EN DEFENSA DE LA LUCIDEZ
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Por Lydia Cacho*

Salí a caminar en el puerto. El muelle es muy pequeño, apenas creado para yates de lujo que una vez al año asisten a un torneo de pesca supuestamente dedicado a una incumplida promesa de atracción turística. El verdadero puerto, de los barcos de carga, está a un kilómetro de este pintoresco rincón del mundo cuyo símbolo es un pequeño y antiguo faro inclinado sobre la arena por la fuerza de un huracán que hace décadas barrió con media aldea. 

Camino por el muelle; entre los tablones de madera oscura, personas de todas las edades intentan pescar. Una mujer fuerte probablemente rasando los treinta años, vestida con unos shorts pequeños y una playera pintada al cuerpo, maneja el cáñamo de pescar como una experta. No utiliza caña, sus manos se mueven a toda velocidad fungiendo como carretes; intuyo en ella a una niña que creció bajo el sol con su padre o abuelo pescador. A su lado, una cubeta de pintura bien lavada y decorada con una red de la que penden pequeñas conchuelas de mar delata las habilidades de la pescadora: tres barracudas plateadas de buen tamaño evidencian que viene de pescar en otro sitio, aquí busca escribanos (esos pececillos de cabeza puntiaguda usados como carnada). Más adelante un hombre muy equipado para la misma tarea carece de suerte, intenta inspirar a dos chiquillos que lo ignoran y juegan con sus celulares. 

Miro a una veintena de personas con diferentes anzuelos, unos de potera, con anillo, triples o dobles… Claramente la mayoría ignora que el material con el que pretende atrapar un pez, al menos en ese sitio, es inadecuado. Algunos traen anzuelos para pesca de fondo, otros improvisan con hilo de costura, unos con trozos de redes que fueron desechadas por grandes barcos y ellos hallaron escupidos por el mar en algún sitio de la playa donde lo mismo aparecen botellas de plástico de refrescos del África, que cantidades ingentes de odorífero sargazo enredado en plástico añejo. 

Un niño afanoso, parado en la orilla del muelle más lejana a la playa, estrena una caña enchufable con un buen carrete de spinning. Probablemente el regalo de cumpleaños para un niño rico. El anzuelo carece de carnada, el chico está impaciente, lanza con persistencia y poco resultado haciendo arcos laterales. Sabe mover la vara, pero es imposible que pesque porque no tiene todos los elementos para que funcione su sueño. Le pregunto si trae consigo carnada y señuelos, asegura soberbio que no le hacen falta, me mira con un desprecio sorprendente, ese de los niños que no miran a las personas adultas probablemente porque nunca han sido mirados con respeto tampoco. Lo observo en silencio, mientras falla, es claro que acumula enfado y su rostro pueril muestra una rabieta contenida. Se ha enojado con el mar que no obedece a sus deseos de entregarle los peces que imaginó podría pescar con su costoso juguete.

Me acuerdo entonces de la pregunta que me hizo un amigo periodista sobre cómo es nuestra relación con las imposibilidades. Para entender hacia dónde voy con esta conversación, el paisaje humano del muelle se convierte en el principio de una revelación sobre la tarea de buscar la verdad y documentar la realidad.

Los personajes del muelle bien podrían representar a la sociedad: familias que juegan a saber hacer algo que en realidad desconocen; personas solitarias que comprenden su tarea y están preparadas para ella; niños, niñas que imitan a sus mayores o los ignoran; necios que descartan toda idea ajena por obvia que sea; ilusos y expertas que a pesar de estar de pie a un metro de distancia no se comunican para aprender y enseñar, que no evalúan el entorno. Una sola cosa los une, lo que no ven: es la nimia profundidad del mar bajo el pequeño pasillo flotante de madera tropical por cuyas rejillas traslucen arena blanca y mínimas escuelas de pececillos, apenas del tamaño del pulgar de la mano de un recién nacido. No hay nada que pescar; los ha convocado la ilusión de la multitud que acude al lugar equivocado.

Esta gente quiere pescar, algunos para comer una pequeña barracuda distraída, otros porque han dado por cierto que allí se pesca. Se lo confirma el aroma del mar que tiene un tufillo de animales marinos muertos, lo que implicaría que los hubo vivos antes. No han mirado a su alrededor, porque si lo hubiesen hecho se darían cuenta de que hay familias enteras que rodean el muelle y pasan el fin de semana en esta pequeña playa pública, traen consigo pescado frito comprado tres calles tierra adentro, o una variedad de ceviches de la fonda del pueblo; han arrojado al mar los restos de la comida que, mezclada con el sargazo y los despojos de animales engullidos por pelícanos y gaviotas, crean la falsa sensación de que este es un puerto de pescadores. Las barcazas atadas sobre la arena ratifican lo imaginado. Las personas del muelle eligen ignorar los grandes motores fuera de borda que indican que hay que salir millas mar adentro para ir a por los peces para comer. El origen de lo que anhelan está en otra parte, lejana y más profunda. 

¿Qué papel juega nuestra imaginación en la construcción de los anhelos? ¿En la idealización de lo que queremos ver, aquellos que somos capaces de percibir, lo que decidimos ignorar a fin de ratificar nuestra idea de lo que está por suceder, eso que anhelamos acontezca?  No es lo mismo, claro está, intentar pescar con el equipo incorrecto y sin un colorido señuelo, que imaginar el tipo de sociedad o comunidad en el que deseamos vivir; construir una democracia funcional en la que la gente con ideas diferentes sea capaz de convivir y dialogar partiendo de un mínimo de percepción/comprensión de realidad. Permítanme jugar con esta imagen para argumentar que lo cierto es que habría que diferenciar entre la inocencia y la estupidez, la ignorancia y la necedad, la soberbia idiota y la arrogancia de quienes entienden, saben, pueden y tienen los medios para hacerlo bien, pero deciden hacer lo incorrecto por simple necedad, por la obcecación de su poder: los necios imbéciles que a veces nos gobiernan o lideran a la opinión pública se parecen a algunos de estos personajes del muelle, que pretenden doblegar la realidad concentrados en la búsqueda de un logro personal.

Cuestionarse en qué invertimos nuestra energía síquica me resulta fundamental para seguir escudriñando cómo identificamos lo que somos capaces de sacrificar y conseguir para transformar una realidad que nos duele, para identificar lo que verdaderamente resulta imposible de cambiar, debido a tantos factores internos y externos, incluso de temporalidad, es decir, aquello que no sucederá en nuestros tiempos sino después de muerta mi generación y la tuya. ¿Quiénes estarán dispuestos a esforzarse por construir un futuro posible que no les pertenezca? ¿A quiénes les importan la paz y un bienestar que no disfrutarán?

Sentada en una banca en el muelle, justo al lado de la pequeña edificación del cuartel militar, reflexiono sobre la imposibilidad, por ejemplo, de abatir la violencia que aqueja a la sociedad con la elevación del uso y abuso de la fuerza pública como estrategia de paz. Su defensa a ultranza es resultado de la negación de las pruebas científicas que demuestran qué estrategias deben ser utilizadas para erradicar el extendido poder de la delincuencia organizada y sus brazos deshonestos, ya insertados en el poder político, militar y judicial. 

Al mismo tiempo, otras pruebas científicas están aquí para demostrar que la violencia de Estado genera opresión y destruye la democracia, pero si quien manda es como el niño con la caña más costosa que entiende la forma, que no el fondo, la necesidad y el método, entonces la estrategia profundizará la violencia del Estado y el autoritarismo de quienes creen en ella como instrumento de salvación. La necedad hará que defiendan su posición porque es privilegiada y desde el privilegio la opresión es una simple anécdota. 

Después de todo, esos necios llegaron antes que nosotras a esa orilla que han conquistado; desde ella son incapaces de escuchar el sonido juguetón de las olas que indica que están parados en el sitio equivocado, con el equipo inadecuado, mientras unos metros atrás de su maravilloso muelle, con una vista espectacular al horizonte luminoso no hay más que materia muerta, que se pudre. Se convierten en los promotores del éxito de su error.

Muy pocas personas son capaces de comprender lo que una persona consciente e inspirada en la paz es capaz de perder para evidenciar la imbecilidad cegadora de los poderosos. La insolencia es el atrevimiento de quienes han abierto los ojos y saben que ya jamás podrán cerrarlos; ella tiene un costo a veces demasiado alto para soportarlo durante toda una vida y sin embargo seguimos, caminamos por el muelle hacia el vacío para observar, señalando la realidad. 

Algunas hemos descubierto que la lucidez es un bien común invaluable que nos agota, que nos persigue de por vida; la defendemos porque tenemos la certeza de que nos ayudará a sembrar semillas de un árbol que no veremos jamás. Esa es la magia de la inteligencia colectiva: crear un futuro que no nos pertenezca, construirlo para que quienes vienes detrás no tengan que pagar con sangre, cárcel y persecución el atrevimiento de ser rebeldes frente a un sistema operado por la soberbia del idiota que teme a la lucidez; ese poderoso que asesina antes de que se sepa que es él quien se ha equivocado.

* Es periodista, escritora y defensora de los derechos humanos. Autora de una docena de libros, ha obtenido varios premios internacionales por su trabajo y activismo. Imparte cursos relacionados con su oficio y asesora varios organismos civiles en el mundo.

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