NARRAR SIN EL MÁRTIR
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Por María F. Fitzgerald*

Para Jineth Bedoya, que nos enseñó a resistir

Alguna vez conocí a un periodista, Ed Vuilliamy, un corresponsal de guerra que ha trabajado desde hace varios años para The Guardian. Pudimos hablar algunos minutos y desde ese momento supe que yo, como él, quería empaparme de tantas historias como me fuera posible. Llegar a vieja narrando mil anécdotas y, como él, que cada una de mis cicatrices contara algo. 

Empecé a interesarme por el periodismo y en cada acercamiento veía figuras parecidas: hombres grandes, fuertes, llenos de cicatrices, con historias de balaceras y amenazas, metidos siempre en el peligro, como Vuilliamy. La representación del solitario incomprendido, que es fuerte y ha visto lo terrible de cerca. Que camina por la vida casi con la gloria de un héroe de guerra, o una especie de mártir que se sacrifica por su profesión. 

¿Y las mujeres? Más bien pocas venían apareciendo, y las que lo hacían casi siempre estaban acompañadas por la figura de algún hombre que las apadrinaba. Con sus voces muchas veces relegadas a ser la compañera de, o la que apoya pero pocas veces brilla. Es la que, como en la guerra, se queda a contener lo cotidiano mientras el hombre sale a ser héroe. Pero, a su vez, es la que sufre una infinidad de violencias, que la convierten en el sujeto más vulnerable, sin siquiera poder llegar a denunciar o a recibir justicia. 

Empecé a construirme pensando que esa era la meta por alcanzar: la de la rudeza y una fortaleza inquebrantable, que se ha alejado de la sensibilidad. Esa crudeza del héroe que sale a enfrentar la guerra mientras lo sacrifica todo. Sin embargo, no se sentía posible. Cada una de las historias que trabajaba me invadía y me quebraba cada vez que me acercaba a un nuevo personaje. 

Porque el camino del periodismo de derechos humanos implica eso: conocer los espacios más complejos del dolor humano. Y esa lejanía que muchos de mis héroes periodísticos demostraban simplemente se me escapaba. Mis héroes, hasta ese momento, todavía en masculino. 

Años después, la perspectiva cambió. Explorando las bases de un proyecto que hice para narrar el dolor de madres que perdieron a sus hijos por el conflicto armado, encontré unas palabras que modificaron todo. Leí una cita de Svetlana Alexievich, una de las periodistas rusas más famosas y premio nobel de literatura, en la que hablaba de una sensibilidad muy diferente en lo que narran quienes se identifican como mujeres: “en lo que narran las mujeres no hay, o casi no hay, lo que estamos acostumbrados a leer y a escuchar: cómo unas personas matan a otras de forma heróica y finalmente las vencen […] En esta guerra no hay héroes ni hazañas increíbles, tan solo hay seres humanos involucrados en una tarea inhumana”.

Esa tarea inhumana que hemos tenido que retratar por tantos años en nuestro país ha llevado a que quedemos anestesiados. Nuestro periodismo se ha construído en lo que Omar Rincón describe como la narración de un partido de fútbol. Las noticias nos dicen que tal grupo causó tantas bajas, luego vino este y anotó tantas otras. Afirman con vehemencia las pérdidas como si se tratara de goles, no de vidas humanas. 

Es la expresión máxima de la deshumanización y al final perdemos de vista que no estamos viendo nada distinto a jóvenes a los que se les obligó a cargar un fusil y meterse al monte a matarse entre ellos para proteger los intereses de alguien más. Y como en un partido de fútbol, creemos que al final esos goles que se anotaron, o se perdieron, son solo eso: goles. 

Y esta ceguera ocurre, en parte, por la complicidad de ese periodismo que se ha construido desde el héroe, el mártir, de los protagonismos afanados que se causan por el ego y la necesidad de gloria. Ese ego que no logra apartarse del centro y prefiere brillar él mismo, antes de permitirse entender el dolor del otro. Pero ese no es el periodismo que suelen narrar las mujeres, pues entienden a la víctima, porque suelen ser víctimas también. 

Ejemplos hay muchos, pero me gustaría centrarme, justamente, en Jineth Bedoya. Fueron 21 años de resistencia, luego de haber padecido todas las violencias que puede sufrir una mujer a manos de la guerra. La trataron como botín, la sometieron al horror por atreverse a ejercer su labor. Por atreverse a hablar. 

La Corte Interamericana de Derechos Humanos finalmente se manifestó para culpar al Estado colombiano, el mismo que tanto les ha fallado a las víctimas del país, por ser incapaz de evitar las violencias que ella sufrió y, además, por ser lento y negligente en el proceso de investigación y justicia. 

Como dice Alexiévich, las mujeres narramos el dolor, es decir, esa parte de la guerra que no es gloriosa, que se escapa de las victorias volátiles y mira la herida para buscar cómo lidiar con ella. Las mujeres nos acercamos desde la sensibilidad entendiéndola, además, como el espacio verdadero de fortaleza. Porque, usualmente, en los lugares de conflicto esa también es nuestra posición. Incluso cuando se trata de mujeres que a su vez son combatientes. 

En mi recorrido durante los años posteriores, he llegado a comprender que las mujeres solemos convertirnos en parte esencial del tejido y la resistencia de nuestras comunidades. Solemos ser las que nos quedamos sosteniendo todo para que siga funcionando, mientras la guerra nos invade y golpea con más rudeza. 

Lo mismo ocurre con las voces en el periodismo. Las mujeres, que usualmente terminamos relegadas a labores secundarias, invisibilizadas aunque estemos paradas justo al lado del hombre, enfrentando los mismos peligros, e incluso muchos más, ocupando el mismo espacio en la misma guerra. 

La labor periodística, al menos esa a la que algunos refieren como periodismo de guerra pero que yo prefiero entender como periodismo de derechos humanos, debería pensarse justamente a partir de eso, de entender el dolor. De dejar de replicar las narrativas que nos han llevado a que los muertos ya no nos duelan, y que ni siquiera los niveles más desmedidos de violencia logren despertarnos. El periodismo debería, entonces, empezar a garantizar que esto que narramos las mujeres tenga la réplica que merece recibir y ocupemos los espacios que merecemos ocupar.

* Literata con Maestría en Periodismo de la Universidad de los Andes. Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar 2020. ICFJ Fellow 2021. Becaria Corte IDH 2021. Se especializa en cubrimiento de minorías, género, salud mental y Derechos Humanos.

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