Bolsonaro.

El mundo se va a acabar. Lo malo es que escuchamos la misma admonición desde hace décadas y el asunto se ha convertido en la versión ecológica del pastorcito mentiroso. La diferencia es que el pastorcito mentía siempre, y en cambio la profecía apocalíptica siempre ha sido verdad. Un repaso a la reciente historia así lo demuestra.

La bióloga gringa Rachel Carson (1907-1964) fue la primera persona que despabiló la conciencia ambiental contemporánea. De eso hace exactamente setenta años. En 1951 publicó su libro El mar que nos rodea y en 1962, La primavera silenciosa. Fueron dos gritos de alarma frente a la contaminación del océano y la capacidad destructora de la química moderna, y una mirada preocupada sobre el futuro de la naturaleza.

Unos años después un coro de especialistas clamaba acerca del barril de pólvora en que estamos sentados. Tan amplio y atento era el coro, que en 1970 apareció una antología clave de ensayos (La conciencia ecológica: valores para sobrevivir, en inglés) cuyo fin era advertir que “en las próximas décadas seremos testigos de crecientes peligros” contra la naturaleza. En abril de ese año se presentó la primera manifestación colectiva de la ciudadanía a favor del medio ambiente durante la Semana de la Tierra.

Apenas unos meses después, en octubre de 1971, hace 50 años, apareció el que The New York Times calificó como “el mejor libro sobre ecología jamás escrito”. Se trata de El círculo que se cierra, de Barry Commoner (1917-2012), científico y activista de izquierda que fue candidato a la presidencia de Estados Unidos y, por supuesto, perdió.

Durante aquel decenio tomó fuerza en el mundo entero el reclamo ambientalista. Aparecieron en Colombia informes y campañas de prensa para defender el Parque Tayrona, atacar pesticidas como el Agente Naranja y denunciar el tráfico ilegal de animales en vía de extinción. Se realizó, incluso, la primera marcha callejera ambientalista en protesta por los intentos mañosos de liquidar el Parque Salamanca.

Todos, allá y aquí, nos advertían que el mundo se iba a acabar. La ONU empezó a moverse. En Berlín se aprobó un convenio en 1955 para mermar la destrucción de la naturaleza y dos años luego se creó en Kioto la Conferencia sobre cambio climático, COP, destinada a reunir periódicamente a los Estados miembros para considerar temas ambientales. Crecía el temor sobre el futuro del planeta. Pero no en todas partes. El presidente gringo, George Bush hijo, cuya estupidez quedó opacada por el cavernícola Trump, se negó a firmar.

Por fin en 2015, tras mutuas acusaciones de los países líderes acerca de cuál era el más matón y cuál el más culpable del inminente final de la Tierra, doscientos países suscribieron en París un acuerdo destinado a frenar la destrucción del aire, los bosques y las aguas. Por desgracia, el vencedor de las elecciones estadounidenses de 2016 tena afán por retirarse del pacto. Washington solo volvió a él hace pocos meses con Joe Biden, quien se mostró inquieto en Glasgow por el monstruo que nos sube pierna arriba. El monstruo abarca calentamiento global, agotamiento de recursos, destrucción de selvas, contaminación de aguas, toxicidad del aire y, como consecuencia, hambres y violencia.

Pese a la angustiosa situación, que exige una voluntad digna de guerra mundial, las metas de reducción que se plantean remiten a 2030, 2050 y aún fechas posteriores.

“¡Cuán largo me lo fiais!”, decía don Juan Tenorio a punto de aprovechar el tiempo en casadas, monjas y doncellas. ¿Cuán largo imaginan nuestros políticos que puede aguantar nuestra amenazada patria común? ¿Creen los lectores que los mandamases de los países ricos cumplirán unos compromisos que se han negado a cumplir hasta ahora? ¿Se imaginan dónde diablos estarán dentro de veinte o treinta años los personajes que han desfilado en los últimos días con cara de preocupación ecológica? ¿Ante quién responderán, fuera de ese “tribunal de la Historia” que afecta tan poco a los muertos? ¿Nos salvaremos a última hora, o se producirá el inevitable derrumbe? ¿Qué opina el pastorcito mentiroso?

No pienso ofrecerles mis respuestas para no dañarles el fin de semana.

ESQUIRLA. Me asombra cada vez más el desprecio por nuestra lengua en el país que fue su abanderado. En charla de la revista Bocas con doña María Juliana de Duque leo el siguiente párrafo de la entrevistada sobre su cargo: “No hay job description para la función de primera dama (…) Ese concepto que alguna vez dijo Laura Bush: A role without a rulebook”. La periodista (mi estimada María Paulina Ortiz) ya ni se toma el trabajo de traducir al lector las palabras de doña Juliana. El que entendió, entendió, y el que no, que se vaya a comer pandebono. ¿Tan colonizados estamos los colombianos que es preciso hablar inglés para leer una entrevista con la mujer del presidente?  This is chaos!

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