BELLA DURMIENTE Y BRUJA MALA
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Por Daniel Samper Pizano

La campaña prepresidencial ha adquirido un delicioso cariz circense. El elenco de aspirantes sube como el humo. En febrero eran treinta y en agosto, cuarenta y tres. De continuar la tendencia, en un año habrá más candidatos que votantes. Cabe de todo en el abanico: desde ilustres profesores hasta ene-enes absolutos y un llanero de ultraderecha y corrosca. Menos mal que el Consejo de Estado acaba de decretar la muerte política del exsenador Eduardo Pulgar, denunciado por nuestro columnista Daniel Coronell, pues el perfil del penado correspondía a esos que se lanzan a la presidencia sabiendo que, aunque el desprestigio los aleja de la Casa de Nariño, el ruido mediático los acerca al poder local y a los contratos.

Bajan y trepan figuras al carrusel. No volvimos a saber del ex comisionado de paz Miguel Ceballos, que inauguró el partido. En cambio, desde hace algunas semanas sacude las pasarelas, tras unos años de penitente ausencia, un personaje ubicado a medias entre la Bella Durmiente del bosque y la bruja mala de Blancanieves. Me refiero a Íngrid Betancourt, que se pasea injertada de princesa en la carroza real de Juan Manuel Santos. El expresidente intenta reencaucharla ante la opinión pública a través de entrevistas, un libro común y presentaciones en dúo. La meta parece ser convertirla en su carta de juego electoral y, en últimas, su Iván Duque. 

Es triste y memorable la ordalía que atravesaron Íngrid y un grupo de secuestrados en infame capítulo de las Farc. Su excelente libro No hay silencio que no termine relata las atrocidades que sufrieron estas inocentes víctimas durante largos años. El 23 de febrero de 2002 Íngrid penetró de manera irresponsable en territorio guerrillero, pese a las advertencias y prohibiciones del Gobierno y el Ejército. De allí solo salió el 2 de julio de 2008 gracias a la Operación Jaque, complejo rescate del cual sabemos poco, salvo su exitoso final. Los secuestrados compartieron apenas migajas de prensa, pues los medios nacionales e internacionales se concentraron en Íngrid. Casi de inmediato Francia, que la consideraba ciudadana suya y la asimilaba a Juana de Arco, se la llevó al exterior y los colombianos perdimos a la Bella Durmiente durante largo tiempo.

Entretanto, aparecieron los libros de otras víctimas del atroz delito. Uno fue de Juan Carlos Lecompte, su marido desde 1997, quien gastó una fortuna y agotó ingeniosos recursos para que no se olvidara el drama de su mujer en la selva. Cuando por fin se reencontraron, el país vio atónito los fríos y displicentes golpecitos en la mejilla con que ella lo saludó. “Al descender del avión —dice el desilusionado cónyuge—, Íngrid me calmó como quien tranquiliza a un perro demasiado ansioso”. Meses después, Lecompte destaca el interés por el dinero que había desarrollado su futura exmujer. “Hablaba mucho de plata”, añade. Y la acusa de haberle exigido un auxilio económico para vivir en París, sin revelarle que ya lo recibía del gobierno francés. 

Uno dirá: cosas de pareja… Pero otros testimonios confirman un apotegma de los prisioneros: “La selva desnuda la verdadera personalidad”. Clara Rojas, que por voluntad propia acompañó a Betancourt en su aventura, descubrió la otra cara de su camarada. “De ser para mí el modelo que había encarnado hasta entonces, pasó a representar la muerte. Se tornó demasiado apática y bastante agria”. La amistad se rompió y no se restableció nunca. Más duros son los conceptos de los tres norteamericanos aherrojados por las Farc en el campamento: egoísta, manipuladora, cizañera, insolidaria, cruel… Del cascarón de la Bella Durmiente había surgido la bruja mala. Escriben los místeres: “Su comportamiento nos chocaba a todos”… “Con la Íngrid exitosa, carismática y ambiciosa coexistía una mujer insegura, orgullosa y arrogante”… “Sus visiones acerca de una vida y una Colombia mejores sonaban falsas”. 

Dos años después del rescate, cuando por alguna razón Francia ya no la consideraba su heroína, la bruja desplazó por completo a la princesa. Su costosa campaña para obtener el Premio Nobel de la Paz en 2008 había fracasado. En julio de 2010 Betancourt anunció que se proponía demandar a Colombia por casi 7 millones de dólares (13 mil millones de pesos de la época). Según ella, el Estado falló en su deber de brindarle seguridad, y los contribuyentes debíamos pagar por ello. Hasta ahí llegó la compasión de sus compatriotas. El Gobierno le recordó que ella desoyó las advertencias contra su demagógico ingreso a la zona guerrillera. La prensa se desgajó en críticas. “Es una avivatada querer trasladarle al Estado la responsabilidad de su secuestro”, comentó Ramiro Bejarano. Ante el unánime rechazo, Íngrid se arrepintió y abortó el proceso jurídico que, según la demandante, debía culminar en la insólita indemnización.

Han pasado once años, y Santos y ella creen que la memoria nacional tiene breve vencimiento. De allí que haya regresado en formato Bella Durmiente, dispuesta a ofrecerse al grupo político que “la enamore”. Pero resulta que también ha vuelto la bruja de Blancanieves. Para pasmo de muchos, acaba de declarar que fue un error haber retirado la demanda: “Me acobardé y de eso me arrepiento”. Promete, sin embargo, que no reiniciará el proceso ni exigirá la suma que le correspondería. (Hombre, Íngrid, muchas gracias). Alguna vez ella confesó a su familia que su sueño era la presidencia de la República. Lamentablemente lo único que sabemos de su programa de gobierno es que nos perdona por haberse equivocado. 

Esquirla. Envío una flor para mascar y un nostálgico saludo con boca de chicle al gran Pablus Gallinazo, que cabalgó la mula revolucionaria y los sueños de los años 60, y es ahora protagonista de un documental de Alberto Gómez Peña.

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