HACE 80 AÑOS NACIMOS
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Por Daniel Samper Pizano

La semana que cambió la suerte del mundo empezó el domingo 7 de diciembre de 1941. En pocas horas iban a acontecer sucesos históricos que extendieron y escalaron la guerra desatada cuando Alemania invadió a Polonia dos años antes. Francia y Gran Bretaña rechazaron la agresión alemana y estalló la conflagración en Europa. Lo que ocurrió esa semana marcó el renacimiento de la civilización occidental.

Adolfo Hitler estaba al mismo tiempo optimista y nervioso.

Era optimista, porque había firmado quince meses atrás un tratado de apoyo mutuo con Japón e Italia y porque la máquina militar nazi era una aplanadora: había invadido buena parte de Europa, peleaba en el norte del África y había atacado en junio a la Unión Soviética. Al ánimo positivo de Hitler se sumaba un hecho trascendental: el bombardeo japonés de Pearl Harbor, destacamento insular de Estados Unidos en el Pacífico sur. Hasta ese momento Washington permanecía inquieto pero quieto: vale decir, animaba, asesoraba y suministraba apoyo a los aliados (con Gran Bretaña a la cabeza), pero no se movilizaba para pelear. 

Hitler era, pues, optimista. Pero también estaba preocupado. Sus tropas en el África sufrían inesperados reveses y Rusia mostraba que no era presa fácil de invasores, como lo supo Napoleón en 1812 y se enteraba el Führer 133 años después.

A las 24 horas del bombardeo de Pearl Harbor, Estados Unidos respondió a Japón con una declaración de guerra. Empero, el presidente Franklin D. Roosevelt y el Congreso se abstuvieron de extenderla a Europa. Mantenían su inmóvil posición pese a que Alemania se enseñoreaba en el Viejo Continente y los países atacados caían como mariposas. Hitler y su estado mayor intentaron descifrar el silencio norteamericano durante tres días.:

Del lunes 8 al miércoles 10 el núcleo central del III Reich adelantó jornadas de intenso análisis y debate. Las opiniones estaban divididas, pero todos sabían que se haría lo que resolviera Hitler. Y Hitler se equivocó. Optó por declarar la guerra a Estados Unidos y desafiar así a un país capaz de derrotarlo. Cuarenta y un meses más tarde, en abril de 1945, ya no existían el Führer, el III Reich ni los ejércitos alemanes. La capitulación de Japón tomaría 16 semanas más y otros cientos de miles de muertos.

Ahora, cuando se cumplen 80 años de aquellos días cruciales, una frase sintetiza lo ocurrido: “La decisión costó a Hitler la guerra”. ¿En qué consistió el error del orate asesino que intentaba apoderarse del mundo? ¿Por qué sentenció así su desgracia y la salvación de las democracias occidentales?

Numerosos artículos y no pocos libros intentan explicarlo hoy. Pero quizás ninguno lo hace de manera tan quirúrgica, detallada y convincente como el extenso ensayo que acaban de publicar dos historiadores británicos, Brendan Simms y Charlie Laderman, titulado Hitler’s American Gamble (algo así como La apuesta de Hitler sobre Estados Unidos o bien La jugada norteamericana de Hitler). Sostienen estos aclamados catedráticos que Hitler, poseído simultáneamente por la vanidad guerrera y el temor al desacierto, “se suicidó para evitar la muerte”. Metáfora esta que se hizo fúnebre realidad el 30 de abril de 1945, cuando el dictador se quitó la vida bajo las ruinas de Berlín.

Llevado por el éxito de su tropa y la entrada de Japón en la guerra, el Führer calculó que el silencio de Estados Unidos sobre su teatro principal de acciones era signo de debilidad y que, al obligar a Roosevelt a pelear en dos escenarios principales —el Pacífico Sur y Europa—, dividiría la fuerza estadounidense y duplicaría su vulnerabilidad. Le fallaron las cuentas. Primero: Estados Unidos se alistaba desde hacía años para responder al llamado de apoyo de Winston Churchill. Segundo: Pearl Harbor no fue la devastadora sorpresa que imaginaba Hitler; Estados Unidos esperaba una acción japonesa contra sus propiedades ultramarinas. Tercero: Alemania no sospechó que los comunistas soviéticos llegarían a aliarse con sus rivales capitalistas. Cuarto: tampoco soñó que la URSS sería capaz de resistir con valentía y sacrificio el ataque alemán y avanzar hasta tomarse Berlín. Quinto: ignoraban los nazis que los aliados conocían de antemano sus planes gracias a que el inglés Alan Turing y el alemán Richard Sorge —que espiaba para los soviéticos— habían descifrado los códigos secretos nazis.

La semana del 5 al 12 de diciembre de 1941 ha sido, de acuerdo con Simms y Laderman, la que más dramáticos cambios ha aportado en la historia de la humanidad. El resbalón de Hitler fue una de esas torpes jugadas de ajedrez que sentencian el partido y solo faltan la agonía y caída final de las piezas. 

Numerosas reflexiones surgen del libro y espantan de solo pensarlas. ¿Habría logrado Hitler doblegar a Inglaterra de no llegar los refuerzos de Estados Unidos? ¿Se habría consolidado el frente fascista mediterráneo con Mussolini, Franco y la Francia del colaborador Phillippe Pétain? Si la URSS no hubiera rechazado eficazmente el asedio a Moscú gracias a los códigos descifrados, ¿habría caído Rusia? 

Más conjeturas: un triunfo fascista en Europa probablemente habría producido metástasis en América Latina con personajes como Perón en la Argentina y Laureano Gómez en Colombia. Descartada la posibilidad posterior del Estado de Israel, la persecución a los judíos se habría extendido por el mundo entero. El alemán sería el idioma internacional dominante. Se habría extinguido la democracia como fórmula de gobierno.

La Historia está cruzada de accidentes, errores inesperados, cálculos fallidos y vicisitudes. Si hace ochenta años Hitler no se hubiera condenado a perder, el mundo sería hoy totalmente distinto. Y muchísimo peor.

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