EL EFECTO PANAYOTIS
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Por Carmen Posadas*

Espero que la embarazosa confesión que me dispongo a hacer sobre mi vida sentimental pueda ayudar a alguien que esté viviendo un fracaso amoroso. Tal vez la historia (que dice muy poco en mi favor, ya lo verán) no alivie del todo su mal de amores, pero tal vez le ayude a verlo de otro modo. En las relaciones personales se confunde con demasiada frecuencia un corazón roto con lo que no es más que un ego magullado. O, lo que es lo mismo, casi lo que más duele no es perder a esa persona estupenda, sensacional, blablablá, sino la sensación de haber fracasado. Muy bien, pues ahora déjenme que les cuente lo que me ocurrió una vez en una remota isla griega. 

Me encanta viajar sola y durante años procuraba reservar siempre unos quince días de mis vacaciones y perderme por ahí sin más compañía que una cámara y un par de libros. En aquella ocasión elegí visitar Kythira, una isla del Peloponeso que, si no la conocen (y casi seguro que no, porque no está en los circuitos turísticos habituales), se la recomiendo. No solo porque es el lugar en el que, según la leyenda, Afrodita nació de las olas, sino porque es como viajar atrás en el tiempo. Por aquel entonces, hablo de hace unos quince años, se conservaba exactamente igual que a mediados del siglo pasado. En sus pueblos blancos y añil, achicharrados por el sol, aún era posible tomar ouzo en un café sin más compañía que la de un pope, un perro y un par pescadores de sardinas. 

Como digo, el lugar era de ensueño y allí estaba yo jugando a que era un personaje de Lawrence Durrell cuando apareció en mi vida Panayotis. Así se llamaba un tipo bajito, calvo y recio, dueño de un negocio de alquiler de bicicletas que, según dijo, cayó fulminado por mis encantos desde el primer momento en que me vio. De nada sirvió que le explicara amablemente que había venido tan lejos, precisamente, para no ver a nadie. Panayotis insistía, me traía flores, venía a buscarme todas las mañanas como si nada. No era un pesado, de modo que charlábamos un rato, yo le reiteraba mi necesidad de estar sola y él después de soltarme seis o siete piropos, se marchaba. Todo muy bien. Pero resulta que un día me llamaron desde España para darme una magnífica noticia profesional, un salto muy grande en mi carrera. Y, en el mismo momento en que me informaban que dos grandes editoriales americanas habían hecho ofertas por mis libros, emergió Panayotis en el horizonte. Recuerden que yo estaba sola en la isla. Recuerden que uno, cuando le pasa algo realmente bueno, necesita compartirlo con alguien. Total, que en mi alegría –y ante la sorpresa de mi rendido festejante– voy yo y le planto un besazo diciendo: “Esta noche te invito a cenar, Panayotis”. ¿Y qué creen que pasó a continuación? Que se quedó mirándome, se rascó la calva sudorosa y con aire de escurrir el bulto, va y me dice: “Bueno… es que tengo muchísimo trabajo, si puedo me paso a las nueve, ya veremos”. Y a esa hora ahí me tienen ustedes vestida para cenar, monísima y consultando cada dos minutos el reloj, esperando a Panayotis, que no vino, sino que telefoneó cinco minutos antes de la cita para plantarme como una lechuga. 

Desde aquel momento me encontré pensando a todas horas en él. Cada bajito que veía a lo lejos pensaba que era Panayotis, cada vez que alguien llamaba a la habitación de mi hotel pegaba un respingo… Aquello era tan absurdo que tuve que tomarme un par de gintonics para intentar digerirlo. Absurdo 1) Soñaba con aquel tipo por las noches. Absurdo 2) Cuando me lo encontraba por la calle, me temblaba un poco la voz y tartamudeaba… Resumiendo: ¡Estaba-actuando-como-una novia abandonada-de-un-hombre-que-nunca-me interesó-en-absoluto!

Muchas cosas aprendí aquel verano vagando sola por la isla de Kythira. Pero desde luego la más interesante, auspiciada, supongo, por su más célebre paisana, la diosa Afrodita, es una que me ha servido después en otros avatares sentimentales: que el amor propio herido se parece tanto al amor que a veces es imposible diferenciarlos. Ahí les dejo mi tonto “fracaso” veraniego como ejemplo. ¿De veras vale la pena sufrir tanto por esa persona que le ha dejado? Piénselo y quizás se lleve una agradable sorpresa. A lo mejor el que llora no es usted si no su ego herido. A lo mejor no era el amor de su vida sino solo un Panayotis.

* Es autora de más de 15 libros infantiles así como doce novelas, dos biografías y varios guiones de cine y televisión. En 1998 ganó el premio Planeta, su obra ha sido traducida a 23 idiomas y en 2003 la revista Newsweek la señaló como una de las autoras más relevantes de su generación.

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