LA CULTURA DEL DELIQUE
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Por Daniel Samper Pizano

Hace diez años, el 8 de abril de 2011, el profesor Antonio Calvo preparaba una clase de literatura española en su oficina de la universidad de Princeton, cerca de Nueva York. Nacido en España, Calvo llevaba diez de sus cuarenta y seis años enseñando en la famosa institución. Era pedagogo bueno y exigente, un tipo carismático y popular. De súbito ingresó al cubículo un guardia de seguridad, le quitó las llaves de la oficina, decomisó el computador con su correo electrónico y exigió que se alejara de los predios del campus. Era esa la brusca manera de informarle que quedaba suspendido como profesor, inesperada circunstancia que, además, podía costarle la deportación a su tierra natal.

Ni a él, ni a sus colegas ni a sus alumnos se les informó cuál era esa grave acusación que, sin siquiera oír explicaciones, acarreaba suspensión de contrato y destierro de los predios universitarios. Deprimido y avergonzado, el español se refugió en su pequeño apartamento de Nueva York. Cuatro días después hallaron su cadáver. Se había suicidado tasajeándose con un puñal. Inconmovible, el instituto se limitó a decir que, por respeto a su intimidad, no podía comentar la denuncia contra el difunto. En los salones corrían vagos rumores acerca de un problemático correo referido a “órganos genitales masculinos”.

La prensa averiguó cuáles eran los graves cargos. No, existía abuso sexual alguno. El enigmático señalamiento que condujo al suicido del lingüista había sido una frase coloquial española con la que Calvo regañaba en broma a sus alumnos varones cuando incumplían una tarea. Lo reveló su colega, el novelista y catedrático argentino Ricardo Piglia: había ocurrido un “malentendido cultural”, pues Calvo instó al alumno diciéndole, en buen castellano, “no te toques los cojones”. Es decir, lo que en Colombia equivaldría a “deja de mamar gallo y ponte a trabajar”. Añadió Piglia: “En los diez años de trabajo en la universidad no hubo un solo hecho que justificara esa decisión: se trató básicamente de una cuestión de interpretación de metáforas, dichos y estilos culturales”. (Me aterra pensar en lo que habría sido la interpretación rígida y descontextualizada de “mamar gallo”).

Princeton discrepó de Piglia; sin embargo, una década más tarde aún no ha aclarado qué hizo o dijo Calvo que mereciera el bochorno público, la sospecha de atroces atropellos y su decisión de quitarse la vida. Resulta difícil aceptar que tan lamentable descache cultural ocurriera en una reputada universidad estadounidense. Pero la verdad cruda es que las más ilustres instituciones educativas gringas fueron el fogón donde se cocinó y empezó a venderse al mundo una forma de censura que no nace de gobiernos ni religiones sino de una insoportable hiperestesia cultural. Aplicada al lenguaje, esta sensibilidad extrema y ridícula creó el monstruo de la corrección política y, en el campo social, despertó una obsesión tiquismiquis por prohibir toda molestia, aunque es capaz de producir cascadas de sangre para curar un rasguño. En el afán de proteger la fina susceptibilidad personal del estudiante que leyó tan fea palabra, Princeton se ahorró toda compasión con el profesor y lo deshonró sin acusaciones concretas hasta inducirlo al suicidio.

La filosofía de este modo de pensar consiste en evitar que la gente se delique. Y para no delicar a los delicados justifica arrasar a quienes suscitan incomodidades mínimas. No hablo de problemas sicológicos serios ni de trastornos que exigen la intervención de un siquiatra. Hablo de millones de delicaditos que andan ofendidos por el mundo dispuestos a castigar a quien perturbe su idea del sosiego y la planitud en las relaciones humanas. Autonombrados vigilantes de la pureza, rechazan todo asomo de humor y toda explicación transcultural coherente. En estos jardines neopuritanos los grandes guardianes son los anglosajones. Ya vimos cómo “solucionó” Princeton lo que no era más que la frase compinchona de un profesor a un alumno. Veamos otro caso.

En noviembre del año pasado, jugando en Inglaterra con el Manchester United, el delantero uruguayo Edinson Cavani metió un gran gol. Muchos admiradores le enviaron mensajes de felicitación que él respondió entusiasmado. Entre ellos se hallaba el de un amigo apodado “el Negrito”. Justamente así lo llamó Cavani en una de sus cuentas: “Gracias, Negrito”. In Spanish. De inmediato saltó el sapo. La Federación Inglesa de Fútbol acusó al uruguayo de racismo, lo multó con cerca de 150.000 dólares y lo sometió a un curso casi soviético de reeducación. Uruguay se encendió. La Academia de la Lengua criticó la ignorancia de los dirigentes ingleses. Los deportistas latinos explicaron que, lejos de ser un insulto, se trataba de un apelativo cariñoso. Pero a Cavani lo clavaron peor que si fuera un esclavista portugués del siglo XVIII.

En una encuesta que realizó al respecto un periódico colombiano, la gran mayoría de los consultados entendía que se trataba de un tratamiento amistoso e inofensivo. Me sorprendió saber que una de las pocas voces discrepantes era la de Francia Márquez, líder social afro y precandidata presidencial a quien admiro. Según ella, “gracias, Negrito” constituye “un gesto de racismo, así se diga que es con cariño”. ¿Cómo así, Francia? ¿Y en qué quedan “Negrita ven, prende la vela”, “¿Qué será lo que quiere el negro?”, “Mi negrita y la calentura”, la Negra Grande Colombia? ¿Acaso autorracismo? No deje que nos gobierne Princeton, Francia; no se delique por tonterías; no permita que la confundan los heraldos del no-me-mires, y concéntrese en luchar contra lo que hay que luchar: esa gente que, como diría el profesor Calvo, anda tocándonos los cojones. 

Esquirla. ¿Qué le pasó al bueno de Joe Biden, que ahora anda persiguiendo sin misericordia a inmigrantes haitianos y les echa encima la caballería, como sus antepasados lo hicieron con los indios?

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