PAPEL Y TINTA
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Por Daniel Samper Pizano

Cuando yo era un escolar desjuiciado hacía versos por encargo. La clientela llegaba gracias al boca a boca, pues disfrutaba en el colegio de algún prestigio como poeta. El interesado me buscaba a la hora de recreo, y no le era difícil hallarme porque casi siempre estaba pateando un balón en improvisadas canchas de fútbol. Se trataba, generalmente, de algún alumno de los últimos años de bachillero que pretendía impresionar a su traga con el viejo truco de la lírica. El enamorado me pasaba el nombre de la niña de sus trasnochos y fijábamos un precio pagadero en Charmes, chocolates Bonfruit o un espantoso forraje para párvulos llamado Alimentón. Yo sería el negro y el poema llevaría la firma del parroquiano. Reserva garantizada. Al día siguiente, en el mismo sitio y hora, entregaba yo el poema, escrito en papel cuadriculado del cuaderno de tareas con mi caligrafía de once o doce años; el donjuán leía los versos y, si la obra le gustaba, procedía a cancelar el estipendio en el puesto de caramelos. Era un contrato más limpio que agua de páramo: una parte pergeñaba cuatro rimas en un papel, la contraparte remuneraba en especie el poético producto y asunto cerrado.

No se imaginan cuánto echo de menos aquella elemental transacción ahora, cuando soy columnista de Los Danieles y entre los renglones que escribo y el público que los oye o lee cruje una sofisticada batería de aparatos y servicios: corriente eléctrica, ondas de internet, antenas, computadores, módems, enchufes, aplicaciones, celulares, cámaras, micrófonos e inagotable paciencia. No es como el papel del cuaderno de tareas, que solo exigía el complemento de un lápiz.

Comento lo anterior porque me ha sucedido en los últimos meses que la abigarrada red de equipos que empleo para comunicarme con ustedes funciona a la perfección hasta el momento en que llega mi turno de participar. En ese instante algo acontece y la pantalla se convierte en un tablero negro, o la imagen se borra, o dejo de oír a mis interlocutores o, lo más frecuente, un timbre gangoso, débil y tardío ataca a mis palabras: en la pantalla aparecen los gestos del que habla, pero nadie me oye. Hace una semana volvió a ocurrir el percance y algunas buenas almas han propuesto organizar una vaca para costear y poner a mi disposición equipos más fiables.

Yo les agradezco mucho, pero el problema no es de equipos ni servicios. En los últimos meses he gastado una fortuna en cajitas electrónicas, cables, antenas satelitales parecidas a gigantescas paelleras, antenas que escrutan el espacio interestelar, micrófonos capaces de captar el suspiro de un mosquito, líneas carísimas de teléfonos y una vaina fantasmal denominada datos. Nada ofrece garantía. Solo creo en la ley de Murphy: si algo puede fallar, fallará. Hace ocho días uno de mis perros desconectó el módem sin que me percatara y quedé a expensas de un transmisor lejano: la visión se nubló y se entrecortó el sonido. Al día siguiente lo arregló el técnico con un simple movimiento de mano, una mirada de reproche y una humillante explicación acerca de la trascendencia de los enchufes. De mi parte, un cheque de cinco cifras y fuertes epítetos contra el perro.

En el fondo, la almendra del asunto no es el sistema. El problema soy yo, que me eduqué y crecí en tiempos primitivos y, sin dejar de reconocer las maravillas de la informática –entre ellas el computador que teclo con destreza olímpica—, acepto que soy un analfabeto tecnológico. Mi patria no es el complicado mundo de equipos, pantallas y programas que nos rodea, sino un invento milenario e indestructible, blindado por poquísimos requisitos, que prácticamente no ha cambiado desde que nació y cuyo ADN es el mismo de mis poemas escolares: papel y tinta. Se llama libro. Gracias a El infinito en un junco, fascinante mosaico de ensayos escrito por la filóloga española Irene Vallejo, puedo hablarles de él y contarles que la teja de barro con inscripciones es la tatarabuela del libro; el rollo egipcio, el bisabuelo; el pergamino, el abuelo; el códice, el padre, y el papel entintado es la criatura*. Ese libro que hoy conocemos tiene dos mil años de edad y ningún otro medio ha podido reemplazarlo. Ni siquiera su bastardo hijo electrónico.

La jaula pandémica me dio oportunidad de rescatar volúmenes olvidados de mi biblioteca. He catado de nuevo los olores, las sorpresas y la nobleza de estos libros que esperan iluminar y entretener a sus lectores algunos milenios más. No necesitan casi nada para lograrlo. Ni siquiera enchufes. Han visto surgir y morir numerosos inventos, como pasó con los archivos de casetera, de CD, de disquete, de MP4, hoy todos ilegibles. Los libros seguirán siendo uno de los objetos imprescindibles de la humanidad, como el fuego, la rueda o ese papel con carboncillo que me garantizaba el mecato cuando era poeta de alquiler y escolar desjuiciado. Qué alivio.

ESQUIRLAS. 1. ¿Quién fiscaliza a nuestra insólita Fiscalía? ¿Quién examina el constante movimiento de degradaciones, promociones y traslados cariñosos que discierne su director Barbosa como si se tratara de un bazar o su finca particular? ¿Quién paga sus videos promocionales? 2. El asesinato del apóstol ambientalista Gonzalo Cardona, protector de la fauna del Valle del Cauca, es una nueva vergüenza nacional. Colombia tiene el récord mundial de crímenes contra defensores del medio ambiente. ¿Quién los cuida, quién los mata, quién permite que los maten? 3. Los que montan rumbas por lucro en plena pandemia no necesitan educación cívica sino un juez penal. 4. ¿En qué momento de ilegalidad decidió el Gobierno que son secretos los contratos con las farmacéuticas multinacionales pagados con nuestro dinero?

* Irene Vallejo dialogará con Héctor Abad en el Festival Hay de Cartagena (virtual) el 29 de enero a las 9:00 am.

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