EL VENEZOLANO MALO LLEGÓ A LA POLÍTICA
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Por Ewald Scharfenberg

El periodista Ewald Scharfenberg (Caracas, 1961) fue corresponsal en Venezuela del diario español El País. Desde 2018 vive en Bogotá, donde dirige el premiado sitio de periodismo investigativo Armando.info.

Hace un poco más de tres años debí abandonar Venezuela, donde muy probablemente me esperaban el amordazamiento por orden judicial y la cárcel como castigos por mi legítima labor de periodista. Me instalé en Colombia gracias al consejo y el apoyo de gente amiga.

Desde que vivo en Bogotá me he encontrado con un clima de libertades que, aunque imperfecto y vulnerable a abusos y acechanzas, en Venezuela añoramos.

También durante este tiempo he llegado a sentir admiración por la forma en que la clase política colombiana se viene resistiendo a echar mano, atizar y sacar provecho del sentimiento antivenezolano que aflora en las calles de la ciudad y en los estudios de opinión desde que un tropel masivo de inmigrantes llegados desde la frontera oriental, del que formo parte, prácticamente invadió la ciudad y el país.

Quizás nada similar ocurría en Bogotá desde que las tropas de llaneros venidas con Bolívar vivaqueaban en las calles de la recién liberada ex capital virreinal, en 1819, y hasta la ruptura de la Gran Colombia. Al menos a los ojos de muchos nativos, los nuevos venezolanos, aunque tan desarrapados como aquellos, no vienen a ayudar sino a pedir ayuda. Vienen a medrar; algunos, demasiados, mendigan. Otros roban. Los extraños siempre molestan en casa ajena, sobre todo cuando sus propietarios también pasan dificultades.

Sería muy fácil para ganar votos, y por lo tanto tentador, hacer de representante y amplificador de ese malestar, inevitable y casi natural, que anida en la calle. Es la dialéctica de las migraciones: gente que llega entre apremios, sin casi nada encima, frente a gente que no tiene nada claro sobre cómo recibirla, si con la razón o con las tripas.

No tengo cómo saber si ha sido por convicción o por obra de circunstancias políticas que las autoridades colombianas y la dirigencia de los principales partidos se abstuvieron hasta ahora de agitar el fantasma del venezolano que nadie ha invitado como causante de ciertas calamidades; el auge de la criminalidad y la escasez de empleos, entre ellas. En todo caso, lo que los hechos dicen es innegable, aún si se trata de un malentendido: el Estado colombiano se ha erigido, en contraste con otros de la región, como un ejemplo de humanismo en la recepción de migrantes. No es poco para un país que hasta hace nada tuvo una larga guerra interna con un saldo propio de desplazados. Para completar la paradoja, es el presidente Duque a la cabeza de un gobierno conservador quien desarrolla esa política progresista y hasta cristiana: cuenta con la sanción del propio papa Francisco, además de diversos organismos internacionales.

Constatarlo es algo gratificante para mí.

Como hijo de un alemán llegado a Venezuela en la posguerra —es decir, hijo de inmigrante—, he tenido la oportunidad, aleccionadora pero costosa, de conocer muy de cerca testimonios y vivencias sobre las catástrofes que ocasionan esas fórmulas culpabilizantes del “otro”, propias de lo que hoy en los medios y la conversación pública se ha dado en llamar populismo identitario.

En octubre pasado una voz relevante, la de la alcaldesa Claudia López, rompió con el consenso que parecía existir en torno a este problema; sin pelos en la lengua, dijo que los venezolanos les estaban haciendo a ella y a los demás bogotanos “la vida a cuadritos”. Durante los días que siguieron a esas declaraciones abundó en excusas, por lo general convincentes, para establecer que lo suyo no había sido un rapto xenofóbico. Pero tras el asesinato este jueves del agente policial Edwin Caro, en plena carrera séptima, reincidió. Se quejó de que, ante las garantías que el gobierno nacional extiende a unos venezolanos cada vez menos desfavorecidos, nadie protege a los colombianos.

Esta segunda vez de la alcaldesa, que en alguien de su formación y responsabilidades ya no puede atribuirse a un error, comprueba que no basta con pasar por Northwestern University o provenir de una minoría tradicionalmente excluida para renunciar a los prejuicios contra otra minoría y a utilizarlos como reclamo político. Más preocupante todavía, luce como un indicio de que se ha levantado la veda a la caza retórica del venezolano malo. Y todos sabemos la facilidad con que en estos asuntos se puede pasar de la retórica a los hechos.

El crimen que segó la vida del joven agente Caro ocurrió a unas cuadras de donde vivo. En tres años que llevo en la zona los mayores sobresaltos que he experimentado fueron el par de ocasiones en las que algún desconocido, alertado por mi acento venezolano, furibundo me ha mandado a regresar a mi país. El asesinato del oficial de policía podría —tal vez debería— generar una revisión de las políticas de seguridad. Pero la alcaldesa López ha preferido montarse en una ola de indignación que intuye popular y, con ello, dimitió del rol didáctico que el liderazgo debe asumir ante el fenómeno de la inmigración, complejo como el que más.

La emotividad y escurrir el bulto de la responsabilidad propia culpando a un tercero son las vigas fundamentales del populismo.

Quienes sienten el llamado de los líderes populistas, sobre todo de aquellos que agitan la bandera identitaria, les asignan a estos el “coraje” de designar las cosas por sus nombres, cosas y nombres que hasta entonces solo se les hacían evidentes a la gente del común y que los políticos tradicionales y los tecnócratas o no conocen o, si las conocen, las escondían tras la doble moral que exige la convivencia democrática.

Por eso mismo el populismo suele seguir una dinámica de escalada. Liberadas de las bridas de la corrección política y hasta de las convenciones de la urbanidad, las almas sencillas que se ven de pronto autorizadas por el lenguaje de sus líderes a desfogar los agravios acumulados por años siempre van por más. Es una fiebre de desquites que no puede contenerse hasta que desemboca en la tragedia. No hay ni cerco sanitario ni vacuna capaces de inmunizar al rebaño contra su contagio.

Lo he visto en Venezuela, un país al que, por cierto, en su momento le tocó alojar a millones de colombianos que huían de la pobreza y la violencia. No lo traigo a colación por cobrar la cuenta: de hecho, se le dio cobijo a la inmigración colombiana, pero es justo y bochornoso admitir que también se la sometió a maltratos y prejuicios. Así como ahora ocurre en Colombia con los venezolanos, en las clases media y alta caraqueñas se impuso la versión de que la ciudad había sido sana y segura hasta que unos colombianos innominados importaron prácticas delictivas hasta entonces ignoradas en ese valle virginal del lugar común. Que falacias similares se hayan aplicado a un lado y otro de la frontera no debería servir como invitación al ajuste de cuentas sino al reconocimiento de que el espectro de ambas poblaciones incluye proporciones similares de gente mala y gente buena.

Sería una desgracia que, luego del pistoletazo de salida de Claudia López y ahora cuando se acerca un ciclo electoral, a otros políticos les gane el afán por sacar petróleo de la veta xenofóbica. Tanto venezolanos como colombianos tenemos mucho que perder.

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