¿NO LES DA PENA CON LA VIRGEN?
Compartir contenido:

Por Daniel Samper Pizano

Sorpresa: Colombia ya forma parte de otra lista mundial. Una lista de la que es imposible mostrarse orgulloso. La publica Humanists International, entidad defensora de la libertad, y aparecen allí los países donde (teocracias aparte) se limita la libertad de pensamiento y expresión por asunto de credos y no existe divorcio entre Estado y religión. Colombia sube al vergonzoso podio por una manotada de casos de persecución de conciencias. Es el único país de América, y a su lado posan siete naciones africanas o asiáticas. Lo peor es que ni siquiera están incluidos en el expediente colombiano ciertos episodios recientes de nuestro gobierno que atropellan la barrera entre el poder civil y la religión. Por ejemplo, cuando el presidente Duque puso en manos de la Virgen de Chiquinquirá la lucha contra la pandemia: “Esta mañana me desperté pidiéndole a la patrona de Colombia que nos consagre como sociedad, que consagre a nuestras familias, a nuestros hijos, hermanos, abuelos, a nosotros, quienes tenemos responsabilidades, y nos dé salud para guiar los destinos de la nación”.

O cuando, mediante un trino pío (excusen la redundancia) la vicepresidenta reforzó el equipo sobrenatural con la Virgen de Fátima: “Consagramos nuestro país a Nuestra Señora de Fátima, elevando plegarias por Colombia para que nos ayude a frenar el avance de esta pandemia y que Dios mitigue el sufrimiento de los enfermos, el dolor de los que perdieron seres amados y nos permita potenciar nuestra economía”.

O cuando la ministra del Interior ayudó a promover una campaña de oración por Colombia. Como el Estado no realizó ningún gasto, adujo, no hay problema. Pero, prudentísima señora, aparte de que para impulsar esta empresa mística se invirtieron horas de funcionarios que todos pagamos, la Constitución Nacional prohíbe terminantemente la intromisión religiosa en el Estado, con gastos o sin ellos: “Artículo 19. Se garantiza la libertad de cultos. Toda persona tiene derecho a profesar libremente su religión y a difundirla en forma individual o colectiva. Todas las confesiones religiosas son igualmente libres ante la ley”. La Corte Constitucional precisó así el alcance de esta norma: Colombia “es un Estado laico. Admitir otra interpretación sería incurrir en una contradicción lógica”.

Si la propaganda religiosa de Tele Duque y sus cofrades no viola la Constitución, entonces que venga la Virgen de Guadalupe y lo explique. No nos engañemos: es el viejo espíritu medieval y sectario que aún se incuba en algunas instituciones. La Fiscalía General, por ejemplo, nombró como tercer capitán a un prosélito del exprocurador Alejandro Ordóñez: un funcionario que, cuando Netflix transmitió una versión paródica de la vida de Cristo, lanzó el siguiente trino: “Levanto mi voz airada contra el irrespeto y la agresión de Netflix a la Santidad de Jesucristo, Hijo de Dios, y a la Virgen María, fundamento de la Fe profesada por millones de católicos en el mundo entero”. He ahí la radiografía de un fanático.

Quiero aclarar que no escribo estas líneas por manía anticristiana. Si los políticos que se la pasan dormitando en misa y expidiendo bendiciones gobernaran guiados por los preceptos del Evangelio, viviríamos en una sociedad mejor. Lo indignante es que tanta bendición, tanta oración y tanta invocación mariana y santoral son, a menudo, un modo desleal de hacer política. Con cumplir el no matarás, el no robarás y el no mentirás tendríamos un programa de gobierno memorable. Pero muchos de los que besan escapularios promueven bandas criminales, se nutren de la corrupción y viven del engaño. Yo respaldaría a un gobierno que no hiciera reformas tributarias a favor de multimillonarios sino que aplicara las palabras de Cristo: “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre el reino de los cielos” (Mateo 19: 23-30). Y que no sembrara noticias falsas desde despachos oficiales y siniestros sótanos porque “la verdad os hará libres” (Juan 8: 31-38). Y, sobre todo, que no invocara en forma constante a la corte celestial, porque Cristo nos enseñó que “no todo el que dice ‘Señor, Señor’ entrará en el reino de Dios” (Mateo 7:21). Atenidos. De veras: ¿no les da pena con la Virgen?

Descarten, pues, el repudio a la religión como móvil de esta columna. Lo que rechazo es el uso hipócrita, taimado y populista de las resonancias religiosas. A la historia nacional le ha costado muy cara la llave entre política y púlpito como para permitir que siga ocurriendo.

ESQUIRLAS. 1. No nos está yendo mal a los adultos mayores desde que optamos por protestar. Una tutela nos devuelve los derechos que conculcó el Gobierno en un exceso de misericordia. Tampoco a quienes denunciamos la presencia irregular de soldados de Estados Unidos en Colombia: otra tutela ordena al ejecutivo que respete el criterio del Senado cuando se plantee la llegada de tropas extranjeras a territorio patrio. 2. Engreído. Durante un reciente paseo a San Andrés, el fiscal general, Francisco Barbosa, sostuvo que el suyo es “el segundo cargo más importante de esta nación”. Qué hinchazón, qué vanidad y qué ignorancia. Un profesor de Derecho me dice que el orden de prelación oficial es: presidente, vicepresidente, presidente del Congreso y presidentes de las Cortes. Uyuyuy con el fiscal…

Puede ver más contenidos de Daniel Samper Pizano ingresando aquí.

Compartir contenido:
error: El contenido está protegido