LA GUERRA DEL BOSQUE
Compartir contenido:

Por Daniel Samper Pizano

Para Jimena, defensora del bosque.

Atención, amigos del medio ambiente: en los próximos días tendremos como protagonista a una criatura que perfora; en los próximos meses, a un animal que escarba; y en los próximos años, a un invento que vuela. Permítanme presentarles a la lombriz, el bisonte y la avioneta. Todos ellos tienen que ver con la guerra del bosque.

La lombriz. En 1881, veintidós años después de presentar su histórica tesis sobre la evolución del hombre, Charles Darwin escribió: “Dudo de que exista otro animal que haya jugado un papel tan importante en la historia del mundo”. No se refería al mono. Se refería a la lombriz. Desde mañana y durante toda la semana, miles de científicos y defensores de la naturaleza harán buenas las palabras de Darwin al celebrar el I Simposio Global sobre la Diversidad del Suelo, patrocinado por las Naciones Unidas. El tema no es el más apetitoso, pero su importancia resulta trascendental. Debajo del campo de fútbol y de las matas del monte yace un mundo habitado por una cuarta parte de las especies del planeta. En su laboratorio invisible brotan líquidos, se producen nutrientes y se descomponen materiales para aprovecharlos mejor. Sin ese jardín dinámico, húmedo y oscuro, se secarían y desaparecerían la tierra y los vegetales que de él viven.

Muchos organismos se encargan de lograrlo. La mayoría son microscópicos, pero otros saltan a la vista y se escurren de nuestras manos. Ninguno más activo y generoso que la lombriz de tierra, Lumbricus terrestres, reina del subsuelo. Si la belleza de los seres correspondiera a su laboriosidad, la lombriz se parecería a Naomi Campbell. Pero la naturaleza tiene ideas estéticas diferentes a la del hombre y por eso este animal resbaladizo y sinuoso provoca repulsión. Incansable tunelero, perfora el suelo, abre galerías e interconecta áreas, elementos y seres. Sus pasillos son clave para la fertilidad del humus. El problema de la lombriz es que el cambio climático y el maltrato de la tierra conspiran contra ella y su silencioso entorno. Un tercio de la superficie sembrable del planeta se halla severamente degradada y la agricultura intensiva echa a perder cada año 24 mil millones de toneladas de suelo fértil.

La humanidad reconoce la trascendencia del universo oculto bajo las hojas. La lombricultura comienza a desarrollarse. Colombia produce 100.000 toneladas de abono orgánico de lombriz (lombrinaza), que es poco, pero sostiene a varias familias campesinas. El problema consiste en que esta actividad, que por los colores del animalito podría denominarse economía rosada o morada, resulta poco sexi a los gobernantes y no da votos.

El bisonte. Hace miles de años los bisontes eran figuras principales del paisaje en Europa, Asia y América del Norte. Muchas cuevas milenarias muestran imágenes de figuras humanas acompañadas de estos gigantescos antepasados de los toros (un bisonte norteamericano pesa lo que dos reses de lidia). Millones de ellos deambulaban entonces por bosques y praderas. Su carne proveía de proteínas y vitaminas al cavernícola y ayudaban al medio ambiente de diversas maneras. Una se ha descubierto hace poco, justamente cuando ya se han extinguido seis de las ocho especies (ninguna de las cuales llegó a Colombia). Se relaciona con su voraz apetito que, apoyado por su fortaleza, le permite despejar de hojas, ramitas y raíces la superficie de los bosques. Cada ejemplar consume cerca de 30 kilos diarios de vegetación y los convierte en abono fertilizador. Son verdaderas máquinas de limpiar y de abonar.

El santuario europeo del bisonte era la foresta de Bialowieza, entre Polonia y Bielorrusia, en cuyas 100.000 hectáreas pacían los colosales bóvidos. Hasta hace siglo y medio, manadas de estos animales salvajes recorrían la espesura, hasta que la cacería, las guerras y la tendencia humana a destruir redujeron la nutrida población de bisontes a unos pocos cientos. Oficialmente al último de Bialowieza se lo comieron unos soldados al terminar la I Guerra Mundial. Años después, los científicos se percataron de que en Europa se presentaban incendios forestales cada vez más bravos y extensos. El peor momento en la historia de los incendios forestales no fue propiamente en la Edad Media, cuando ocupaban buena parte del mapa y era difícil controlarlos, sino 2019. Los estudios ecológicos permitieron relacionar los incendios con la desaparición de las grandes manadas de bisontes y la merma notable de hatos de cabras y ovejas. Ahora Europa y Estados Unidos se empeñan en recuperar ese rumiante con el que tienen tan onerosa deuda. Aunque figuran como extinguidos, crecen ya 7.000 ejemplares en el mundo, 1.100 de ellos en Bialowieza. Mientras se fomenta su reproducción seguirán los incendios, provocados no solo por la ausencia de bisontes sino por la erosión, el calentamiento y otras causas. El ser humano aprende una vez más cuán fácilmente se destruye la naturaleza, cuán difícil es rehabilitarla y cómo el medio ambiente es una trama compleja de relaciones encadenadas.

La avioneta. Ajeno a todas estas lecciones, el gobierno colombiano se prepara a soltar desde el aire toneladas de glifosato en la selva amazónica para combatir los cocales. Está demostrado el perjuicio que causa este veneno antiecológico a los seres humanos y a la selva. Se supone que su uso está prohibido, y ni siquiera lo exige el reciente plan antidrogas de Joe Biden, quien advirtió que la lucha contra la cocaína debe hacerse protegiendo la salud, la ley y los derechos humanos. Pero nuestro Iván quiere reparar los errores de su apoyo a Donald Trump y ofrece a Estados Unidos la Amazonia colombiana como bandeja expiatoria. ¿Por qué no bombardear esta vez a las hordas consumidoras gringas que convirtieron a Colombia en su jíbaro?

Es triste ver que el bosque tiene más enemigos que protectores.

Puede ver más contenidos de Daniel Samper Pizano ingresando aquí.

Compartir contenido:
error: El contenido está protegido