EL TÚNEL DEL CHISGARABÍS
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Por Daniel Samper Pizano

Dante imaginó en La divina comedia que a la entrada del infierno cuelga el siguiente letrero: “Abandonad toda esperanza”. Reza una placa en la milenaria Chengcheng, la gran muralla china, cuyos 21 mil kilómetros serpentean por montañas y valles: “Una de las nuevas maravillas del mundo”. El Taj Majal, precioso monumento funeral indio, exhibe en su fachada una frase del Corán: “Oh, alma, estás ya en reposo”. La torre de la Vela, alto mirador de la Alhambra, tiene grabados unos versos: “No hay en la vida nada como la pena de ser ciego en Granada”.

Todas estas inscripciones son más famosas, pero ninguna es más grande, más ostentosa ni más esperpéntica que el letrero que empequeñece la boca del túnel de La Línea. No diré que este socavón es una obra menor. Por el contrario, con todas sus limitaciones, demoras y escándalos, constituye una hazaña para un país pobre como el nuestro taladrar casi nueve kilómetros en las tripas de una cordillera indomable. Pero ha sido tan torpe el Gobierno, que, al inaugurarla el 4 de septiembre, opacó la obra con un aviso gigantesco y saludo colectivo de dignatarios con manos en alto —cual equipo de ciclistas vencedores— en homenaje al presidente, la vicepresidenta, la ministra de Transporte, el director de Invías, el gobernador del Tolima, por cuyo territorio se entra, y el del Quindío, por donde se sale, porque este es hueco de una sola vía. La valla mide lo que una pista de baile y sospecho que, si el día está despejado, uno logra ver desde Calarcá el supercartelón adosado al acceso al túnel en Cajamarca. Es que hasta el pobre ciego de Granada (¿debo decir invidente andaluz?) podría leer las letras enormes de IVÁN DUQUE MÁRQUEZ e incluso las más pequeñas que proclaman “el túnel de los colombianos”.

Bueno: de los colombianos no, si nos atenemos a los créditos que otorga. Oficialmente, la obra lleva el nombre del maestro Darío Echandía, pero como él mismo afirmaba, “Colombia es un país de cafres” y algunos de ellos lo sepultaron bajo el colosal agravio del letrero. Entiendo que, aunque al menos cuatro gobiernos batallaron por el túnel, no se menciona a Juan Manuel Santos. En cambio, muy convenientemente ubicado (¿o debo decir posicionado?) aparece un busto en loor de Andrés Uriel Gallego, ministro de Obras Públicas de Álvaro Uribe Vélez. Abundan los documentos sobre la ineficiencia, irregularidades y tardanzas cometidas durante la administración del finado doctor Gallego. Entre ellos una declaración del del exministro Germán Vargas Lleras, según la cual la obra fue “mal planeada, mal diseñada, mal licitada, mal contratada y mal ejecutada”. Sin embargo, el cariño del sanedrín uribista le levantó este feo recuerdo donde lo proclama “El ingeniero de los grandes proyectos y de la Colombia profunda” (¿o debo decir Polombia?). Más profunda es la sorpresa que uno se lleva al ver que lo festejan como si el trabajo hubiera sido solo suyo y eficaz. Por eso digo que no es el túnel de los colombianos. Lo pagamos entre todos, es verdad, pero se lo apropiaron a punta de mensajes desmesurados Uribe y su combo, entre ellos el presidente actual, quizás el que menos participó en la proeza. Duque es un hombre ocupado y un talentoso comunicador. Por eso no creo que él haya tenido arte ni parte en el diseño del esperpéntico mural. Supongo que, cuando llegó a la inauguración, el dinosaurio ya estaba ahí, como en el cuento de Monterroso. Es la clásica lagartada antediluviana de empleado proactivo.

Vaya y venga que el presidente carezca de diseñadores gráficos con elegancia suficiente para saber que lo excesivo es grotesco. Lo imperdonable es que sus asesores jurídicos no hagan sonar la alarma cuando el gobierno está a punto de violar la ley. Por eso la valla se derrumbó, no física sino jurídicamente, pues el decreto 2759 de 1997 prohíbe “la colocación de placas o leyendas o la erección de monumentos destinados a la participación de los funcionarios en ejercicio en la construcción de obras públicas, a menos que así lo disponga una ley del Congreso.” Una joven abogada barranquillera, Marla Gutiérrez, denunció la megaplaca ante el Tribunal Administrativo de Atlántico y este ordenó el retiro del mural.

Invías ha reaccionado apelando ante el Consejo de Estado. Pero así como hubo tantas fallas técnicas en el túnel que no parecía obra de ingenieros sino de abogados, su apelación no parece obra de abogados sino de ingenieros. Como no existe una ley que cree la excepción favorable al anuncio, el gobierno alegó que la “solicitud de reconocimiento de los funcionarios fue producto de “una decisión libre y espontánea de la comunidad”. En otras palabras, que un grupo de personas puede suplantar la ley, teoría esta que echa por tierra las bases del Derecho desde los romanos. Y, dado que la demanda pregunta cuánto costó el paquidérmico reconocimiento, la defensa de Invías explica que “No generó ningún tipo de inversión pública”. ¿Ah, sí?  Entonces que nos cuenten quién pagó, y cuánto, por elevar a la gloria del cemento los nombres de los funcionarios que reclaman el túnel como obra suya.

¿Qué solución habría si, como parece ser, el Consejo de Estado sostiene el fallo? La primera, tumbar lo erigido, con todo lo lamentable que sea derribar cualquier “erección monumental”.  La segunda, que los congresistas de Uribe acaten un grito del amo y legalicen la obra espuria. Y, tercera, mi humilde propuesta: dejar en pie la valla, pero en vez de que sea un canto pétreo a la burocracia, cambiar unas letricas aquí y allá para rebautizar la obra como El túnel del Chisgarabís o bien El socavón del Fantoche, dedicada a mostrar a las nuevas generaciones los frutos perversos de la vanidad, la arrogancia y la ignorancia.

Esquirla. Aún no se confirma a Néstor Humberto Martínez como embajador en España, pero sí el retiro de Carolina Barco. La echaremos mucho de menos: es una rara satisfacción sentirse tan bien representado. Y como embajador alterno ante la ONU nombran a un distinguido hombre de negocios de apellido Gilinski. No sé por qué me suena…

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