‘RACISMO’ RELIGIOSO
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Un sector de abogados ultracatólicos, muchos de los cuales deben su puesto al dueto Uribe-Duque, considera que está librando la lucha entre el Bien y el Mal. Así actuó la Fiscalía.

Por Daniel Samper Pizano

Cuando el subfiscal Gabriel R. Jaimes anunció que pedirá la preclusión (cese del proceso penal por falta de mérito) en el caso de los falsos testigos de Álvaro Uribe Vélez, los áulicos de este consideraron que se había hecho justicia, sus críticos confirmaron que era una absolución amañada y anunciada, y muchos se preguntaron por qué Jaimes desatendió las pruebas del expediente de 1.554 páginas acumulado contra AUV por la Corte Suprema de Justicia. El ala dogmática sintió entonces una satisfacción espiritual: había imperado la justicia divina, pues “Dios escribe derecho con renglones torcidos”. Tan torcidos como Iván Duque y su tele despedida diaria, propia de curas y no del jefe de un Estado laico: “Que Dios los bendiga”; o como su vanidoso fiscal Francisco Barbosa o como Jaimes, el recadero final, todos ellos llamados a salvar de la cárcel al Presidente Eterno. Este, en cambio, vivo como pocos, agradeció directamente a Papá Lindo, pues cree que Dios flota por todas partes pero pasa vacaciones en El Ubérrimo.

Estaba escrito que este Gobierno, escogido por Uribe, debía arrebatarlo de las mandíbulas de la ley. Y estaba escrito que se celebraría la decisión como si fuera un acto soberano. De inmediato se desató una costosa y colosal batería tuitera al servicio del uribismo, que envió miles de trinos en alabanza del Honorable Gigante (sí: ¡el mismo AUV!). Se inauguró así un curioso recurso extrajudicial: inocente por acumulación de mensajes. ¡Háganle!, 230.000 moscos no pueden estar equivocados…

El desafiante rescate recoge diversas influencias procesales: políticas, gubernamentales, jurídicas, económicas, mediáticas… Pero quizás la palanca más poderosa de la actual derecha colombiana es la religión. Digo mal: la religión no, sino el racismo religioso: una actitud discriminatoria y fanática solo comparable a la de quienes persiguen al prójimo por el color de su piel. Esta santa cruzada moviliza a la derecha cristiana y al catolicismo conservador que encabezan Uribe y sus más fieles soldados.

Conviene mostrar cómo la posición de la Fiscalía solo podía ser la que adoptó; no había otra posibilidad, porque para ella no estaba en discusión un asunto legal sino religioso. El ejecutor fue Jaimes –mediocre abogado, según el maestro Ramiro Bejarano–, cuyos antecedentes teológicos son mucho más sólidos que los jurídicos. A él lo heredamos de la deplorable gestión de San Alejandro Ordóñez, el Quemalibros. Como Ordóñez, el subfiscal Jaimes es de Santander, patria de un núcleo duro de corte fascista; estudió Derecho en la misma universidad, trabajó con él en la Procuraduría y, según la prensa, es asiduo de las misas dominicales que celebran en latín cavernarios sacerdotes enemigos del Papa y del modernizador Concilio Vaticano II. Al igual que Ordóñez, confunde los pecados con los delitos y considera que doquiera se halle estará al servicio de Dios, más que de la comunidad o de la ley. La prueba es que el ídolo de Jaimes ignoró de manera olímpica doctrinas de la Corte hasta que el Consejo de Estado lo destituyó por clientelista.

Dijo, o casi, el Evangelio: “Por sus trinos los conoceréis”. Así que los invito a leer el trino del preclusivo funcionario contra una película brasileña que lo irritó: “Levanto mi voz airada contra el irrespeto y la agresión de Netflix a la Santidad de Jesucristo, Hijo de Dios, y a la Virgen María, fundamentos de la Fe (sic) profesada por millones de católicos en el mundo entero”. Con fanáticos de esta calaña las controversias jurídicas se convierten en representaciones de la lucha entre el Bien y el Mal. Era imposible pensar que semejante instrumento de Dios podía reconocer los argumentos de un ateo materialista como Iván Cepeda. En cambio, la posibilidad de servir al Presidente Eterno, directo delegado del Señor, constituía para el subfiscal un deber religioso. Para eso lo pusieron en un puesto que lo supera y para eso le encargaron una misión que cumplió ad maiorem gloriam Dei et Uribis. Y mayor desprestigio del país.

¿Qué hay en un nombre?

Por una torpe redacción de la que me declaro culpable, cuando quise subrayar en mi pasada columna la importancia que confiere Shakespeare a los nombres resulté traicionando su idea de que una rosa es una rosa aunque se llame de otro modo. Pienso humildemente lo contrario, y me envían apoyos científicos sobre el perjuicio que causan los padres a sus hijos cuando les ponen nombres ridículos o absurdos. Una investigación de Uniandes dirigida por Alejandro Gaviria en 2007 (*) demuestra que “los sin tocayo tienen un salario entre 10 y 20 % menor que sus contrapartes”. También, que “los nombres raros pueden incidir en el acceso al empleo formal o a ciertos sectores bien remunerados”. Y que “las brechas sociales serían simultáneamente causa y consecuencia de los nombres atípicos”. Es decir, que estos nombres son “síntoma de las desigualdades sociales y pueden incluso ser también una causa de las mismas”. De modo que llamar a un guámbito Stalin, Popea, Yurmennis o Jheffersson no ayuda a la criatura, sino que la hunde.

ESQUIRLA. Se equivoca el jefe guerrillero Jesús Santrich al suponer que hay periodistas amenazables y no amenazables. Por encima de los diferentes estilos profesionales y puntos de vista políticos, los periodistas nos unimos en el rechazo de los atentados contra nuestra independencia. En este oficio la libertad de uno es la libertad de todos.

*Las consecuencias económicas de un nombre atípico. El caso colombiano. http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S2448-718X2010000300535

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