EL GRAN SUSURRADOR
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Por Daniel Samper Pizano

Nunca, ni siquiera bajo tortura, he negado que me atrae el mundo de los toros. Por eso admiré el arte de Luis Guillermo Luigi Echeverri, rejoneador colombiano que se presentó en plazas de España. Fui amigo de su papá, Fabio Echeverri Correa. De él me separaban la edad y muchas cosas más, pero bastó una dosis normal de simpatía mutua para sobrevolar las diferencias, comer deliciosos frijoles en su casa, hablar de asuntos que a ambos nos interesaban y realizar al alimón campañas contra ciertos corruptos. Era otro país.

Luigi tiene el cargo más cómodo del planeta. Es el principal consejero de Iván Duque (el-hombre-que-le-susurra-al-oído), pero no es empleado público. Es decir, ninguna entidad lo controla, ninguna ley le tasca el freno. Eso sí, maneja Ecopetrol y la Cámara de Comercio y se comporta como un reyecito. Hace poco, al leer una insólita carta suya donde imparte lecciones de ética periodística y democracia a El País, de Madrid, el mejor diario en lengua española, quise saber dónde y cuándo estudió Luis G. Ciencias de la Comunicación. Temí que fuera en la Sergio Arboleda. Pero no. Ni siquiera eso. Hallé en internet su hoja de vida, un extenso documento de 19 páginas donde no aparece contacto alguno con el periodismo, la prensa ni la democracia. Según dicho currículum, este antioqueño de 63 años y elegante coleta, que no se cortó al dejar el rejoneo, es todo un genio. Necesitó 6.700 palabras para sintetizar sus logros, donde aún faltan datos del último decenio. Comparen: las biografías de Antonio Nariño y Santander en internet no llegan a 6.000 palabras. A don Luigi solo le gana Bolívar. Curiosamente, fue discreto al mencionar la actividad por la que muchos lo admiramos: solo dedica 44 palabras a su vida como rejoneador. ¿Acaso teme a las cornadas de la santa corrección política?

El consejero calumnia a sus enemigos por carta y se adora a sí mismo en internet. Como es costumbre, estos perfiles los escribe el propio personaje en modesta tercera persona. Repasemos las cualidades que observó en el espejo: “Responsabilidad, autodisciplina, honradez, trabajo por convicción y sentido común… Capacidad de adaptación a multiplicidad de ambientes culturales y económicos… Dedicación al trabajo… Facilidad para relaciones públicas y personales y liderazgo”. A los anteriores méritos agrega: “Durante toda su carrera como ejecutivo y diplomático ha hecho un esfuerzo especial por promover la agricultura Colombiana (sic) y la tropical”. Y, de ñapa, “en todas las posiciones que ha ocupado se ha caracterizado por la creatividad conceptual de sus ideas que siempre ha documentado e implementado bajo esquemas de grandes proyectos”. Y por la modestia, imagino.

La biografía lo califica de “completamente bilingüe”. Yo opinaría que es solo monolingüe y medio. Como estudió en Estados Unidos, debe de hablar un estupendo inglés, aunque le pillé, lo digo con respeto y humildad, several gazapos. Su español, en cambio, es precario. Como a cualquier escolar, le recomiendo que repase el régimen de las mayúsculas, los acentos gráficos de las esdrújulas (América siempre lleva tilde), los gerundios (toros matreros de la gramática) y otros terrenos más resbalosos. A propósito, este más, en forma de adverbio, acarrea siempre tilde, no como aparece en la hoja de vida. Y conección se escribe con equis y el sustantivo sede va con ese, no con ce. Recuerde: “Nunca una verdadera santa cede, a menos que sea la santa sede.” Espero que algún monolingüe haya revisado la carta de Luis G. a El País, pues de los pocos prestigios que nos quedan en el orbe es la devoción por nuestra lengua. Su currículum lo deja mal a él, y su torpe mensaje deja mal al gobierno que asesora desde el burladero. Pero una carta salpicada de anacolutos nos deja mal a todos los colombianos. Hablando del orbe, el autor se jacta de su amistad con alcaldes de Miami y gobernadores de la Florida y proclama ser “conocedor de todos los países del hemisferio, sus economías y dinámicas comerciales”. Lástima que, en vez de dar un capotazo a la Cancillería, que lo necesita, usurpe funciones a la oficina de prensa presidencial.

Yo veo a Echeverri, más que todo, como el amigo capaz de conseguir que, en esta dura pandemia, le fíe a uno el tendero de la esquina. Lo digo porque él ha “gestionado la aprobación y participado activamente en el diseño, preparación y negociación” de “Millones (sic) de dólares en cooperación no reembolsables”. Autocandidato a Míster Simpatía, afirma tener “excelentes relaciones en todos y cada uno de los puertos y aeropuertos de Norteamérica por los cuales entraron productos Colombianos (sic)”. No serán, supongo, relaciones epistolares, género en el que flojea.

Don Luis pregona su pericia en cultivos de exportación. La sorpresa es que también cultiva un lado humanista. Lo dice el documento: “Autor de varias obras literarias inéditas”. Estamos, pues, ante un intelectual asintomático. ¡Otra hazaña de la ciencia nacional! Extenuado de leer sus interminables empleos y el lujoso apéndice de padrinos –único punto de encuentro de Uribe y Santos—, entendí el fatal error que cometimos al elegir en 2018 a Duque y no a alias Luigi. Agradezcamos a la Patria, pues al menos contamos con él como Gran Susurrador del Ducado. Es decir, el subpresidente del subpresidente. Me temo, sin embargo, que Luis G. nos queda grande. Nos hemos acostumbrado a funcionarios mediocres aquejados por vanidades ridículas y nos agobia una vanidad tan formidable en un país tan humilde. Tal vez podemos cederlo (esta vez sí con ce) al gobernador de la Florida.

Esquirlas. Buscando oro, y a sabiendas, la minera Riotinto dinamitó unas cavernas australianas con 46.000 años de antigüedad y gran valor antropológico. Que Santurbán no sea el equivalente nacional de las destrozadas cuevas de Juukan.

ESTE COLUMNISTA NO TIENE TWITTER NI EMPLEA TRINOS. ASÍ, PUES, LOS TRINOS CON SU NOMBRE SON FALSOS.

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