MI VIDA ENTRE BICHOS
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Por Daniel Samper Pizano

Hace un año largo, por recomendación médica, mi mujer y yo escapamos de Bogotá y nos refugiamos en una casita rural lejos de la ciudad. Llevamos comida y paciencia para varios meses, dispuestos a gozar la tranquila vida rústica mientras amainaba la peste. Empaqué, como aconsejaba Quevedo, unos “pocos pero doctos libros juntos”; preparé la música, encabezada por Elis Regina: “Quiero una casa de campo/ donde pueda mediar el tamaño de la paz”; y, con algunos chiros y un botiquín gordo, nos dispusimos a buscar, como fray Luis de León, la “descansada vida del que huye del mundanal ruido”.

Nunca he sido tipo de soledades ni ruralidades. Al principio me aterraban los bichos: perseguía a los cucarrones, empuñaba la chancleta alacranicida, pisaba suave para no irritar a las culebras y dormía mal por temor a los murciélagos. Con el tiempo nos acostumbramos a la vida silvestre. Dos gozques calentanos se volvieron nuestra inseparable compañía. Y aunque los inesperados cortes eléctricos, la ruidosa música de una casa cercana, la escasez de agua y la tímida señal de internet dificultaban las cosas, acabamos acostumbrados a la dieta sana y aburrida y al baño con agua fría. Lo único irremplazable eran los afectos. Solo mi familia cercana y un puñado de amigos conocían el nuevo número de mi celular.

Sin la interrupción de citófonos, llamadas ni carreritas al supermercado pude devorar durante las primeras semanas dos libros estupendos. Irene Vallejo, con su grata historia de los mamotretos antiguos (El infinito en un junco), y Guillermo Molina, con su fascinante trabajo Seriedad, risa y cultura en la poesía hispana de Nueva Granada, me hicieron pensar que la lectura tranquila en plena naturaleza era el zaguán del edén. Amé al hermano chimbilá, hice las paces con el hermano cucarrón y me negué a aniquilar al hermano alacrán y a la hermana culebra. Al comprobar la lírica felicidad que produce ver llover creí que había alcanzado el paraíso.

Pero el 20 de abril timbró el celular y reconocí la voz de mi hijo bienamado.

— Estoy aquí con tu admirado colega Daniel Coronell, y te tenemos una propuesta irresistible.

Y así fue. Ese día me olvidé de que era un viejo periodista retirado, de la tranquila vida campesina, de las lecturas en paz y de la madre naturaleza, y me lancé a la aventura de Los Danieles, donde me esperaban otras dichas… y otros bichos.

Como queríamos demostrarlo

Hace una semana, a raíz de que pedí la renuncia del fiscal general, la jefa de un hebdomadario antes prestigioso trinó en su cuenta, o mejor, cacareó en ella, y me llamó vejete, cucho, o algo así, y unas cuantas cosas más. A este ataque no tardó en colincharse, como hacían los gamines con los buses, Andrés Barreto, superintendente de Industria y Comercio (SIC), abogado personal del señor presidente y tesorero de su campaña, quien añadió a la diatriba de la alborotada dama la siguiente ñapa contra este columnista y su familia: “Un apellido que solo trae vergüenza”. Cinco días después intentó desmontarse por las orejas mediante uno de esos trinos sinuosos que nada valen si no van acompañados de una carta dimitente. Quizás le baste para no quedar mal del todo con la hermana media de Iván Duque, portadora de ese apellido “que solo trae vergüenza”. Pero no sirve para creer en su tardía y limitada lamentación. La experiencia enseña a dudar de las lágrimas de un arrogante en aprietos.

Como bien comentó Humberto de la Calle, su injuria recuerda a la damnatio memoriae (maldición de la memoria), brutal castigo romano que procuraba borrar toda huella de una persona y su parentela. Metidos en latines, añadamos que tal sanción, elevada al cubo, era de la misma categoría que la célebre falacia ad hominem (atacar a la persona en vez de rebatir sus ideas): una especie de falacia ad sanguine: estigmatizar a una estirpe o una colectividad extendiendo sobre ella el odio profesado contra una persona. El linchamiento por herencia, nada menos: un escupitajo que se amasa con la misma materia prima de la xenofobia y el racismo.

Me han propuesto que denuncie, que entutele, que demande, que empapele… ¿Ante quién? ¿Ante la procuradora, que es otra ficha de Duque? ¿Ante el fiscal, compinche de los dos anteriores? No. Cada quien es libre de agacharse a recoger la basura que quiera, y, tal vez por lo vejete, me duele la cintura cuando me inclino o me arrodillo. El problema lo tiene Iván Duque, promotor de este parcero suyo al que dos veces lanzó como candidato de Colombia a la Corte Penal Internacional y dos veces lo rajaron en el examen. Hace algunos días, los Danieles Samper, padre e hijo, preguntamos al presidente de la República qué medida va a tomar su gobierno respecto a un alto empleado que renueva y proclama la maldición de sangre de los tiempos neronianos. El silencio presidencial indica que no hará nada. (Recomiendo al respecto la columna de hoy de la profesora Catalina Botero) Los compañeritos de colegio y universidad de don Iván no solo monopolizan los principales cargos sino que tienen visa de impunidad para decir, hacer, gastar y malgastar cuanto se les antoje. Pero, eso sí, los “apellidos vergonzosos” y otros apellidos los sostenemos con nuestros impuestos, les damos de comer, los vestimos y les pagamos avión, carro y viajes. Acertadamente observó Vladdo que en un país serio estos errores se pagan con renuncia o destitución. En la patética Polombia, lo más probable es que promuevan al insultador a embajador o ministro.

Estos hechos demuestran lo que hemos alegado. Quod erat demonstrandum, concluían los latinos. Se prueba una vez más la perversa mediocridad que subió al poder en representación del Centro Democrático y de Álvaro Uribe. Se prueba que secuestró los mecanismos de control. Se demuestra, además, el quisquilloso espíritu de cuerpo que conecta a este alegre parche de cuates: usted critica al fiscal y automáticamente le salta al cuello el superintendente de Industria, que, dicho sea de paso, ya había sancionado a Daniel Samper Ospina pese al visceral prejuicio que le impedía tomar medidas imparciales. Prevaricatio se llama esta figura desde los romanos. De remate, se prueba el circuito cómplice entre el Gobierno y el órgano semanal de la derecha: si usted no le cae bien a la directora, los empleados de Duque surgen de los matorrales a asestarle garrotazos.

El fallido abogado de la SIC es lo de menos. Stultorum infinitus est numerus, decían in illo tempore: “El número de los tontos es infinito”. Y además, agrego yo, suelen escribir cartas a la reina de Inglaterra. Lo grave es todo lo demás: las zancadillas a la paz, la desprotección de los líderes sociales, los dislates en la política internacional, la absoluta incapacidad de autocrítica, la nueva reforma fiscal, la vacuidad, la egolatría, la mezquindad, la fanfarronería, el despilfarro, la manipulación tramposa del lenguaje… Y lo realmente alarmante es que ya esta caverna se prepara para perdurar en el trono cuatro o cuarenta o cuatrocientos años más.

Los ciudadanos tenemos que echarlos del poder a golpes de urna, a votazo limpio. Aún estamos a tiempo de organizarnos y lograrlo, como ocurrió con Donald Trump, su capo massimo.

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