NUESTROS NIÑOS Y OTROS NIÑOS
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Por Daniel Samper Pizano

Hay en el Museo del Prado un cuadro de Velázquez titulado La venerable madre Jerónima de la Fuente, donde una monja, seca cual uva pasa, esgrime un crucifijo dispuesta a romper con él cráneos infieles. Recordé a la monjita guerrera al pensar en la demagogia creciente e hipócrita que se emplea en Colombia dizque para defender a nuestros niños. Es esta, sin duda, otra forma viciosa de abuso infantil.

“Madre Jerónima”, por Velázquez.

Pienso, por ejemplo, en el vendaval que desató el viaje a San Andrés del fiscal general y su familia y el contralor y su señora. Una columnista advierte: “¡Con la hija menor de edad del fiscal no se metan!”. El tonito amenazador y la actitud de guardiana sugerirían que la prensa ha cometido atrocidades con la niña. Confieso que no he visto en la prensa ni la foto, ni el nombre completo, ni detalles personales y ni siquiera la edad exacta de la chica. Aclaro algunos puntos, antes de que los especialistas en demagogia infantil me califiquen de Herodes bogotano. Para empezar: lo poco que trascendió sobre la niña y su amiga ha sido en buena parte información proporcionada por sus propios allegados. Segundo: no constituye atentado alguno simplemente mencionar que en el ya célebre viaje hubo presencia infantil. Este dato es el que confiere un olor de paseo de familia al periplo y el contribuyente tiene derecho a saber quién pasea con su dinero. Afirma el fiscal que él pagó los gastos. Pero ¿por qué se molestó en hacerlo? ¿No se trataba, pues, de un viaje oficial de trabajo?

Si se aplicara a los altos cargos del Estado la receta que expidió el desconcertante general Zapateiro a los sargentos berracos, el fiscal ha debido reconocer, ajúa, que falló, que lo lamenta, que se somete a las consecuencias y que no volverá a ocurrir. En vez de ello, el doctor Francisco Barbosa montó un penoso acto público donde declaró que “antes que fiscal soy padre”. Como ejemplo de amor paterno es interesante; pero no coincide con lo que la ley exige a los ciudadanos, y mucho menos a los funcionarios públicos. La paternidad no es, por ejemplo, causa válida para violar la cuarentena. Lo más insólito es que remató sus descargos con un epílogo de autoflagelación: “Si el objetivo es apedrearme por querer a mi hija, por ser padre de familia, recibo las piedras con tranquilidad”. En serio: ¿es este el fiscal que merecemos? ¿El Estado necesita padres amantísimos o funcionarios pulcros y eficaces? ¿Al gobierno de IDM se iba a entrar por méritos+probidad o por amistad+identidad política?

Las palabras revelan el fogón de demagogia que algunos sectores atizan respecto a la protección de la niñez. Tales sectores suelen coincidir con la derecha nacional, que se comporta como si hubiese adquirido los derechos exclusivos de los niños colombianos. En reciente artículo aparecido en Lalínea/del medio comenta Felipe González que desde el nefasto plebiscito de 2016 los enemigos del acuerdo de paz lograron “apropiarse de los niños de Colombia con la figura retórica de nuestros niños” y siguen apoyados en esta muletilla.

Falta espacio para recordar los numerosos casos en que los dómines de la derecha han usado a nuestros niños para golpear a sus adversarios, a veces con infames recursos. ¿Alguien pretende comentar el viaje oficial de la familia? ¡Cuidadito! Le pueden asestar un niñazo en el ojo. Pero así como, en su cínico entender, la mención de un nombre cercano a ellos equivale a una violación carnal, para los demás niños, los ajenos, no existen miramientos parecidos. Mientras nuestros niños se alimentan bien, a los demás niños les regalan comida basura. (Sobre esto volveré). Hay que ver las escenas en que aparece el presidente regalando besos y dulces a los famélicos negritos del Chocó o a los chinos de labriegos pobres. Para esta propaganda, que se filma con dineros públicos, no se exigen autorizaciones paternas, ni permiso de Bienestar Familiar, ni pixelado de rostros. Como decía Mafalda, “Todos los niños son iguales, pero hay unos más iguales que otros”.

Cierto: la demagogia no es solo patrimonio de la derecha; casi todos los políticos en campaña “besan y se van”, como en el verso de Neruda. Pero es hora de preguntarse si algunos de los peores enemigos de los menores no son quienes se valen de ellos como arma de combate, según lo hace con el crucifijo la monja de Velázquez. Me temo que el episodio del fiscal y las contradicciones en que ha incurrido durante su breve mandato seguirán repitiéndose y se extenderán a otros despachos. Es lo que ocurre cuando las instituciones destinadas al control se adjudican a los amiguitos del presidente. Duque, que escogió al fiscal, debería responder a sus electores.

De cualquier modo, si llego a tener algún tropiezo con la ley o los protocolos, llevo preparada mi respuesta: “Antes que ciudadano soy padre; y, además, abuelo; y, por si fuera poco (juro que es verdad), tío bisabuelo”.

Esquirlas: 1. ¿No es curioso que en su último discurso Donald Trump haya atacado a la izquierda porque “pretende adoctrinar a nuestros niños?” Otro con © sobre la infancia… 2. Admiro a la alcaldesa de Bogotá, pero el modo como trató al comandante de la Policía Metropolitana en reciente rueda de prensa es grosero, inaceptable y revela un inquietante ramalazo autoritario.

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