EL DESTAPE DE DUQUE
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Por Daniel Samper Pizano

La revolución francesa bautizó una parte de agosto como termidor, que significa muy caliente. Este año el mes ha sido fiel a su antiguo nombre, aunque no por razones meteorológicas sino políticas. En la primera semana se evaporó el rey Juan Carlos I de España y pocas horas después la Corte Suprema de Justicia de Colombia impuso al expresidente Álvaro Uribe Vélez una medida cautelar que parece diseñada para la pandemia: la casa por cárcel. Los dos episodios provocaron volcánicas reacciones, sonrientes aprobaciones, demagógicos excesos y anuncios apocalípticos. Ha habido mucha más bulla en Colombia que en España, aunque no faltan los que en la Madre Patria piden que abdique el rey Felipe VI, hijo de Juan Carlos, y el país opte por un régimen republicano.

Es posible intentar un paralelo entre los dos casos. Los parecidos no son pocos: Juan Carlos se consagró ante la Historia cuando desmontó un golpe militar en 1981 y salvó la democracia que estrenaban los españoles. Uribe, más modestamente, provocó un giro en el orden público durante su primer mandato (2002), recuperó zonas donde imperaba la guerrilla con mano criminal y permitió que buena parte del país volviera a respirar sin miedo. Ambos, sin embargo, dilapidaron luego la popularidad bien ganada. El rey, en aventuras erótico-económicas que lo señalan hoy por recibir comisiones ilegales. Uribe, acusado de fraude procesal por la Justicia y, por otras fuentes, de connivencia con escuadrones paramilitares y matanzas. El rey es intocable según la Constitución española. Uribe solo lo es para sus enajenados adoradores. Similarmente, las investigaciones de la prensa y las grabaciones, lícitas o no, han sido claves en las pesquisas. Ambos personajes duermen en este momento fuera de sus cargos. Uribe, lejos del Senado; y Juan Carlos solo es rey emérito y no vive en España. Los dos dejaron herederos: al frente del Estado español está su hijo, el nuevo rey, y en la Casa de Nariño el hijo político de Uribe, Iván Duque. Un último parecido: si bien han despertado terremotos, los dos episodios son meros incidentes procesales, no sentencias. Ni el rey está condenado ni Uribe ha sido llamado a juicio.

Es posible que aquí terminen los parecidos principales y empiecen las diferencias. Una de ellas es curiosa: allá y aquí hay sectores que exigen modificar o anular la Constitución. Pero los de España son de gente de izquierda galopante o separatistas y los de Colombia, ultraderechistas, plantean cambiar la carta magna para ayudar a su jefe. En ese orden de ideas, si el expresidente se cae de la hamaca, querrán derogar la ley de la gravedad. En España la televisión estatal no toma partido; en Colombia, no caben discrepancias ni autocrítica en el cotidiano TeleDuque y se perciben movimientos subterráneos para uribizar voces privadas independientes.

La mayor diferencia es la conducta del poder ejecutivo. Fue admirable en España la discreción del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ante a las decisiones del jefe de Estado, Felipe VI, y actuó siempre atenido a la Constitución de 1978. Defendió la Corona, pero no al rey acusado. Mantiene así una tradición de todas las democracias que merecen llamarse tales, entre otras razones porque salvaguardan la indispensable separación de poderes. Lo ocurrido en Colombia en los últimos días es penoso: la cabeza del poder ejecutivo condena en público a la cabeza del poder judicial, mientras dice que respeta y entiende la independencia de los carriles del poder público. Entiende, pero critica sus actuaciones; respeta, pero exige revocar la decisión unánime de la sala de instrucción de la CSJ. Entiende, pero acude a demagógicos ejemplos al equiparar las actuaciones de la justicia penal especial de paz con las que rigen en la justicia común; respeta, pero exige que se declare inocente a Uribe, dizque porque lo conoce hace años y es un tipo muy correcto. Eso es lo que debe determinar de manera soberana la Justicia, sin que la amedrenten ni descalifiquen. Siguiendo el ejemplo de su jefe, en Colombia ministros y subalternos utilizan los equipos del Estado, que todos costeamos, para apoyar al acusado y firman cartas como si fueran ciudadanos de a pie. En España sería increíble tan descarado proceder. Miren los titulares escandalizados del principal diario español, El País, sobre la arremetida de Duque contra la Corte.

Portada de El País (América) Agosto 7 de 2020.
Portada de El País (América) Agosto 7 de 2020.

Insólito. El día que los españoles vean que el presidente del Gobierno sale por la televisión a atacar a la Justicia, sabrán que lo próximo será que el señor arzobispo concurse en La voz vestido de pastorcita.

En este asfixiante termidor Duque acabó de destaparse. Se creía que, dada la mediocridad de su primer bienio, iba a distanciarse de su padrino. El ala más delirante del uribismo ya se planteaba romper con este “gobierno ingrato”. De ser así, con la demolición del muro entre los poderes don Iván paga su supuesta ingratitud. Menos mal que el procurador Fernando Carrillo tuvo el valor de reprender a los funcionarios del Gobierno por “atacar y no acatar” a la Justicia. Para dicha de la extrema derecha, Carrillo ya termina su periodo, y a él y al Defensor del Pueblo los reemplazará el mismo candidato, un tal Sergio Arboleda. De este modo acabarán de montar la aplanadora cuyo submaquinista dice que no. Pero resulta que sí.

Este columnista informa una vez más que no utiliza Twitter. Así, pues, los trinos que están circulando con mi firma son todos falsos.

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