CUANDO COLOMBIA ROMPIÓ SU MALDICIÓN
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CUANDO COLOMBIA ROMPIÓ SU MALDICIÓN

Jon Lee Anderson

 

Por Jon Lee Anderson

Conozco Colombia desde que tengo cuatro años, cuando mi familia vivió en Bogotá en el año 61. Es el país de mis primeras memorias certeras, con escenas y diálogos.

Eso sí, toditas son violentas. La invasión frustrada de la casa por un par de maleantes: los recuerdo escapándose por el muro del jardín. La tristeza de mi padre cuando unos “bandidos” de la época ejecutaron a un amigo suyo. Los dos rifles que él guardaba en un mueble con vitrina bajo llave; me fascinaban, porque uno era un fusil doble barril 30/30, igualito al de Buffalo Bill. Recuerdo también cuando un hombre en bici pasó frente a la casa y arrolló adrede a un perrito de la vecina que jugaba en la calle. Un guardespaldas taciturno me llevaba y traía en carro todos los días del jardín infantil que tenía una anciana inglesa, Miss Grey, en una casa estilo Tudor; el hombre cargaba una pistola en su estuche fuera de la camiseta, y me sentó siempre a su lado, pero no me hablaba jamás.

Bueno, todas mis memorias son así; las de una Colombia que emergía de la Violencia y entraba en otra que no tiene nombre y no ha terminado aún. Tanto es así que la violencia parece ser la razón de ser del país. Para el resto del mundo la violencia y Colombia son sinónimos, como lo es el sol del Sahara o la selva de la Amazonía.

Hay solo una época en que me consta que Colombia rompió con su tradición, o maldición —pues con las cosas crónicas es difícil saber la diferencia—, y fue cuando entró en la fase final de las pláticas de paz entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las guerrillas de las FARC. Pocas cosas me han llenado de tanta esperanza como ese proceso de paz. Habiendo cubierto desde 2001 y de forma casi continua las guerras crueles y sinfín del Medio Oriente y África —y antes también muchos otros conflictos— la negociación para terminar la guerra en Colombia me parecía un duchazo restaurador. Es que en este mundo los conflictos ya no se acaban, sino que se eternizan. Así que cuando Colombia lo logró, increíblemente, pese a la duración del conflicto y la oposición furibunda del expresidente Uribe y los círculos reaccionarios que él lidera, sentí un profundo optimismo, no solo por Colombia sin por el futuro del mundo

Y es que Colombia no estaba solo. Para su acuerdo de paz tuvo la cooperación directa y la buena voluntad de países inverosímiles; naciones adversarias, como Cuba, Estados Unidos y Venezuela, dejaron de lado sus diferencias en aras de Colombia, y todas juntas pusieron de su parte y respaldaron el acuerdo. También la ONU, tan inútil en los últimos tiempos, desempeñó un papel importante y positivo. Fallas y debilidades tenía el acuerdo, pero engendró en el país algo muy grande, porque dejar las armas lo es todo. En la política, es la diferencia entre matar a alguien o gritarle “¡Paz, no guerra!”. Con su acuerdo Colombia parecía acercarse finalmente a un umbral donde podía declararse la muerte de su nefasta tradición, o su maldición, de la guerra eterna.

Viajé a Cartagena de Indias para la ceremonia del día 26 de setiembre de 2016, cuando firmaron la paz el presidente Santos y Timochenko. Era una ocasión histórica, emotiva y feliz, que remataba años de arduos esfuerzos diplomáticos. Recuerdo que la reacción de muchos jóvenes colombianos era de dicha y esperanza. Por primera vez en sus vidas, su país era un lugar con futuro.

Algunos días después estuve en Medellín, cuando una minúscula mayoría de colombianos (63.000 mil entre 13 millones de votantes) optaron por el “No” en el plebiscito convocado para para ratificar el acuerdo de paz. Al conocer el resultado, una amiga colombiana me dijo: “Jon, ya sabes lo que esto significa. Primero Brexit y ahora esto. Ahora va a ganar Trump.” Yo rehusé aceptar la adivinanza, pero me sentí inquieto. Dos meses antes, efectivamente, una pequeña mayoría de británicos había votado para retirar el Reino Unido de la Unión Europa: ¿quién habría podido imaginarlo?

Pues, ya se sabe; mi amiga tenía razón. En las elecciones norteamericanas que se celebraron un mes después ganó Trump, y desde entonces nada ha sido igual en Estados Unidos ni en ninguna otra parte del mundo. Si bien el Brexit colombiano —impulsado, claro, por nadie menos que Uribe y su campaña “La paz sí, pero no así”— se zanjó en su momento con unos codeos y ajustes para seguir adelante con los acuerdos, fue evidente que entrábamos a una nueva era en que muchas personas de países muy distintos han demostrado que son capaces de derrotar en las urnas a sus propios intereses. Lo inquietante, aparte de las consecuencias, es el trending, la tendencia de este patrón de comportamiento. Para los escépticos, ofrezco solo un nombre: Jaír Bolsonaro. No falta decir más nada.

Al cabo de cuatro años, el “No” colombiano ha quedado opacado en los grandes noticieros mundiales por las rutinarias maldades y payasadas de Trump —ni hablar de Bolsonaro— y las contorsiones de los tories británicos empeñados en retirar su país de la familia de naciones europeas y de convertirlo, finalmente, en una verdadera Little Britain. Por supuesto que no es así para los colombianos, que optaron hace dos años para elegir un presidente que es el muñequito de trapo del Voldermort nacional y, por ende, instauró una política de desdén y dejadez hacia los compromisos del Estado en cumplimiento de los acuerdos de paz.

Las noticias del país, en general, son poco halagüeñas; no hablan ellas de los logros de la paz sino de su degradación, del tick-tock de asesinatos a cuentagotas de líderes sociales o exguerrilleros de las FARC; de masacres de civiles por los narcoparamilitares y guerrilleros recalcitrantes; del ejército, del escándalo de espionaje de unidades secretas militares a periodistas, activistas y monitores de derechos humanos; de las investigaciones judiciales sobre probables crímenes de Uribe y su entorno, de los cuales él siempre sale impune.

Para el mundo, Colombia hoy es un país al margen de los grandes acontecimientos, un país que ha vuelto a reflejar sus pequeñeces más que sus grandezas. Y es así en gran medida porque, en vez de trazar un camino propio, el presidente Duque (cuyo nombre apenas conocen muchas personas en otros países o lo llaman “Uribe” de manera mecánica) ha optado por presentarse a Trump como una virgen desnuda y palpitante para su política de cara a Venezuela y el narcotráfico, políticas que, no hace falta decirlo, han sido fracasos rotundos hasta la fecha.

Después del “No” de 2016, un colombiano me explicó la razón por la que rechazó el acuerdo de paz: “No queremos a los guerrilleros en la ciudad, que se quedan en el monte”. Otro me dijo: “Es que es muy difícil perdonar.”
Ahí está la paradoja. Cuando la lógica “del monte” persiste en un país, no existe plena civilización. Al no haber estado de derecho ni misericordia, la violencia sigue. O se mata, y hay guerra, o se habla, y eso se llama política. Con suerte, incluso, puede lograrse la paz. Pero eso sí requiere voluntad.

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