EL EQUIPO GANA
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Por Daniel Samper Pizano

Los cuatro años del gobierno de Iván Duque nos dejan lecciones de trascendencia que pueden servir de semáforos para el futuro. Hay dos, por lo menos, que quiero recordar en esta columna porque tienen que ver directamente con la atmósfera preelectoral. 

Primero: huir de la mediocridad. Duque no es un dictador, no es un desquiciado, no es un gobernante perverso. Yo ni siquiera pienso que sea una mala persona. Él y su gobierno son básicamente mediocres, concepto que a veces ofrece graves peligros, pues existen zonas delicadas del poder que, en manos de personajes sin preparación o dotados de luces insuficientes, estimulan la arrogancia, la terquedad y la irrealidad, tres características frecuentes en el chambón. Un atributo más del mediocre es rodearse de gente como él. Y esto nos lleva al segundo semáforo.

Segundo: evitar la amistocracia. La enfermedad infantil del caudillismo es la rosca. El líder que se rodea de un grupito de amigos y los favorece y enaltece solo por compinchería compra dos riesgos enormes. De un lado, el blindaje de la mediocridad, cuya amalgama son los lazos de compañerismo y no el éxito ni la eficiencia. Del otro, la pleitesía, el coro de elogios garantizado. Dicen que los verdaderos amigos son los que cantan la verdad al gobernante, y seguramente es así en el mundo racional. Pero no en los predios donde reina la incapacidad. Aquí cuentan la palmadita en el hombro y la cordial reverencia. Muchos electores se habrían abstenido de apoyar al candidato de Álvaro Uribe si hubieran sabido que el escogido se proponía gobernar acolitado por sus amiguitos del colegio y la universidad y, aún menos, si hubieran adivinado que tenía la intención de entregar los organismos de control de Estado a sus cuates.

Estos son dos manchones que han entorpecido la administración de Duque, aparte de su liviandad y obediencia a los amos: Uribe y los Estados Unidos, principalmente. Pero los buenos consejos brotan a menudo de actuaciones equivocadas. Por eso sería sensato diseñar y acordar unas pautas sanas que nos permitan desarticularlos en el próximo cuatrienio. 

Una de ellas es liquidar la idea del gobierno personalista, el que gira en torno a un personaje seleccionado por diversas fuerzas y confirmado por las urnas. Es preciso entender que el triunfo electoral no equivale a un premio gordo, ni a una piñata donde el que rompe la olla se queda con todo. En los regímenes de democracia parlamentaria, como son la mayoría de los europeos, las elecciones las ganan los partidos, más que los líderes, aunque la figura del jefe es importante entre los factores que atraen o no a un ciudadano. En ellos, el equipo cuenta. En los presidencialistas, el equipo es un adorno del adalid.

Tras la experiencia de Duque y sus amigos, en vez de vender un candidato con un programa necesitamos un programa y un equipo dispuesto a realizarlo bajo el mando de un capitán que ofrezca garantías. La primera garantía es que lo acompañan unos copartícipes reconocidos y comprometidos con las propuestas, el gobierno y el capitán. Estoy seguro de que la sensibilidad común del sector de centro izquierda más las contribuciones concretas acordadas por todos permitirán armar un proyecto interesante y entusiasta a base de justicia social, libertad, democracia, pureza administrativa, eficiencia, seguridad…

Tal fórmula resulta más sana y clara para gobernar, y también para formar coaliciones con vocación de poder. Una candidatura de equipo permite sumar, incorporar aportes de diversos sectores y nombres. Al mismo tiempo, aglutina a los socios en torno a alternativas comunes. Exige, naturalmente, actitudes generosas y transparentes. Generosas, para no convertir cada capricho personal, cada minucia ideológica, en un obstáculo insuperable. Transparencia para que los coequiperos y, sobre todo, los electores, sepan qué camino pisan.

Un ejemplo: ante una nueva disyuntiva entre Gustavo Petro y cualquier lugarteniente de Uribe, volveré a votar por Petro, pero con el temor cerval de que repita en su administración los desaguisados de su alcaldía. En cambio, uno mete la papeleta con más tranquilidad si sabe que Petro no solo está acompañado por petristas XL sino por un conjunto eficiente en el que participan como ministros varios de los precandidatos que adhirieron a un programa y un equipo. El gobierno de conjunto, no meramente de coaliciones puesteras, permite convocar a figuras de perfil independiente y capacidad indudable para compartir un futuro administrativo trazado de antemano. 

La presencia colectiva de un mosaico de personajes que vistan la misma camiseta y jueguen coordinadamente en distintos lugares del campo sería un estímulo para los electores y pondría en marcha una maquinaria mucho más ágil y limpia que los amiguitos de colegio o los delegados de los caciques. 

Claro que la posibilidad de acudir a las elecciones con un equipo de cara descubierta, cuyo jefe y figuras acompañantes se decidirán en la primera jornada electoral, enfrenta varios obstáculos. El primero, la capacidad de repelencia mutua entre los sectores de izquierda y aledaños, que, más que un hecho posible, es una tradición histórica. Pero si no se trata de derrotar o marginar al otro sino de convertirse en colega del mismo cuadrante puede ocurrir que cada quien encuentre su lugar. El segundo óbice, como en toda empresa humana, lo constituyen las envidias, la mezquindad, los celos, la ambición y todo aquello que es propio del poder. Solo es posible combatir semejantes males con generosidad, paciencia, sentido colectivo y espíritu de equipo. Y con la convicción de que, si no es así, volverá a ganar el que diga Uribe y subirá en condiciones cada vez más precarias. Por lo tanto, con mayores tendencias a la corrupción y la represión. 

Que nos ofrezcan equipos, no caudillos, y que estos se comprometan con un programa, no con una sinfonía burocrática. ¿Será mucho pedir?

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