BYE-BYE KABUL
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Por Daniel Samper Pizano

Parecía cine. A las 23:50 del lunes pasado, un espectro borroso y verdusco recorrió en el aeropuerto de Kabul los metros que faltaban para alcanzar la escalerilla y trepar por ella, mientras silbaban las turbinas del enorme C-17. Cerrada la puerta, la aeronave rodó por la pista nocturna con su carga de cientos de soldados —los militares remanentes de Estados Unidos— y se elevó rumbo a Qatar. Era el último vuelo de la operación de derrota y huida de las fuerzas de Washington y sus aliados en Afganistán. Bye-bye, Kabul. 

Ha sido colosal el fracaso de las tropas estadounidenses en este país rocoso y rebelde cuya primera invasión protagonizaron los caballos de Alejandro Magno en 330 a. C. La Unión Soviética lo intentó en 1979 y se marchó con el rabo entre las piernas en 1989. Entonces cayeron los gringos en la trampa. Veinticinco siglos después, Afganistán sigue luchando y venciendo a quienes intentan dominarlo. De los últimos cuatro lustros queda un saldo de 170 mil vidas perdidas y tres millones de billones de dólares malgastados.

Será difícil olvidar el caos, la tensión y las masacres de los días precedentes. Repaso ahora la pesadilla con la incredulidad que despertaban los noticieros de televisión cada noche: era la repentina e incontenible aparición de un epílogo descartado. Pocas veces los ciudadanos tenemos ocasión de asistir desde la sala de la casa a un acontecimiento histórico que no sucede de un solo golpe, como el asesinato de Kennedy, el derribo de muro de Berlín o el atentado de las Torres Gemelas, sino que transcurre a lo largo de unas cuantas semanas. Muchas de las fuerzas que moldean el mundo son procesos invisibles y relativamente lentos que detectamos por síntomas o anticipos, algunos de ellos sin importancia aparente. La minifalda fue un anuncio de que había irrumpido en la sociedad un nuevo poder: el femenino. El control remoto del televisor presagió el veloz milagro de las nuevas tecnologías cuya cumbre, al menos por ahora, ha sido internet. ¿Quién podía soñar con semejante fenómeno que en menos de medio siglo cambió la conexión de las personas con las máquinas y está sacudiendo los cimientos de las relaciones personales y sociales?

Durante las últimas semanas, la Historia ha tenido la gentileza de mostrarse ante nosotros en su tangible realidad. La apresurada caída de Afganistán en manos de sus propios hijos (bárbaros, tiránicos, fundamentalistas, pero dueños, finalmente, de esa tierra) consiguió superar series y películas. Homeland fue un corto de dibujos animados frente a la guerra de evacuación. Las imágenes de la huida de Saigón y Camboya parecían una producción de bajo presupuesto comparadas con el constante desfile de aviones que partían cada pocos minutos de Kabul. Y, para que el horror se impusiera a la angustia, un atentado trajo la muerte a 170 personas anónimas para el mundo. Entre las víctimas de la hora final solo conocimos la breve biografía y las fotos de trece soldados norteamericanos casi niños. Cuatro de ellos llevaban apellidos hispánicos: Espinoza, López, Pichardo, Sánchez. Un error del comando de drones del US Army pulverizó poco después a diez miembros de una familia inocente.

Pese al caos de las multitudes que clamaban ante las rejas del aeropuerto por un lugarcito en un avión, la operación de selección y transporte de “beneficiados” se cumplió de manera admirable. A muchos fue preciso recogerlos en sus casas bajo la poco fiable guía de mapas virtuales y recorrer con ellos, sorteando diversos peligros, una ciudad tan grande como Medellín y Cali juntas. Los pilotos de las aeronaves desafiaron la meteorología, las deficiencias del aeropuerto, las insuficientes ayudas tecnológicas, la fatiga, el temor y el ambiente de pánico. Lograron aterrizar y elevar cientos de vuelos en forma continua, día y noche, sin un solo percance importante. Más de 123 mil personas salieron en la estampida aérea. Historia pura y real.

Surgió entonces la triste categoría de los más exitosos fracasos bélicos. Algunos candidatos al título: la expeditiva retirada de 192 mil soldados aliados por mar y aire de Dunquerque en plena Guerra Mundial; la evacuación masiva de Saigón ante el triunfo de Vietnam del Norte; la salida por el aire de 34.500 ciudadanos del Congo Belga en 1960. Los especialistas ya se pronunciaron: no ha habido en los anales del mundo huida aérea más exitosa que la de Kabul. La vimos. Pasó antes nuestros ojos. Es Historia.

También fuimos testigos de la súbita conversión del manso Joe Biden en un Júpiter tonante que anunció a los terroristas que los buscará y hallará y no habrá para ellos perdón ni olvido. Con el mismo argumento George Bush Jr. hundió a sus soldados en la ciénaga afgana hace veinte años. 

La angustiosa inmersión histórica en tiempo real de las últimas semanas transcurrió mientras el resto del mundo, alarmado, seguía dando vueltas. Volverá a equivocarse. Volverá a arrepentirse. Volverá a fallar.

ESQUIRLAS. 1. La falta de sintonía de Iván Duque con el país adquiere dimensiones psiquiátricas: el pueblo tumbó al ministro Carrasquilla en mayo y el Gobierno lo promueve ahora a la cabina de mando de la economía. ¿Acaso son órdenes del Jefe Eterno? 2. Lamentable falla de Alejandro Gaviria al apoyar a Carrasquilla y confesar luego que erró porque estaba cansado y no supo reflexionar. Con ello contradice su mayor atractivo: la capacidad de pensar y descifrar con frialdad los problemas.

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