LOS CANTARES DE SERRAT
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Por Mario Jaramillo Samper

Joan Manuel Serrat acaba de sorprendernos con una mala noticia: el próximo año dará su último concierto y se retirará de los escenarios. No de la música. Pero sí del público fervoroso que durante más de 50 años lo ha acompañado en sus recitales. A los 78, que cumplirá en diciembre, el cantante catalán emprenderá una gira cuya primera etapa será Nueva York, en abril, y terminará en su ciudad natal, Barcelona, una semana antes de que se agote el 2022. 

Colombia está en su mapa. Siempre lo ha estado. En Bogotá lo vieron cientos de espectadores aquella lejana noche en que salió a escena en el Teatro Colón y empezó su concierto en medio del delirio del público. De repente, sin embargo, surgió un murmullo en la platea. El cantautor no se había dado cuenta de que llevaba abierta la bragueta del pantalón negro y aparecía, incómodo y peligroso, el fantasma blanco de los calzoncillos. Alguien le avisó entre telones. Entonces, de espaldas al respetable, se subió la cremallera con una mano y pidió perdón levantando la otra.  “Por eso –dijo— en algunos países mis espectáculos están reservados para mayores de 21 años”. La gente aplaudió aliviada y, cuando empezaba a rasguear la guitarra, agregó: “Os voy a pedir un favor: no le contéis esto nunca a mi madre”.

Serrat ha conquistado miles de corazones con sus notas y sus letras: ha sido la voz de millones de personas en todo el mundo. Su público lo ve como una persona cercana, un amigo. Maneja tanto el humor en los escenarios como la poesía en su música. Sigue llenando salas y estadios. Nadie discute su lugar como uno de los más grandes compositores que ha tenido la música popular de la lengua española. 

Nació en un barrio humilde de Barcelona. Su padre era hojalatero y su madre ama de casa. Se enteraron por la radio de que el hijo iba dedicarse a la música: “Casi se desmayan” explica por teléfono. Estudió ingeniería agrónoma y trabajó durante un tiempo como sexador de pollos hasta que “aparecieron los japoneses” y le quitaron el puesto.

Se siente igual de cómodo cantando en catalán o en castellano, pero lo que más le gusta es “cantar en libertad”. Estuvo exiliado un año y medio en México durante la dictadura franquista y desde entonces le tiene un cariño especial a Sudamérica. “Pretendo hablar también idiomas latinos”, bromea.

La poesía que escribe es fruto de dedicación y esfuerzo. No tiene un lugar concreto para inspirarse, pero sí algunos para distraerse, como las arenas y las aguas del Mediterráneo. Tampoco es supersticioso y los rituales antes de los conciertos le parecen “una horterada” (una lobería).  

Sostiene que no tiene ratos libres porque todo es parte de su trabajo. Lee mucho y muy variado. Acumula en su mesa de noche libros voluminosos que alterna con cuentos breves. Apareció en un par de películas, pero no se considera actor. Cree que ha sido todo lo que le gustaría, aunque alguna vez echó de menos ser “un holgazán”. Sabe dónde están sus límites y se considera una persona muy ambiciosa. Es sensible y admira a la gente que regala su vida para mejorar las de los demás

Mediterráneo, Tu nombre me sabe a hierba o Penélope son algunas de sus canciones más famosas, pero él no tiene ninguna favorita. “Prefería no haber escrito alguna, y agradezco también a otras que me han hecho llegar hasta aquí”, confiesa. 

Ha estado en los escenarios con los cantantes más conocidos de Iberoamérica. Joaquín Sabina fue su acompañante por todo el mundo para matar dos pájaros de un tiro. Y demostró, en compañía de Ana Belén, Víctor Manuel y Miguel Ríos, que el gusto era suyo.

Serrat vive entre Barcelona y Menorca cuando no está de gira. Ha recibido más de veinte premios y reconocimientos mundiales. Tiene amigos en todo el mundo y apoya a los equipos de fútbol que ellos siguen. En México, al Necaxa por el escritor Juan Villoro y en Argentina, a Rosario Central por el caricaturista Roberto “el Negro” Fontanarrosa. En Colombia sigue al Santa Fe. Y en su tierra, ya lo dijo Sabina en una canción que le compuso, “Cuando gana el Barça cree que hay Dios y es azulgrana”.

Está casado con Candela Tiffón y es padre de tres hijos: Manuel, María y Candela. También tiene cinco nietos que no “dejan de joder con la pelota”, y reconoce que le gustaría “ser mejor abuelo”. 

Ellos serán, seguramente, los únicos felices con la noticia de que Serrat abandonará los hoteles, los aviones, los camerinos y los escenarios y pasará más tiempo en casa. Allí seguirá acompañado por su familia y por la música; promete que no dejará de componer y que quizás grabará algunas canciones. En todo caso, después de la larga gira de despedida, no se leerá más su nombre en los carteles. Pero todos sabemos que Serrat pasa y Serrat queda.


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