QUINO, EL VECINO SILENCIOSO
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Por Daniel Samper Pizano

El pasado miércoles me sorprendieron las once y pico de la mañana conversando por teléfono con un escritor argentino residente en Nueva York que prepara un guion sobre la vida de Quino. Respondí preguntas a Julián Troksberg durante casi una hora y al terminar estuvimos de acuerdo en que hacía falta un gran documental que fuese también homenaje al genial dibujante “antes de que sea tarde”.

Lamentablemente, ya era tarde. Más o menos a esa hora moría Quino en su casa de Mendoza, ciudad donde nació y donde se refugió hace unos años, cuando las enfermedades y la edad los condujeron a él y a Alicia, su mujer, en busca del reposo familiar antes del reposo definitivo. A partir de la mudanza resultó difícil comunicarse con ellos. Los únicos y ocasionales vínculos eran el teléfono y el correo electrónico. Alicia falleció hace tres años, y desde entonces callaron del todo Quino y el buzón colombolavado@gmail.com. Hace unos días la endeble salud de Joaquín Lavado sufrió un nuevo tropiezo vascular, y confirmó así aquella verdad que declaró a la prensa al recibir el Premio Príncipe de Asturias 2014: “La vejez es una mierda”. El día 30 murió a los 88 años.

Un Gabo joven y flaco pudo inspirar al portero don Sosa.
Un Gabo joven y flaco pudo inspirar al portero don Sosa.

Nada más delicioso que coincidir a plenitud con un lugar común, y en este caso se ha repicado hasta el cansancio el réquiem de que “Quino se nos fue, pero nos queda Mafalda”. Es cierto. Decimos Mafalda para referirnos a la obra de Quino, así como decimos Macondo para hablar de los libros de García Márquez, dos nombres paralelos. No estamos simplemente ante un gran dibujante y un gran escritor sino ante creadores de mundos. Quino no se limitó a inventar una niña acuciada por pensamientos peligrosos y su singular pandilla de amigos, sino un universo que gira alrededor de un barrio de clase media y sus habitantes. La palabra clave es barrio. Así como Macondo respira en un mundo rural, el de Quino lleva una vida inquieta en una zona urbana. Sin embargo, nos reconocemos por igual en los personajes de aquella aldea de veinte casas de barro y cañabrava y en los que discurren por las calles, parques y tiendas de ciudad. Tanto Quino como García Márquez lograron tomar el pulso a categorías universales sin salir de estrechas geografías. Por eso descifran la humanidad y nos involucran, Consta que se tenían mutuo aprecio: Gabo le dirigió una cariñosa carta en que aconsejaba la quinoterapia como remedio y Quino dibujó un portero de edificio que parece inspirado en un joven y flaco GGM. Me temo, sin embargo, que nunca llegaron a conocerse.

No es por dármelas, pero yo sí tuve esa fortuna. Fui amigo de Quino y vecino de su apartamento en Madrid. Él y Alicia vivían en el último piso, donde la luz entraba clara y sin condiciones. En Madrid, en Milán o en Buenos Aires sus historias dibujadas se nutrían de lo que informaban las noticias y veía en sus silenciosos paseos por el vecindario. Ese era su primer talento: la observación. El segundo era trasladar al papel la realidad que le contaban sus ojos, cada vez más agraviados por problemas y enfermedades. Pese a ser gente discreta y reservada, Quino y señora garbeaban al aire libre mucho más de lo que dice la leyenda. Les gustaba salir a caminar y disfrutaban de los restaurantes buenos pero no ostentosos, las películas de países extraños, algunos conciertos, las reuniones caseras con unos pocos amigos y la vida del barrio. Con frecuencia me topaba al “papá de Mafalda” en el mercado de las frutas, donde negociaba naranjas valencianas, melocotones de Calanda, cerezas picotas extremeñas y chirimoyas granadinas. También lo veía entrar a la farmacia atraído por las medicinas y las farmaceutas, a las que bautizó “hadas buenas”. Pese a ser argentinos, él y su mujer eran más de pescado que de carne. Y, sin que Mafalda se enterase, frecuentaban las sopas. De hecho, Alicia se lucía con un gazpacho de pepino y menta, plato previo a su famoso risotto al funghi.

Su relación duró más de medio siglo. Funcionaba como un perfecto mecanismo conyugal cuya portavoz era ella mientras él (“ultratímido”, según su colega Miguel Repiso, Rep) disfrutaba de esa protección. Cierto día entró una llamada de España a un programa argentino de radio, y una voz femenina con acento andaluz afirmó que su marido era primo de Quino, pero este no lo sabía. Alicia comentó que debía de tratarse de una patraña, ante lo cual el dibujante opinó con una sonrisa burlona: “Pues yo creo que sí es primo mío, porque una de las características de mi familia es que los varones callamos y las señoras hablan por nosotros”. Ni Susanita lo habría analizado mejor.

Como Quino trabajaba hacia adentro –por eso era tan callado– excavaba preocupaciones dignas de Mafalda y preguntas típicas de Miguelito. He recordado en algún artículo aquella vez que lo visité en Buenos Aires. De repente me disparó el siguiente cañonazo:

–¿Vos le has visto el culo a Dios?

Confesé que nunca había meditado sobre una teología tan concreta y de ubicación tan incómoda.

–Pensá: si Dios tiene rostro y cubre el cuerpo con una túnica, es normal que tenga culo, ¿no te parece? Aquí lo tenés.

Detalle de la pintura de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina
Detalle de la pintura de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina

Y me mostró en un libro cierto detalle de la Capilla Sixtina donde, hace cinco siglos, Miguel Ángel pintó a Dios en trance de exhibir las divinas nalgas al Papa y al resto de la humanidad. No sé si gozó más con mi sorpresa o con el atrevimiento del pintor.

Ha sido emocionante palpar la condolencia general por la muerte de Quino. En Argentina y en España, sus dos patrias, fueron días de luto popular. En Colombia no hubo medio de comunicación que no le dedicara tiempo, espacio o gigas. Sus personajes nos han dado muchas lecciones. Pero pocas tan valiosas como fue la vida de este gran señor de maneras amables, convicciones progresistas, defensor de los pequeños seres, humanista sencillo y filósofo de nuestro tiempo. Hace cuatro días se marchó. “¡La pucha!” como diría la nena.

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