¿TIENEN CORAZÓN LOS DICCIONARIOS?
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Por Catalina Ruiz-Navarro*

Contrario a lo que opina Samper Pizano, yo creo que los diccionarios, más que corazón, tienen cuerpos: no son producto de una fuerza metafísica externa que observa a los hispanohablantes sin tomar partido, son producto de las decisiones de unas personas que han sido ungidas con el poder de legitimar unos usos de la lengua y otros no. Personas con historias, vidas, posturas morales y políticas y también con prejuicios y privilegios. Son además, en su abrumadora mayoría, hombres, blancos, educados y cisgénero. En tres siglos, en la RAE solo ha habido 11 mujeres (de entre 485), y la primera fue Carmen Conde que llegó en 1979. 

Y eso se nota. Recordemos que la RAE define la expresión “sexo débil” como “conjunto de mujeres”. ¿Por qué? Porque está recogiendo un uso que, malo o bueno, existe en nuestra cultura. Pero, esta lógica no aplica para todas las palabras, porque aún no acepta el pronombre “elle”, a pesar de que es ampliamente usado por feministas y personas LGBTIQ+ y que otras Academias han aceptado pronombres similares. Pero, no importa cuán cegatones sean, los señoros de la RAE no se pueden hacer los de las gafas, y por eso incluyeron el pronombre inclusivo en el Observatorio de Palabras de 2020, en donde también están palabras como “videollamada” y “coronavirus”, que no están en el diccionario pero son usadas sin mayor controversia por quienes se dicen puristas del lenguaje.

En un poema publicado en Los Danieles y titulado “Un idioma sin idiomo”, de Santamaría-Betancourt, se enuncia, esta vez en rima, uno de los argumentos más bobos en contra del lenguaje incluyente: que al reconocer la existencia de las mujeres y personas trans y no binarias, terminaremos usando palabras como “tortugo”, “hormigo”, “vacos” y “toras”. En el caso de los animales domésticos nuestra cultura suele hacer una diferencia entre machos y hembras, y en esos casos no resulta absurdo tener palabras en masculino y femenino, por ejemplo decimos perros y perras, y no decimos “vaco” pues tenemos la palabra “toro”. Lo más probable es que nunca tengamos que usar la palabra “tortugo”, porque el sexo de las tortugas no es culturalmente relevante para los seres humanos, y las tortugas no se comunican con nosotros. A la fecha, 0 tortugas han pedido ser incluídas en la sociedad y reconocidas en el lenguaje.  El pedido por el lenguaje incluyente no es una exigencia irracional de cambiar las vocales al final de todas las palabras; es un llamado que viene desde unas personas concretas, seres humanos, que hemos sido excluidas históricamente y hoy pedimos reconocimiento.

Usar lenguaje incluyente no se trata de duplicar sustantivos y pronombres hasta lograr frases ilegibles. De nada sirve incluir en el lenguaje si no vamos a comunicar. Eso es un mal uso de una lengua tan plástica y rica como el español. En vez de decir “ciudadanos, ciudadanas y ciudadanes” podemos decir “la ciudadanía”. El ejercicio de incluir en el lenguaje tiene menos que ver con usar unas fórmulas gramaticales y más con nuestra capacidad de imaginar. Cuando escribo, elijo unas palabras tomando en cuenta qué es lo que quienes me leen van a imaginar al leerlas. Esa es la base de la conexión tan íntima que logramos con la escritura. Entonces, cuando digo la palabra “presidentes”, que “técnicamente” tendría que ser una palabra neutra porque termina en “e”, ¿qué es lo que la gente imagina? Imaginamos a un grupo de hombres blancos y cis en traje de corbata (el parecido con la RAE no es coincidencia), porque así se han visto históricamente los presidentes. Si yo quiero que la persona que me lee imagine que en ese grupo también hay mujeres, voy a tener que decir “presidentes y presidentas”, pues si no lo señalo es muy posible que la información se pierda. Entonces muchos dirán que “presidenta” es una palabra muy fea. Interesante. La palabra “sirvienta” no nos choca, aunque también exista en versión “sirviente”. Entonces preguntémonos, ¿qué cuerpos han ocupado históricamente el lugar de sirvienta?

A las feministas latinoamericanas nos parece patético reverenciar la autoridad de una institución tan colonial y excluyente. Nunca le hemos importado a la RAE, ¿por qué tendría que importarnos a nosotras? En parte esa “autoridad” otorgada a la RAE tiene que ver con mantener privilegios de clase, porque esa preocupación por “hablar bien”, es decir, hablar según unos estándares muy específicos que deben aprenderse en una institución educativa de cierto nivel, es en realidad una forma de invalidar las voces de quienes no tuvieron esos privilegios. 

Quiero confesar que yo también pensé alguna vez que el lenguaje incluyente era innecesario y bastante inútil si no cambia primero la realidad. Cambié de opinión cuando empecé a interactuar, convivir, admirar, y contar entre mis amistades a personas trans y no binarias. Gracias a los puentes de la empatía entendí lo doloroso que era no ser nombrada, y me pareció que su dignidad y bienestar eran más importantes que mi apego terco y muchas veces arrogante a una mirada conservadora y colonialista del idioma. Es decir, que usar el lenguaje incluyente sí sirve, pues usarlo implicó que yo entendiera que lo ético era reconocer a les otres. Muchos hombres que se niegan a decir “elle” usaron el verbo abudinar o abudinear sin remilgos sobre el impacto que hacerlo podría tener sobre la lengua. ¿Cuál es la diferencia? Una muy evidente es que el verbo abudinear se usó -justificadamente o no- para criticar y matonear y el pronombre “elle” se usa para reconocer y empatizar. Entonces, preguntémonos ¿dónde está el corazón de quienes, ante la exclusión, discriminación y la injusticia, prefieren defender un diccionario?

* Feminista y periodista colombiana radicada en CDMX, co-fundadora y directora de la revista Volcánicas (volcanicas.com) y creadora y directora del taller de formación en feminismo para jóvenes creadoras de contenido digital latinoamericanas, Creadoras Camp. También es una de las fundadoras del colectivo feminista colombiano Viejas Verdes. Columnista del diario El Espectador desde 2008.

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