LA HISTORIA DE HELENA
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Pensé, por años, que los militares habían matado al magistrado Carlos Horacio Urán porque no sabían quién era. Su hija cree lo contrario: lo mataron precisamente porque sabían quién era.

Por Daniel Coronell

Todo empezó cuando llegaron a buscarla a su salón de clases. Era una niña alegre, tenía diez años y estaba en quinto de primaria en el Colegio La Enseñanza de Bogotá. En la secretaría la esperaban dos de sus tres hermanas, que también estudiaban allí, y su mamá Ana María:

—El papá me llamó a decirme que las venga a buscar al colegio, porque hay unos disparos en el primer piso del Palacio de Justicia.

Cuando entraron a su apartamento del barrio La Macarena empezaron a llegar amigos. Querían saber cómo podían ayudar y preguntaban por la suerte del papá, Carlos Horacio Urán, magistrado auxiliar del Consejo de Estado, atrapado en el Palacio de Justicia en medio de la toma criminal del M-19.

Helena, que no entendía lo que estaba pasando, se asomó a la ventana y vio una imagen que recordará hasta el último día de su vida: un tanque de guerra rodando por la carrera quinta hacia la plaza de Bolívar donde estaba su papá.

A alguien se le ocurrió que podía ser buena idea advertirle al Ejército que el magistrado Urán estaba vivo, que había llamado a su esposa y que le había contado en qué oficina estaba refugiado junto con otros colegas. Años después, Helena oyó una comunicación en la que consta que el Ejército conocía la ubicación del papá:

—Acá llamó la señora de un magistrado Carlos Urán y dio el dato de unas oficinas en donde hay gente —dice en la grabación una voz con marcado acento castrense— y dio los números de los teléfonos de esas oficinas. ¿Sirve ese dato?, siga.

—Sirve, cambio —responde otro militar.

—Oficina 313, seis personas, seis doctores.

Nadie llegó a la oficina 313 a rescatarlos. Terminaron en un baño con decenas de personas que se convirtieron en rehenes de los guerrilleros mientras el edificio era atacado con disparos de cañón, ráfagas de ametralladora e incendiado.

Del papá no se volvió a saber nada.

Dos días después, el 8 de noviembre de 1985, una médica amiga de la familia, encontró el cuerpo desnudo de Carlos Horacio en una morgue llamada “de los guerrilleros” en el Instituto de Medicina Legal. Helena pidió no ir al entierro, no quería ver al papá muerto.

Ese fue el comienzo de una pesadilla de amenazas y exilios que llevaron a la familia por cinco países. Helena creció añorando al papá que jugaba y apostaba carreras con ella, que la quería mucho, que estudiaba tanto y que soñaba con la paz.

El dolor nunca se curó. 22 años después, la entonces fiscal Ángela María Buitrago allanó las bóvedas de inteligencia militar en la Brigada 13 y encontró la billetera de Carlos Horacio Urán perforada por una bala. Allí estaban su cédula, su credencial del Consejo de Estado y una foto de su esposa. Otro hallazgo fue un documento titulado “Guerrilleros dados de baja en combate”, en el que, sorprendentemente, aparecen los nombres de dos magistrados: Manuel Gaona Cruz de la Corte Suprema de Justicia y Carlos Horacio Urán, magistrado auxiliar del Consejo de Estado.

Ese mismo año, 2007, un equipo de Noticias Uno, del cual hago parte, publicó un video que muestra al magistrado Urán saliendo herido pero vivo del Palacio de Justicia. Si salió vivo y luego lo encontraron muerto en las ruinas fue porque lo mataron afuera y luego volvieron con su cadáver para plantarlo en la edificación.

La imagen muestra a Urán con traje formal pero sin camisa. Su compañero de entonces, el magistrado Nicolás Pájaro Peñaranda, que está grabado en el mismo video, me explicó que Urán había prestado su camisa blanca para que el magistrado Reynaldo Arciniegas Baedecker saliera del baño y la usara como bandera blanca para pedir ayuda. Arciniegas nunca volvió.

Ese jueves, mientras avanzaba la salvaje retoma militar del Palacio de Justicia, un radioaficionado grabó las comunicaciones de los militares. En una de ellas, el coronel Luis Carlos Sadovnik, dice que los guerrilleros están tratando de salir del edificio vestidos como civiles:

—Las basuras están quitándole la ropa de civil al personal de empleados y magistrados para utilizarla ellos y poder salir como evacuados, cambio.

Poco después el militar imparte esta instrucción:

—Esperamos que si está la manga no aparezca el chaleco, cambio.

En esas circunstancias debió parecerles muy sospechoso un hombre vestido formalmente pero sin camisa. Por eso pensé, por años, que los militares habían matado al magistrado Carlos Horacio Urán porque no sabían quién era.

Sin embargo, su hija Helena Urán cree lo contrario: lo mataron precisamente porque sabían quién era. La revelación está en el libro que presentó esta semana llamado Mi vida y el palacio.

Helena publica su conmovedor libro 35 años después, recién sucedieron los hechos los narró de esta manera: “Tengo diez años, sigo en Colombia, pero la verdad yo ya no existo, perdí la persona que más quería y la persona que me mostraba cómo salir adelante, se lo llevaron y ya no vuelve”.

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