POBRE FÚTBOL RICO
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Esta semana un proyecto plutocrático estuvo a punto de dinamitar la estructura sesquicentenaria del fútbol.

Por Daniel Samper Pizano

¿Qué no se ha dicho del fútbol, ese deporte y espectáculo que lleva más de 150 años cautivando al mundo? Que es una metáfora de la guerra gracias a la cual se evitan guerras… Que, al contrario (y hay pruebas históricas), las provoca… Que es una metáfora del sexo: el balón penetra en la esquiva portería y provoca un clímax de dicha… Que es una metáfora de la vida: a veces pierden los poderosos y ganan los humildes, y suceden sorpresas reconfortantes, alegrías, tristezas y siempre la esperanza de una reivindicación.

Todas estas interpretaciones son válidas. Y ahora se confirma lo que muchos temíamos: que el fútbol se ha convertido en metáfora despiadada de la sociedad capitalista. Arriba, una cumbre poderosa de clubes con presupuestos colosales. Y desde allí, ladera abajo, en movimiento opuesto al que esponjó a este deporte de trabajadores, se ensancha y pierde interés económico el mundo del balón a medida que rueda de la división profesional a las aficionadas y remata hermosamente todos los domingos en los parques, donde juegan abuelos contra nietos, primas contra primos y solteros contra casados. Hace ocho días, por sorpresa, doce grandes equipos europeos (seis ingleses, tres españoles y tres italianos) anunciaron que habían edificado un lujoso penthouse en la cúspide de la pirámide. Nacía la Superliga Europea (SLE). Un grupito aristocrático de equipos escogidos por sus propios dueños se preparaba para explotar falsas rivalidades en una noria incestuosa e infinita donde ninguno perdía del todo ni ganaba totalmente.

Para mayor imitación del capitalismo brutal, los miembros del clan se hacen cada vez más poderosos y adinerados, mientras allá abajo, en la ancha llanura, los demás intentan sobrevivir. No es extraño que el arquitecto de la SLE sea Florentino Pérez, cacao de la construcción y presidente del Real Madrid, poderoso empresario que levantó en el club un cerco a los socios del común.

La televisión y la publicidad empujan y se benefician del auge del fútbol. Yo agradezco en nombre de los aficionados del universo esta llave que nos permite ver en directo casi todos los partidos interesantes del mundo. Pero con la SLE la propuesta era distinta. No era ya la televisión al servicio del fútbol, sino un circo futbolero cerrado y monopólico al servicio de las cámaras. El fútbol como metáfora de la plutocracia.

El cortejo del gran capital a este deporte viene desde hace algunas décadas. En Colombia la mafia se percató pronto del poder que da un estadio lleno. En Italia las empresas afilaron los dientes. En el fútbol español desembarcó una legión de constructores. Países sin pasado futbolístico notorio, como Estados Unidos, China y los Estados petroleros, compraron equipos famosos. La SLE era la expresión delirante del capitalismo aplicada al balompié, el tiro de gracia al fútbol competitivo. Pero la jugada acabó en autogol. El discriminador experimento, que corroía la esencia misma de la competencia y alzaba una barrera insuperable entre ricos y pobres, se derrumbó en 72 horas al retirarse los clubes ingleses de la aventura, abrumados por el escándalo y la indignación general.

El fiasco invita a extraer lecciones e intercambiarlas con la vida política e institucional.

Primero: la importancia de la transparencia. El parto de este torneo, hijo de un tongo múltiple, se anunció con nocturnidad, alevosía y pandemia, en sospechosa actitud. Segundo: la codicia, motor del capitalismo, es odiosa y desborda el lindero de lo tolerable. Aquí lo fue. Tercero: no puede arrasarse con todo; hasta el negocio del fútbol profesional, a menudo mezquino, conserva valores fundacionales. Cuarto: hay límites. La frágil telaraña del amor por el deporte resistió el balanceo de muchos paquidermos, pero no soportó al dinosaurio de este campeonato hechizo. Quinto: el peligro de la exclusión. El Frente Nacional fue una SLE entre los dos partidos tradicionales, y marginar al resto dinamitó el país. Sexto: la demagogia al final se desmorona. Aquello de que “los grandes equipos estamos quebrados” y “esto beneficiará a todos” sonó a hojalata desde el principio. ¡Pobre fútbol rico! Nadie se tragó semejante rueda de molino. Séptimo: al frente del fútbol y de la cosa pública hay que tener personas limpias y curadas de intereses torcidos. Octavo: Aunque parezca increíble, los hinchas aún tienen poder. El Arsenal se retiró de la rosca de oro por protestas de sus fanáticos, y a ellos ofreció disculpas. Pero hay que protegerlos más de los tiburones del dinero, vincularlos por ley a ciertas decisiones y democratizar las dictaduras que hoy prevalecen en los clubes.

Vacunémonos contra la metástasis futbolística de las sociedades secuestradas por el capitalismo más bárbaro. Impidamos que los dómines del negocio sigan rebajando el juego más popular y querido del mundo a una monstruosa metáfora del verdadero fútbol. Aprovechemos el momento “de efervescencia y calor” para plantear reformas radicales a la propiedad de los clubes. Tradicionales instituciones con millones de seguidores no pueden seguir siendo vulgar mercancía de unos pocos negociantes de corbata de seda.

Normalidad a la colombiana

Orgullosos estábamos por la organización oficial de las vacunas cuando nos sorprendió la noticia de que se acabaron las dosis y quedamos viudos del segundo refuerzo. ¿Imprevisión, engaño, irresponsabilidad? Al mismo tiempo, algunas EPS vacunaban al afiliado que se acercara a averiguar la nueva fecha. El comentario del Gobierno ante este caos es graciosísimo: “Hay normalidad”. Sí, la despelotada normalidad colombiana.

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