OCURRIÓ EN MI PESEBRE
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Por Daniel Samper Pizano

Una larga vida de columnista me indujo a escribir cada año algún tema decembrino. Escogí de esa treintena de notas la que más me gusta para la primera navidad de Los Danieles. Este es, pues, mi artículo navideño favorito, que apareció en El Tiempo en diciembre de 1983 y fue tema de un capítulo de Dejémonos de vainas, comedia que pronto volverá al aire.

El problema fue que lo compramos de contrabando. El tipo nos aseguró que era irrompible y fosforescente. Yo me dejé convencer por lo fosforescente. Mis hijos, por lo irrompible. María Angélica se pidió desempacar la caja.

–¡Papá! –gritó con horror después de examinar el contenido-. ¡Nos salió el pesebre chiviado!

Todos corrimos a cerciorarnos de la tragedia. En efecto. Las figuritas eran irrompibles, las figuritas eran fosforescentes, pero faltaban figuritas. Lo primero que notamos era que no había mula. Estoy por pesar que Rodrigo Lara Bonilla ha llegado al extremo de encarcelar a las mulas de los pesebres. Poco después, Daniel cayó en cuenta de que los tres reyes magos eran blancos. “¡Se decoloró Baltasar!”, comentó con sorpresa. Yo le rapé los muñecos. Sí, los tres parecían escandinavos. El rey negro no aparecía en el grupo. No entendíamos qué estaba ocurriendo, hasta que Juanita, que es tan analítica, tuvo un rapto de inspiración. Revisó la caja y la exhibió triunfalmente. “¡Ya está!”. Juanita tenía razón. En la caja decía: Made in USA.

Lo peor, sin embargo, aún estaba por llegar. Cuando María Angélica acabó de desempacar los muñecos vimos que, en vez de un Niño Dios, había dos. Eran casi idénticos: la carita sonriente bajo bucles dorados, la barriga empelotica y los bracitos abiertos, como suelen hacerlo los cantantes de música vallenata. La única diferencia era que el uno tenía el pañal blanco mientras que el pañal del otro era ligeramente rosado. La presencia de los dos Niños Dios acabó de desconcertarnos.

–Les advertí que no compraran pesebres de contrabando –sentenció mi mujer, que acababa de llegar de San Andresito cargada de regalos.

–Ya sé -explicó Daniel después de algunos momentos de reflexión–. La caja viene con Niño Dios de repuesto por si Herodes logra atrapar a uno.

Todos miramos a Daniel con severidad y yo me pregunté si no habría hecho trampa en el examen de historia sagrada previo a la primera comunión. Si la arquidiócesis llegaba a enterarse, lo obligaría a devolver el sacramento.

Se propusieron con timidez otras teorías. El sacrílego del Daniel llego a decir que el Niño Dios de pañal rosado era para los pesebres de santafereños. Acabamos por convencernos de que la única explicación era la que había gritado María Angélica desde un comienzo: nos había salido el pesebre chiviado.

–Muy bien –concluí–. Juanita, bota uno de los dos Niños Dios a la caneca y dedíquense a armar el pesebre.

Juanita se puso pálida y musitó cualquier disculpa. Le dije a María Angélica que entonces lo botara ella. No podía. Tenía que ir al baño urgentemente. Daniel salió a perderse antes de que pudiera encomendarle el mandado, y mi mujer se encerró a hacerse el blower. Yo sentí que una angustia muy rara me atenazaba la garganta. Los reuní a gritos y les dije:

–No, mis queridos. A mí no me dejan este problemita. No seré yo quien decida cuál es el Niño Dios que será expulsado del pesebre.

–Pues nosotros tampoco –contestó Juanita por todos–. Les hemos cogido cariño a ambos, y personalmente no tengo corazón para botar a uno y dejar al otro.

Los demás asintieron sin decir palabra. Me di cuenta de que toda la responsabilidad de jefe del hogar acababa de caer sobre mis hombros con el peso de una roca o de un editorial de Nueva Frontera. Tenía que comportarme a la altura de mi misión.

–Está bien -acepté con valeroso aplomo–. Esta noche resolveré cuál de los dos se va.

Pero esa noche no dormí. Me obsesionaba la imagen del pobre Niño Dios rechazado. Lo veía en la caneca de la basura entre hollejos de papa, cáscaras de plátano y panfletos publicitarios para compras a crédito, mientras el otro, el escogido, presidía plácidamente el pesebre tibio. El amanecer me encontró ojeroso y agitado releyendo aquel famoso poema de los padres que se ven sometidos al desgarrador trance de entregar a uno de sus hijos. “¿Cuál ha de ser, cuál ha de ser, Dios mío?”, sollozaba yo por lo bajo:

Fuimos a la camita donde, juntos,
formaban dos un grupo encantador.
¡Tan lindos, tan pequeños, tan queridos!
¡Y cómo, cuando están así dormidos,
inspiran más ternura y compasión!

No aguanté más. Llorando, desperté a mi mujer y le rogué que tomara ella la decisión.

–Ni de riesgo –contestó–. Ni aunque me llamara Sofía, como la señora de esa película tan terrible.

Me quedaba una solución. Sin esperar a vestirme, bajé en busca del portero del edificio, un atarván sin escrúpulos que ha echado bala tres veces a quienes parquean sin su permiso en la acera de enfrente. Le ofrecí dos mil pesos si se llevaba a uno de los Niños Dios, el que él quisiera.

–El doctor me confunde con Herodes –dijo el guache orgullosamente, y siguió hurgándose los dientes con un palillo.

Al mediodía, desesperado, convoqué a los niños. Alguien propuso una solución y resolvimos adoptarla. Nos ha traído tanta dicha, que estoy por pensar que fue inspiración divina. Ahora rezamos la novena con más ternura que nunca y la casa vive llena de niños. Son los niños del barrio, que llegan en vespertinas manadas porque ha corrido la bola de que en el pesebre de los Samper la Virgen tuvo mellizos.

ESQUIRLAS.  1. Exquisita final entre rojos del torneo de fútbol colombiano. No me cabe duda de que América será un digno subcampeón y que Santa Fe impondrá su alcurnia. Qué lástima que en este año tan duro en que están cerrados y sellados los estadios ni los dirigentes deportivos ni la televisión privada hayan tenido la amplitud de miras y la grandeza de transmitir las finales en abierto. 2. La salida de Julia Miranda de la jefatura de Parques Nacionales y la banal explicación que ofrece el presidente Duque son otro atentado ecológico.

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